agosto 24, 2015

El verdadero rostro de su alma

Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía. (J.L. Borges, Evaristo Carriego, 1930)

Provisto de una exquisita sensibilidad y una particular inclinación por las letras, nace en Buenos Aires, en un día como hoy de 1899, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges; hasta aquí llega la inocente voluntad de esta biografía, que por ser una paradoja, no puede decirnos mucho de su verdadero dueño.

A cambio de fríos detalles y remotos lugares, tratemos de ahondar en ese ser 'desagradablemente sentimental' (como él mismo se definiera) desde el pudor y devoción que ocultaba tras su escritura profusamente simbólica. De niño temía a los espejos, porque su timidez no confesada, le hacía sospechar que eventualmente, algún espejo le podía mostrar el verdadero rostro de su alma, que tal vez estuviera cargada de fealdad y de culpa, recluida en el silencioso tiempo especular, y a la cual no quería liberar por el solo hecho de reflejarse en él. Cuando adulto, los espejos, si no temor, por lo menos le inspiran recelo, porque solo le prometían y figuraban el infinito de la apariencia.

Los tigres estuvieron presentes a lo largo de toda su vida, desde los representados en los exquisitos grabados que descubría en la biblioteca paterna, en la que verdaderamente se educó y que nunca abandonara, hasta los que observaba fascinado en el zoológico de Palermo, tras unas rejas negras que luego se transformaron en barrotes de una cárcel. Premonitorio encuentro que revelaba tempranamente los dos colores que nunca lo abandonarían: el amarillo de una luminosidad eterna y las sombras aciagas de la reclusión en un mundo de libertades, pero que no podía ver.

Adivinaba un instante fuera del tiempo de los mortales (incluido el suyo) en donde convergía todo el pasado, todo el presente y todo el porvenir; todo un laberinto que en sus vericuetos transformadores de la experiencia humana, lo enfrentaba a cosmogonías extrañas, pero a la vez, al paraíso prefigurado por los libros de su biblioteca infinita; o en ese libro de arena que no tiene principio ni fin. En sus libros, que ignoran su existencia, pero que son tan parte de él como su figura y a los que solo pudo adivinar cuando, ocasionalmente, los alcanzaba con su mano cóncava, está el verdadero rostro de su alma, no en las páginas de los libros que nos regalara, sino en las esenciales manifestaciones de esas páginas que nunca lo conocieron.