julio 23, 2008

Ficciones (Segunda Parte)

En esta segunda parte intentaremos caracterizar una observación semiótica de la realidad, considerando la Semiótica como la lógica del sentido (según ya vimos). El hecho de basarse en la observación como método de análisis es adecuado, ya que de esta forma se evita la ‘presunción imperialista’ (como dice Eco) de suponer que la Semiótica puede explicarlo todo. Todo puede ser tratado semióticamente, que es algo muy distinto.

Para comenzar debemos establecer parámetros concretos, reales y tangibles para poder así procurar una definición (aproximarse al límite Aristotélico) de algunos conceptos que por ser tales, carecen (en apariencia ) de realidad. Uno, entre otros, que necesita imperiosamente de un límite es el concepto de infinito (¿qué paradójico, no?).

Hemos dicho que no hay nada infinito. Esto, a primera vista, es cierto si nos referimos a la apariencia que nos ofrecen los cuerpos materiales; pero, no lo es tanto si pretendemos justificar otras cosas. Entonces nos percatamos que pueden definirse, al menos, tres infinitos: a) Un infinito por suma, que es el concepto de Número; b) Un infinito por división, que es el concepto de Espacio; y c) Un infinito en ambos sentidos, que es el concepto de Tiempo. Luego, tendría sentido presuponer una infinitud corpórea que ha de entenderse como lo contrario a evidente, superficial y discreto. Este es un infinito que se alcanzaría paulatinamente, en forma oculta, en ‘las profundidades’ de la realidad, y que surgiría explosivamente a la apariencia (se manifestaría como ‘verdad’) en un ir haciéndose; en un alcanzar el límite; en un provocar catástrofes; en un producir bifurcaciones; en una palabra: en un definirse. Esta definición lo es a modo de una perturbación variable (cambio) aunque con cierta estabilidad que en cada instante del tiempo irreversible tiene dimensiones finitas, a pesar de manifestarse por un Número y ocupar un Espacio en un Tiempo determinado, que no lo son.

Habiendo de alguna manera, ‘corporeizado’ el infinito, retomamos la Babel Borgeana, en la que, más allá de los múltiples acertijos (de los que haremos caso omiso) hay un fuerte planteo paradojal, dialéctico (en el sentido Hegeliano; o mejor Heracliteano) y según trataremos de demostrar, real.

Ya desde Einstein quedó claramente establecido (muy a pesar de Newton), que toda simultaneidad es relativa. Esta relatividad tiene que ver con el simple hecho de estar obligados a elegir un sistema de referencia particular (no olvidar que en ciencia trabajamos con convenciones). Borges nos plantea algo distinto al absoluto Newtoniano y al relativismo de Einstein; aproximándose a los presocráticos, nos pinta un universo cual pergeño alucinante de un devenir perpetuo de polos opuestos simultáneos que en su cíclico cambio, siempre termina (para comenzar) siendo lo mismo.

Todo esto suena a ilógico, a meros términos ‘sin sentido’, a un ruido de fondo que intenta tapar la evidencia; a un protocolo aventurado que nunca conseguirá ponerse a la altura de las circunstancias formales y por más que de ‘vueltas’, nunca será más que un delirante paralogismo. Si lo vemos con los ojos de la lógica clásica, sí. Si corregimos nuestra miopía con la óptica de una de las tantas lógicas alternativas posibles, no.

Imaginemos solo por un instante, que nos hemos propuesto descifrar la estructura de la realidad (¡menuda tarea!)

Si hablamos de estructura, hablamos de relaciones; y si hablamos de relaciones, estamos diciendo algo sobre elementos que se relacionan; y si hablamos de elementos, estamos resaltando diferencias y además la simultaneidad en la aprehensión de al menos dos elementos distintos.

La concurrencia de la aprehensión de dos elementos exige, por un lado, que ambos tengan algo en común y por otro, que haya algo que los diferencie. Veamos esto último a través de un ejemplo simple: Supongamos que tenemos ante nosotros dos pelotas, y que una de ellas es rayada y la otra lisa. Estos elementos están relacionados de dos maneras en forma simultánea: tienen algo en común que los identifica como pelota (p.e. la forma) y algo que los diferencia como elementos distintos pertenecientes a una categoría determinada, el hecho de ser una rayada, y la otra no.



Tabla I

La Tabla I muestra una manera (entre otras) de representar ‘numéricamente’ ambas pelotas (que ya es ‘rozar’ uno de los infinitos). Este método se basa en dejar constancia de las oposiciones que caracterizan los elementos; o sea, de aquello que permite distinguirlos (presencia o ausencia de un atributo dado).

Se puede observar que la cifra que representa cada elemento, tiene dos lugares, entonces, la mitad no ocupada (representada por el 0), se la asignaremos a aquel atributo que hace que los dos elementos pertenezcan a la misma categoría (la forma); es decir, para consignar que ambos son pelotas. Esta simple estructura se puede representar como lo muestra la (Figura 1).




Figura 1


Desde el punto de vista lógico podemos ver en la Figura 1 que ambos elementos guardan una doble relación: i) son opuestos; es decir, uno es la negación del otro (negar 01 es reemplazarlo por su inverso 10, y viceversa) y ii) son complementarios porque uno tiene una característica de la que el otro carece. Pero además este esquema nos muestra otros aspectos relacionales que subyacen a la aprehensión de ambos elementos. Así, por un lado tenemos la conjunción por aquel aspecto o atributo que tienen en común (la forma) y por otro la disyunción por aquel atributo que los diferencia (textura).

La conjunción como operación lógica nos dice que una relación será verdadera (y asumirá un valor 1) cuando ambos elementos de la relación sean verdaderos (evidentes), de lo contrario será falsa (asumirá un valor 0); por eso 01conj10 = 00. En cuanto a la disyunción nos dice que será falsa (0) únicamente cuando ambos elementos disyuntivos sean falsos, de lo contrario será verdadera (1); entonces 01disj10 = 11.

De acuerdo a lo anterior estamos autorizados para decir según la lógica de clases que 11 representa la unión de aquellos aspectos que distinguen un elemento de otro, y que 00 representa la separación (intersección) de aquel aspecto que los reúne (categoría). Es importante notar además, que 11 y 00 guardan entre sí la misma doble relación de oposición y complementariedad. Por tanto, y siguiendo en la lógica de clases, podemos afirmar que en este pequeño universo que hemos caracterizado, hay dos clases o conjuntos: la de los elementos (con su ámbito (01) y su complemento (10)) y la del cambio o transformación (con su ámbito (11) y su complemento (00)) que surge cuando dos objetos se relacionan entre sí.

Cuando analizamos otras oposiciones relacionadas con los mismos objetos, descubrimos algo interesante. Por ejemplo pelota grande vs. pelota pequeña. Esta última oposición ya no es binaria (no tiene solo dos términos: el elemento y su opuesto), sino que al menos, admite un término intermedio como lo es pelota mediana. En realidad este tipo de atributos, acepta infinitos valores entre sus extremos. De esta manera, si pretendemos ‘describir’ lo que ocurre en la realidad de este nuestro limitado universo, debemos poder caracterizar todas las posibilidades. Una forma de hacerlo es ampliar el esquema anterior, profundizando en su estructura y mostrar así, que en definitiva todo se restringe a un interjuego entre el ‘ser’ y el ‘parecer’. El ‘parecer’, aquello que se ofrece en directo a la aprehensión y que tildaremos de ‘superficial’, es de tipo binario o discreto; se pasa de un extremo al otro de la comparación sin valores intermedios, siendo así un atributo absoluto y evidente. El ‘ser’ en cambio, es aquello que ‘no se ve’, que permanece oculto y por lo que lo llamamos profundo y admite infinitos valores intermedios entre sus extremos; esta última característica lo convierte en un atributo continuo o analógico y relativo pues resulta su valoración, de una comparación (de un marco de referencia).

Hipotéticamente y de una forma genérica, se puede utilizar como base de la observación semiótica, la relación sujeto/objeto. Aquí sujeto (S) es considerado como la ‘fuente’ del cambio y el objeto (O) como el ‘destino’ de ese cambio, y ambos están relacionados precisamente por tal cambio que queda expresado por una operación de disyunción (cambio aparente = V) en la superficie y por una operación de conjunción (cambio oculto = noV) en lo profundo. (Figura 2)



Figura 2


Los vértices del ‘cuadrado’ propuesto representan lo que llamamos nichos o lugares ontológicos, que serán ocupados por elementos de sentido (contenidos) concretos (el segundo infinito); contenidos que, en la elaboración de la dinámica, no son tenidos en cuenta.

Si a 0110 (clase de los elementos) la negamos, obtenemos su opuesto: 1001. Sus constituyentes no desaparecen, solo cambian de lugar. Si volvemos a negar, obtenemos (según la lógica clásica) la estructura inicial. Se establece así una dinámica cíclica que podría caracterizarse como la tendencia de ir hacia el objeto (10) a través del sujeto (01). Esta dinámica se puede asimilar a una función (una estructura proyectada en otra estructura) que llamaremos: organización y que representa una transformación o cambio evidente y no significa otra cosa que la disyunción entre ambos polos de la relación (11 = V). Ahora, si negamos 01(S), no desaparece pasando a 10(O), sino que ‘pasa’ a 11(V); y si esta última se niega, ‘pasa’ a 10(O). Luego, 11(V) se transforma en una clase mediadora entre los polos opuestos y cambia entonces, el concepto de negación. Es como si se negara los continentes o nichos y no el contenido y de esta forma, hay un ‘desplazamiento conservador’ ( Hegel) de un extremo a otro obtenido por la ‘negación de la negación (Hegel). Alcanzado 10(O); si se vuelve a negar, se obtiene 00(noV), lo cual significa otra transformación o cambio (en este caso oculto) que representa ahora, la conjunción de los extremos la que llamaremos desorganización. Si negásemos 00(noV) llegaríamos a 01(S), completándose un ciclo reflexivo (Hegel). En realidad, son dos ciclos completos ‘ensamblados’ que ‘giran’ en sentido opuesto (el tercer infinito) (Figura 3).



Figura 3


El ensamble definido recibe como nombre PAU (Patrón Autónomo Universal) y es considerado aquí como la unidad de complejidad real. Queda constituido un verdadero sistema como manifestación concreta de la mínima expresión de realidad que se pueda concebir. Su complejidad reside en que las dos ‘triadas’ que lo componen: SVO y OnoVS, están ligadas por una triple relación: i) son opuestas, OnoVS (100001) es la negación de SVO (011110); ii) son complementarias, cada una tiene a su vez una característica de la que la otra carece y viceversa y iii) son simultáneas o concurrentes, se producen al mismo tiempo. Por otro lado, son complementarias bajo dos aspectos: a) en el ya mencionado, y b) en el que surge dado su ‘sentido de giro’.

Finalmente podemos decir que a este sistema lo animan dos lógicas: una superficial y binaria, ya que ‘gira a saltos’; por ‘pares’ de elementos y que se encarga de que el sistema en su apariencia ‘encaje’ en la lógica formal; y una profunda y continua, con infinitos valores intermedios entre 1 y 0, a la cual le llamamos difusa o borrosa. Todo el sistema a su vez, está regido por una única lógica polivalente (tetravalente, cuyos valores de verdad no son 1 y 0 como en la lógica binaria, sino 00, 01, 10 y 11), que da la posibilidad de representar el devenir de los hechos o procesos reales (en cualquier nivel que se considere la realidad), razón por la cual la llamaremos lógica transcursiva o del transcurrir.

La lógica transcursiva, por el hecho de servir para representar integralmente la realidad, de acuerdo a lo aquí propuesto, también es apta para representar cualquier manifestación psíquica, biológica y lingüístico-social que se supone representan distintos aspectos de un universo determinado (sea éste concreto o virtual).

Borges, desde su sapiencia nos muestra, que lo finito (discreto y aparente) y lo infinito (continuo y oculto) pueden coexistir, aunque la lógica tradicional (convencional) no lo admita y que la apariencia (esa gran ‘mentirosa’) regodeándose en sus límites, deja escapar algunas ‘pistas’ como las del espejo (algo de lo que ‘pocos’ se percataron), que sirven para mantener la esperanza de una infinitud que en apariencia nunca alcanzaremos.

La realidad Borgeana es la de su biblioteca, la de su universo; la de ‘nuestro’ universo y por ende, la de nuestra vida; esa realidad que nunca será atrapada en un algoritmo por complejo que este sea ni se dejará encasillar en axiomas por más ‘lógicos’ que parezcan.

A través de la semiosis, concebida como una acción reorganizadora de un sistema lógico, hemos visto que es posible, como también nos lo mostró Borges, abordar la realidad, allende de la lógica tradicional, por alternativas que le pueden asignar así mismo, un sentido.

julio 16, 2008

Arte Digital – Bodegón

Toma fotográfica de un escenario 3D en donde se muestra la técnica de transparencia (en este caso a través de un vitreaux) y su proyección sobre objetos sólidos. Por otro lado se muestran efectos atmosféricos.


Realizado en 3DS Max 8

julio 14, 2008

Ficciones (Primera Parte)

¡No! No estoy pergeñando plagiar a Borges, ni tampoco embarcado en un insoluble análisis literario. El motivo de invocar este título es plantearme si las siete historias narradas en su primer libro (el jardín de senderos que se bifurcan de 1941) son ficciones absolutas.


El maestro del género fantástico (o neofantástico como lo llaman algunos), nos lleva de su mano por los caminos desconocidos, aunque no por eso menos obvios, de una realidad que nos lastima con su filosa ambigüedad. Un planteo directo que simula extrañeza; una franqueza atrevida que nos arropa y nos mima; una verdad obstinada que nos enfrenta al eterno fantasma de la posibilidad; en fin, una apariencia que deja de ser tal cuando nos muestra sin tapujos que la realidad lo dijo primero.

Como lo anuncié, no es este un análisis literario sino un abordaje semiótico de una de las siete piezas aquí reunidas. El enfoque semiótico no se refiere a un análisis narrativo (una y mil veces hecho) sino desde la perspectiva de una semiótica que aborda la lógica del sentido.

La pieza elegida es ‘La Biblioteca de Babel’ (aunque casi podría haber sido cualquiera de las otras) en donde, con maestría, nos pinta una realidad que poco tiene de ficción y mucho de fascinación.


Borges plantea un desafío que va más allá de probables mensajes crípticos y lo hace proponiéndonos investigar la verdad y la falsedad; o para ser menos tajantes pero más profundos, la apariencia y la esencia de nuestro universo (biblioteca) que en definitiva es nuestra realidad. El trasfondo de todo el planteo es una búsqueda del sentido pues, éste sin dudas, debe preceder a la verdad o falsedad de algo y sería poco feliz intentar una inversión de esta secuencia puesto que ninguna decisión vital podemos tomar basados en una regla, porque cada decisión es prefigurada para concordar con tal regla; por tanto, si todo puede ser prefigurado para que concuerde con una regla (con una convención), también lo puede ser para que entre en conflicto con ella; de tal forma no existe tal acuerdo (verdad) ni tal conflicto (falsedad).

La lógica del sentido es pues, la herramienta idónea para escrutar, en forma directa, nuestra realidad. Para poder utilizarla tenemos que estar dispuestos a abandonar las convenciones y sin pruritos tautológicos, enfrentar la descarnada realidad tal cual se presenta. Tal cual nos la presenta Borges en cada pasaje, por mínimo que sea, de sus medulares escritos.

Muchísimos han sido los intentos de ‘descifrar’ el contenido de esta singular historia (nuestra historia). Estos intentos han surgido con distintas tendencias y han esgrimido variados argumentos desde los matemáticos hasta los cabalísticos (recordar la afición de Borges por este tema). No vamos a pasar revista a todos ellos porque no haríamos ningún aporte diferenciador, sino que vamos a tomar un análisis lógico tradicional de los puntos clave para poderlo contrastar con nuestra propuesta.

Hay variados y muy buenos análisis lógicos de la Biblioteca; tomaremos como referencia uno aparecido en la versión electrónica de la revista NEXOS en el Nro. 356 de Agosto de 2007 y cuyo autor es Salomón Derreza. En este artículo, según lo manifiesta el autor, se intenta ‘solucionar la paradoja de Babel’. La forma en que lo intenta (con un éxito convencional) es mediante la lógica a la que tilda de poco ‘imaginativa’ y omnisciente pero que justifica por presuponer que la Biblioteca de Babel estaría construida de matemáticas y ciencia (¡o sea de convenciones!).

Como Borges, muy hábilmente, plantea un par de axiomas (que probablemente constituyan solo un homenaje a Descartes), da pie para que se intente aplicar las reglas de la lógica formal. Reiteradamente (y hasta frenéticamente diría yo) Borges indica que la Biblioteca es finita e infinita al mismo tiempo. La Biblioteca es la metáfora que usa para referirse al universo (lo dice explícitamente) y entonces queda planteado el dilema ‘aparente’ de si el universo es finito o infinito o mejor, ambas cosas; y la supuesta paradoja es ¿cómo postula una biblioteca infinita, construida sobre axiomas que solo le permiten ser finita?

Lejos de estar infectada la Biblioteca, por algún germen de la inconsistencia, goza de ‘eterna’ salud y el planteo jamás puede tildarse de poco inteligente, en exceso imaginativo y mucho menos carente de imaginación. Sí es carente absolutamente de esto último, el presuntuoso análisis lógico tradicional que pretende dar una supuesta e ingenua solución en donde no existe un problema.

Veamos sucintamente en qué se basa el análisis tradicional. Que la Biblioteca es finita lo prueban los dos axiomas: a) El de la permutabilidad limitada: el número de símbolos es 25 y por tanto hay una cantidad grande pero limitada de libros; y b) El de la irrepetibilidad: no hay en la Biblioteca dos libros idénticos.

Que la Biblioteca es modestamente infinita lo sugieren “solo las afirmaciones e insinuaciones, meros actos de fe, sin prueba alguna”, según reza el autor del análisis lógico.

Para un remate con grandes luminarias se analiza el párrafo final del relato: “Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repito, sería un orden: el ORDEN). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza”; y se sentencia el derrumbe de la fastuosa construcción no teniendo piedad ni siquiera por el hecho de representar una metáfora (que no es comprendida) adornada por un par de axiomas que los incluye solo por diversión. Para terminar, reproduzco textualmente las conclusiones a las que arriba este modesto análisis, antes de proponer su ingenua solución: “Así, en una misma página atroz, Borges clausura toda esperanza de rescatar la consistencia de la Biblioteca y prefigura, de una sádica vez, las dos formas de aniquilamiento que le están deparadas: ‘Si es limitada – parece decirnos -, no es repetible, pues por fuerza, tendría que admitir la existencia de al menos un libro infinito’. De forma brutal (el subrayado es mío) nos revela que los axiomas sobre los que se levanta su formidable constructo son mutuamente excluyentes y, en un corolario terrible nos maldice (el subrayado es mío): Jamás lograrán crear una biblioteca infinita que se sostenga sobre sus propios axiomas – ¡Jamás!” Esta ‘incuestionable’ conclusión tuvo lugar por no respetar ni comprender, la solución propuesta por Borges, que es ‘la solución’.

Nadie puede crear una biblioteca infinita, ni nada infinito; y si se pudiera (cosa que ni la lógica formal puede a pesar de Cantor) no habría como corroborarlo pues el observador que lo está proponiendo está ‘infectado’ de finitud. Esta última aseveración demuestra de la misma forma brutal que el análisis formal es inconsistente consigo mismo; dicho con palabras más simples: el sistema formal es convencional; es una regla prefijada que se lleva muy mal aun con la realidad más burda.

La lógica tradicional no puede explicar nada de la auténtica realidad; solo predice, aventura y esquematiza un universo teórico, perfecto y estéril. Lo que Borges nos dice a gritos en esas escasas páginas es que precisamente la lógica convencional no es la solución, sino que pasa por una lógica que excede el ‘binarismo oficial’.

Los grandes misterios de nuestra realidad jamás serán explicados (y eso es lo que se nos muestra en este texto borgeano) por axiomas porque, para colmo de males, éstos son leyes que son aceptadas sin demostración (por decreto), violando así la regla de oro de todo aparato formal. Es como querer cazar un elefante con una pinza de depilar, mirándolo a través de un binocular colocado al revés: axiomáticamente esto es posible; realmente ¡NO!

Continuará…

julio 07, 2008

El Valor de lo Simbólico

Símbolo: un término polisémico que atraviesa vertical y horizontalmente la cultura humana de la mano con distintos aspectos del quehacer intelectual e impulsor de comportamientos a veces, no tan racionales. Desde los jeroglíficos egipcios hasta la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev; desde el pez de bronce de los primeros cristianos hasta nuestra bandera, el símbolo abarca se podría decir, sin temor a equivocarnos demasiado, toda la gama de manifestaciones que nos ‘hace humanos’.

No obstante la enorme variedad de matices que se puedan albergar bajo el alero de un símbolo, todos tienen algo en común. Todos buscan escapar de las borrascosas aguas del olvido; de la lluvia implacable del tiempo que todo lo borra; pero, en cualquier caso todos también ‘representan’; representan pensamientos, altibajos morales, convenciones sociales, progresos, dogmatismos, creencias, soberbia intelectual, estrechez y necesidad, sabiduría y barbarie.

De todos los aspectos naturales mencionados y de los muchos que se escapan, tomaremos el único que los reúne a todos: la representación.

Se tiene la tendencia de pensar en una imagen que refleje alguna realidad cuando uno invoca el término representación y por ende el concepto de símbolo. Esta tendencia no tiene asidero y trataremos de fundamentarlo.

La palabra símbolo, en su acepción griega, deriva de un vocablo que significa juntar, unir o encontrar algo que permita un reconocimiento. Esta sucinta definición abre un pequeño resquicio por donde penetrar al corazón simbólico.

Admitir que un símbolo es solo lo que representa una realidad otra de la que estamos experimentando, es admitir ingenuamente que una imagen representada va más allá de los elementos que la constituyen, tomándola por ‘real’ por el único hecho de ‘parecerse’ a lo que intenta representar.

Esta adherencia a lo visual de la representación hace que no podamos ‘ver’ paradójicamente, lo que está más allá de la mera apariencia, y no pasa de ser una metáfora del espejo que se transforma en espejismo cuando nos acercamos a ella. Los símbolos son naturales en el hombre y no es algo que se ofrece desde fuera para que, en su aprehender, ‘registre’ una convención. El símbolo es parte de la unidad psíquica humana; es lo funcional complementario de lo que es aportado por los mismos datos sensoriales sean estos provenientes del entorno o desde nuestra biología, y que constituyen la estructura de la psiquis. En el aparato psíquico en el cual se fundamenta el conocimiento humano es donde lo simbólico cumple una función puesta al servicio de comprender el mundo que nos rodea, dándonos una enorme capacidad que excede y en mucho, nuestra sensibilidad o nuestra memoria. Esta capacidad simbólica que nos caracteriza como humanos se inicia con el pensamiento y se proyecta en nuestro lenguaje, permitiéndonos así dar tratamiento a todas las cosas y a todos los problemas que nos son inherentes, ya sean estos de índole místico, abstracto o práctico.
Este método de adaptación es patrimonio exclusivo del hombre y le da la posibilidad, no ya de valorar cuantitativamente una simple reacción como lo hace cualquier animal que responde a un signo cualquiera según un significado asociado sino, contemplar aspectos cualitativos que le dan una nueva dimensión a la realidad vivida. Las realidades inmediatas se transforman en ‘semióticamente reales’; las sensaciones se transforman en manifestaciones de sentido. Se distancian así, gracias al símbolo, las reacciones orgánicas propias de la animalidad de las respuestas puramente humanas.

Tal cual lo aseveró Cassirer, el hombre es un animal simbólico más que racional. Lo racional, que también es un patrimonio humano, no abarca la integridad real ya que solo se restringe a lo abstracto (terreno cultivado por la Lógica, la Filosofía, las Matemáticas y la Lingüística, entre otras).

Retomando entonces la tendencia de asociar representación con una imagen podemos ver que, cuando esto ocurre, se debe a que somos arrastrados por la apariencia empobrecida de una relación heterónoma con un referente externo, sea éste, algo concreto o alguna idea. Muy distinto sería si en vez de esta asociación nimia, intentamos la aprehensión de una ‘forma’ que diera cabida a un futuro contenido del pensamiento.

¿Qué diferencia hay entre una imagen y una forma? En apariencia, ninguna. Pero si analizamos su constitución, veremos que difieren y en gran medida. Remarcaremos un solo detalle distintivo pero que es suficiente para poner en relieve esa flagrante diferencia. La imagen es estática. La forma no. La dinámica de la forma se expresa a través de las relaciones que plantea su geometría. Una topología estructurante y estructurada que da origen, en su espacio, a una función (proyectando una estructura en otra) que se encuentra a modo de unidad compleja en el símbolo; con una vertiente continua (la función) que estaría representada en la psiquis por el pensamiento y expresada en el lenguaje natural (en nuestras lenguas indo-europeas) por los tiempos de verbo; y una vertiente discreta que estaría representada por el lenguaje natural y expresada en su sintaxis.

Solo el aspecto dinámico del símbolo (el pensamiento) tiene sentido, porque representa cabalmente un prototipo lógico; en el contexto del aspecto estático (el lenguaje natural), un nombre (el contenido convencional de un símbolo lingüístico), tiene significado. Su uso no muestra la relación esencial que hay entre los sistemas reales que le dan origen. Su comunicación se hace de la única manera posible: a través de la expresión.

Consideramos así al símbolo como una función de la estructura que lo contiene (en su vertiente interna) y como estructura funcionarizada (la expresión) en su vertiente externa

El símbolo, como función, tiene como argumento a un signo; en otras palabras, el pensamiento es función de una idea y quien porta el sentido. Esta función, en las lenguas indo-europeas por ejemplo, está representada por los tiempos de verbo (en su aspecto temporal interno).

Un símbolo dinámico (interno: la vertiente continua) representa una función estructurada (la que expresa el proceso mismo de simbolización); en contrapartida, un símbolo estático (su mitad externa, discreta) representa una estructura funcionarizada (ver figura).




Al pasar la función, en el lenguaje natural, a ser su propio argumento, deja de expresar la esencia del evento representado en el pensamiento. Por tanto la estructura al pasar a ser función, deja de expresar la estructura psíquica y por lo tanto, también la real .

Esta inversión ‘paradojal’ torna dificultoso el captar la ‘lógica’ que estructura el lenguaje natural y por ende, el pensamiento, desde donde suponemos, emana. Por esta razón el lenguaje natural nos dice poco o nada de sí mismo y menos quizás, de lo que lo originó. El ojo no puede ‘verse’ a sí mismo. Puede describir lo que ve, pero no puede ‘verse’ viendo.

Una función no debe ser su propio argumento. Esto va en contra de la lógica.

Esta aparente falla lógica se subsana arbitrariamente por medio del significado. Asignando convencionalmente (ad placitum) argumentos a una función que no es tal. Usando una función continua (como por ejemplo, los tiempos de verbo) como argumento de una estructura (sintaxis). Es por eso que el lenguaje natural (simbólico) es ambiguo. Esto explicaría de alguna manera la polisemia. Es el mismo fenómeno que se daría al describir matemáticamente un acontecimiento continuo (real), en donde no hay otra opción que ‘linealizarlo’; describirlo en infinitésimos pasos; o sea, en definitiva: discretizarlo.

Desde la óptica de la lógica aristotélica el lenguaje natural es un discretizador de la realidad.

“El lenguaje disfraza el pensamiento” dice Wittgenstein. Nosotros podemos decir: “No se piensa con palabras, se habla con pensamientos”. No obstante, el lenguaje natural no hace evidente al pensamiento. El significado nada dice del sentido. Para comprender el lenguaje natural hay que cambiar el punto de vista lógico. El secreto está en lo estructural. Hay una homología entre la realidad representada y el representante, lo cual se equipara relacionalmente en el origen y en el orden, pero también en la función.

El aparente aspecto ‘desmadejado’ del lenguaje natural impide darse cuenta que su lógica puede ser un ensamble entre lo continuo (profundo) y lo discreto (superficial); en donde, esto último es lo que se muestra directamente. El otro aspecto queda ‘oculto’ a los ‘ojos’ de la lógica aristotélica.

El símbolo es la ‘figura’ de lo real. Un modelo que queda ‘estampado’ a fuego en nuestra psiquis, que se origina en nuestra contienda con la vida y que se expresa a través del lenguaje. El símbolo es el ‘hilo de Ariadna’ que liga los aspectos psico-bio-socio-culturales de la realidad y se constituye en unidad en el encuentro complejo (opuesto-complementario-concurrente) de dos mitades que se reconocen.