junio 29, 2008

Del Discurso de la Normalidad al Discurso de la Complejidad

Las reglas canónicas de nuestro discurso, por estar basadas en la nominación y en la identificación, imponen una rigidez palmaria al significado que le damos al mundo, cuando nos comunicamos en el día a día. Para poner en evidencia de que esto es así, basta y sobra con que reflexionemos brevemente en cómo “construimos” ese mundo en nuestro discurso. Nombramos los seres y las cosas para, clasificándolos, establecer sus relaciones y así ordenar lo que percibimos, pensamos y decimos. Esto y muy poco más es lo que nos deja hacer la ortodoxia lógica, fundamentalmente en nuestras lenguas indo-europeas llevadas hasta el hartazgo, durante el medioevo, por los caminos de la identidad escolástica, de la pecaminosa contradicción, y del siniestro tertium non datur (‘una tercera (cosa) no se da’) que supo de la normalización por Leibniz. (recordar que las lenguas indo-europeas incluyen 150 idiomas hablados por casi la mitad de la población mundial).

Es verdad que este ‘binarismo’ radical ha dado sus frutos y la confianza despertada en sus usuarios, le ha permitido gozar hasta hoy, de muy buena salud. Pero el costo de este ‘beneficio’ se me antoja en extremo oneroso, al tener que lidiar con una univocidad y homogeinización inextricables.

La falsa transparencia de los significados impuestos por el uso, no pueden evitar ‘colorear’ la realidad y de esta manera nos hemos ido alejando paulatinamente de lo complejo del mundo, por identificarlo con lo indiferente de lo unívoco, la ignorancia contradictoria y el desconocimiento de la mediación. En otras palabras, nos hemos alejado, y mucho, de lo ‘vivo’ de la realidad.

Nuestro discurso no ‘sabe’ nada sobre la complejidad del mundo, y nos dice prácticamente poco sobre él. Que todo ‘sea o no sea’ no puede ser una explicación coherente de por ejemplo: por qué la vida genera más vida, y por qué esa nueva vida, sin proponérselo, comienza su ‘decir’. Es evidente que todo es mucho más complejo que un simple dilema shakesperiano.

Hay quienes aventuran algunos indicios en el mero lenguaje discursivo que, transgrediendo las normas expresivas, ponen en evidencia una capacidad lingüística potencial para mostrar la verdadera realidad o por lo menos una mejor aproximación a ella. Me refiero al uso de antónimos o de paradojas que al ser sublimados, entre otros por el oxímoron, permiten expresar las más extravagantes antinomias mundanas.

Sinceramente creo que un oxímoron ‘no hace verano’. Es un hábil maquillaje de la retórica para que una expresión aparezca como una supuesta transgresión pero en el fondo nada cambia. Hasta los grandes escritores lo anuncian antes de usarlo (en el Aleph de Borges, por ejemplo: “Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis”).

La complejidad del mundo o de la realidad, si se prefiere, se sustenta no en un mero ‘decir’ sobre antinomias, sino sobre contrariedades concretas, oposiciones genésicas y complementariedades concurrentes. Lo normativo no alcanza ya que solo es una solución de compromiso.

Todo esto es para decir que el lenguaje no refleja la realidad; que más bien cual impostura, acomoda lo real para ocultar el terrible fantasma de la ambigüedad. No refleja la realidad por lo menos como trata de mostrar que lo hace, sino de otra manera.

Los griegos (presocráticos) hacían uso de una lengua en la que se daba lugar para expresar las polaridades; la irremediable presencia de opuestos, cual unidad compleja real. La ‘purificación’ sufrida después de Aristóteles y más aun, la latinización del medioevo, lograron ‘borrar’ esta capacidad ‘innata’ de nuestro lenguaje y por tanto del discurso que en él se sustenta. Hay lenguas modernas como el Alemán en que se siguen manteniendo resabios de tales portentos (como ejemplo el término Aufheben que popularizara y especificara Hegel para expresar simultáneamente la negación y la preservación de la verdad interna de algo).

¿Si lo que acabamos de afirmar es cierto, quiere decir que nuestro lenguaje no tiene (salvo excepciones) relación con lo que pretende expresar y por lo tanto no deja de ser solo una caprichosa convención?

¡No! Lo que quiere decir es que, cuando tratamos de especificar cómo surgió el lenguaje y cómo es que expresa lo que expresa, nos adherimos a esta ‘deformación’ de su matriz original y perdemos la plasticidad de ver la realidad en perspectiva. Claro que nuestro lenguaje expresa la realidad pero, no tal cual es sino, ‘acomodada’ en una convención. La convención sirve para expresar el mundo que cada uno se ‘construye’ y que, por una cuestión de convivencia, adquiere rasgos similares en una determinada comunidad. La cultura (el cultivo de la mente a través de la razón) tiene que ver con esta parcelación de nuestro fundamental medio expresivo. En este sentido, nuestro lenguaje en uso, tiene un origen social y se fue adaptando a nuestra historia.

La estructura verbo – nombre de nuestras lenguas induce a tener en cuenta solo uno de estos términos a la hora de significar la relación que cada una de ellas tiene con el mundo, producto de lo estático de la sustantivación en los nombres; o dicho de otro modo, de la férrea adherencia a las categorías de la identidad Aristotélica. La realidad en mucho más compleja que esto. La realidad es dinámica; es devenir, fluir, alternar y cambiar. Obviamente, nuestro lenguaje (y por ende nuestro discurso) desde esta óptica, carece de las herramientas necesarias para reflejar la realidad. Sin embargo la refleja y lo suficientemente bien como para que nos podamos entender, por lo menos en nuestras comunidades (¡aunque a veces no tan bien!). Entonces, ¿dónde está la ‘falla’ de nuestro lenguaje? En ninguna parte. Nuestro lenguaje no tiene fallas. Los que fallamos en todo caso, somos nosotros al apresurarnos en valorar de una manera simplista (‘científica’), la relación uno a uno de una combinatoria de términos y los hechos que suceden a nuestro rededor.

Los hechos o dicho de otra forma, las relaciones dinámicas mantenidas entre los distintos ‘actores’ reales (la cruda realidad) son tamizados por nuestros sentidos con el fin de aprehenderlos y luego reelaborados por nuestra psiquis en nuestros pensamientos. Este mecanismo tiene un doble fin; por un lado, nos ayuda a encontrarle ‘sentido’ al mundo que nos rodea y al hecho de nuestra existencia en ese mundo; y por otro lado, nos permite elaborar una manera de comunicarlo (hacer saber lo que sabemos) con el objeto de aquilatar nuestra experiencia en función de la experiencia de los demás, porque es la única forma que disponemos para ‘conocer’ ese mundo en donde vivimos y al cual tenemos que enfrentar en su afán de aquietar todo lo que se mueve y evoluciona.

En posesión de nuestro ‘esquema’ del mundo y llegada la hora de ‘expresarlo’, tenemos que ‘inventar’ una manera de llevar a cabo esta tarea. Esta ‘invención’ es nuestro lenguaje que, mediante hábiles convenciones, permite ‘reconstruir’ un mundo tal como se nos presenta y ubicarnos en consecuencia, para que el otro, con el cual dialogo, le encuentre significado a su propia reconstrucción del mundo en donde vive y así complementarnos y pertrecharnos en contra del equilibrio mortal.

Como podemos ver, hemos utilizado dos términos distintos para, según el uso común, expresar una misma cosa: sentido y significado. ¡Aquí está la cuestión! No son la misma cosa. Sentido es cómo comprendemos la realidad; la esencia de la realidad. Un aspecto netamente individual para el que no existe lenguaje en el mundo que pueda expresarlo cabalmente. Significado en cambio es la sublimación del sentido y como tal, la transformación de lo que surge de nuestros instintos o sentimientos primarios, en una actividad moral, intelectual y socialmente aceptada.

Visto nuestro lenguaje desde la superficialidad del significado, es razonable que tenga, en apariencia, poco que ver con la realidad que le dio origen; surgiendo así, el discurso de la ‘normalidad’.

Este discurso de la ‘normalidad’ debe ser trocado por el discurso de la ‘complejidad’; es decir, la consideración complementaria sentido/significado, si se quiere alguna vez, comprender nuestro más preciado logro evolutivo.

junio 22, 2008

¿Por qué no hablan los monos?

Desde que Darwin nos diera ‘letra’ para la metáfora, consideramos la vida como una larga cadena (la evolución) en cuyo último eslabón nos ubicamos; mientras que el primero, permanece aun sumido en las frías tinieblas de un profundo abismo. Esta pintoresca figura, que podría trocarse por la de un árbol si quisiéramos ser más técnicos, nos permite tener una visión del conjunto (disjunto) que llamamos ‘vida’.

Esta cadena a la que aludíamos, no se encuentra erguida sin ningún sustento sino que pende de la base de un trono, al cual nos hemos encaramado para, y oficiando de semidioses (o dioses ‘dedicación exclusiva’), contemplar todas las otras formas (‘inferiores’) de vida que nos acompañan en este viaje metafórico.

¿Qué fue lo que pasó? O mejor: ¿De qué dependió que solo uno de los ‘viajeros’ anticipara el final del viaje? Simplemente lo que pasó es que el ‘dios’ (el dueño) de esa cadena (de la evolución): HABLA.

Esto último que en apariencia le da ‘carne’ a la metáfora ¿es realmente la causa eficiente de tal supremacía? ¿No sería posible que nuestro lenguaje sea nada más que una expresión emergente de otra sutil y más básica diferencia? Esta última pregunta tiene varias respuestas positivas espontáneas que seguro ya se le han ocurrido a usted mientras la termina de leer: la genética, la anatomía del aparato fonador, la sociedad humana, la cultura forjada en tal sociedad, la inteligencia, etc., etc.

¿Y si le dijera que es posible que nada de lo dicho anteriormente haga a la verdadera diferencia?

Sin entrar en sesudas disquisiciones lingüísticas vamos a dejar claro, qué entendemos por lenguaje.

Según se lo enfoca en estas líneas el lenguaje es una herramienta; un organón utilitario que permite comunicarse. ¿Comunicarse para qué? ¡Comunicarse para sobrevivir! Por tanto aquí, poseer el manejo de un lenguaje y expresarse a través del habla, no son sinónimos.

Planteadas así las cosas, todo ser vivo posee un lenguaje; la vida es un lenguaje; un lenguaje universal que marchando al unísono con toda la realidad que lo acompaña, permite que una diversidad infinita, de la que el hombre es una pequeña ‘irregularidad’, se exprese.

Volviendo a la metáfora que nos permitiera Darwin, vemos que la hemos transformado en un cuento digno de Carroll en donde, la irrealidad de los personajes no hace a la trama, sino todo lo contrario. Quiero decir que suena más a ‘literatura del absurdo’ que a tratamiento científico, la cuestión del lenguaje, cuando se pretende explicar que esta ‘bendición’ que nos hace humanos, tiene sus orígenes en nuestros ancestros. Esto da pie para que aparezcan cosas como éstas: “Ciertos primates usan en su comunicación manos y pies de manera más flexible que la expresión facial y la vocalización, lo que respalda la teoría de que el lenguaje humano comenzó con gestos “ ( Proceedings of the National Academy of Sciences ).


El entender el lenguaje como un medio de expresión y de comunicación no quiere decir que debamos estancarnos en la consideración, aparte del habla, de los sonidos y gestos como predecesores de nuestro lenguaje. Ni tampoco quiere decir que debamos considerar solo estas posibilidades de expresión.

Hay ciertos aspectos que los lingüistas han establecido como patrimonio absoluto del lenguaje humano. Entre estos podemos mencionar: a) siempre comunica cosas nuevas; b) distingue entre contenido y forma; c) se emplea con una intención; d) lo que se comunica puede referirse tanto al pasado, al presente como al futuro y e) se transmite de generación en generación.

Con una argumentación lógica adecuada no es difícil demostrar, que un lenguaje universal como el que se propone aquí, cumple perfectamente con estas premisas y por tanto, no sirven para caracterizar adecuadamente nuestro lenguaje y mucho menos, para explicar de dónde viene.

El lenguaje humano sin dudas es un resultado evolutivo. Esta afirmación no obsta para que se busque una alternativa para su explicación y no se siga insistiendo en querer derivarlo de una ‘destreza humana’ enseñada (premio/castigo mediante) a un pobre bonobo que tiene más ganas de treparse a un árbol y quizás disfrutar de una buena siesta, que soportar variopintas ‘señales digitales’ que no le interesan porque no las comprende.

Intentaremos hacer una arqueología del lenguaje pero no pretendiendo averiguar cómo surgió el lenguaje articulado; es decir, no buscando un protolenguaje sino, haciendo uso de los principios de una ciencia social autónoma como es la Arqueología. Si seguimos el camino de tratar de establecer la existencia de una gramática universal y para ello nos valemos de los ‘hitos’ que parecen jalonarla (presuntos símbolos manejados por algunos animales, logros en el adiestramiento de animales (simios, loros), ‘sintaxis’ enseñada en el laboratorio a los bonobos, etc.), hacemos de esta arqueología un auxiliar histórico que pretende desenterrar con evidencia fabricada, aquellos períodos de la evolución del lenguaje que no están lo suficientemente iluminados por las fuentes escritas. La Arqueología es una disciplina que estudia las sociedades a través de sus restos materiales, sean estos intencionales o no (Wikipedia); pero aquí, en vez de enfocarnos solamente en los seres humanos a través de su cultura material o psicológica, orientaremos nuestro interés hacia todas las forma vivas y trataremos de arrojar alguna luz sobre nuestro lenguaje, dejando ver que es posible que él, como manifestación social, haya surgido de un lenguaje (no articulado) común a toda la vida.

El lingüista alemán August Schleicher, a finales del S. XIX, propuso la idea de que los idiomas tenían un patrón evolutivo similar a las especies de los seres vivos (inspirado en Darwin, obviamente). Esta idea (con otras connotaciones) nos ayudará a entender hacia dónde apuntamos.

Como toda elucubración que aquí se haga está basada en los seres vivos, comenzaremos por dividirlos (caprichosamente) en tres grandes grupos (o especies, si se me permite la osadía): A. Microorganismos y Plantas (compuestos por una o más células pero sin Sistema Nervioso Central (SNC)); B. Animales (pluricelulares con SNC) y C. el Hombre.

Dijimos que la vida es un lenguaje; es más, vamos a afirmar lo inverso: el lenguaje es vida. Lenguaje es una sintaxis funcionarizada; entendiendo sintaxis como una estructura relacional entre elementos. La sintaxis del lenguaje surge de la realidad. Esta realidad la podemos enmarcar en tres ejes de complejidad creciente: a) Estructural; b) Dinámico y c) Funcional.

Se postula un compromiso entre los ejes de la realidad y la estructura protopsíquica/psíquica de los seres vivos, el cual da sustento a la sintaxis del nivel de lenguaje que dispone cada una de las especies descritas anteriormente.

Así, en la especie A predomina un lenguaje táxico (de los taxismos de Lorenz) cuya sintaxis es una relación monádica; solo ‘perciben’ el cambio (tomando a la percepción como un primer nivel de representación). Es decir, solo se manejan sobre el eje estructural de la realidad, y por tanto su lenguaje es muy simple y tiene que ver con la acción: p.e. aproximación – huída. Dicho de otro modo: el lenguaje táxico es una respuesta a lo estructural de la realidad y esto es suficiente para sobrevivir. La especie A comunica acciones. Es conductual.

En la especie B (animales no humanos) predomina un lenguaje sígnico (de signo en el sentido lato), cuya sintaxis básica es diádica; perciben por un lado la acción (recuerdo filogenético del nivel o especie inferior) y por otro ésta acción que relaciona dos objetos. Los integrantes de esta especie están capacitados para aprender a manejar el aspecto dinámico de la realidad. Su lenguaje sirve para comunicar conductas innatas (origen del instinto – pulsión). En otras palabras, el lenguaje sígnico es una respuesta a lo dinámico de la realidad; o sea al discurrir del tiempo. La especie B comunica acciones e instintos. Es conductual e instintiva.

En el Hombre predomina un lenguaje simbólico (de símbolo en el sentido de signo interpretado), cuya sintaxis básica es triádica; percibe la acción (cambio) como tal (resabio del nivel A) por lo cual p.e. puede comunicar: amor/odio; le asignan un sentido dinámico (recuerdo del segundo nivel) asimilando la permanencia y otorgando identidad (lo que le posibilita la comunicación social) y relaciona, como fuente de ese cambio, a un sujeto (al cual puede identificar) con un objeto, que es considerado destinatario de tal cambio. El Hombre está capacitado para aprender y manejar el aspecto funcional de la realidad. El lenguaje simbólico es una respuesta a lo funcional y así comunica acciones, instintos y pensamientos. Es por tanto: conductual, instintivo y racional.

El manejo del aspecto funcional de la realidad es el factor clave del por qué, los animales no humanos, no pueden manejar un lenguaje humano o simbólico. Los animales no humanos son incapaces de percibir este aspecto real y por tanto no necesitan hacer uso de un lenguaje simbólico para comunicarse, ni para ‘comprender’ la realidad con fines de supervivencia.

Un chimpancé no habla como un humano no solo porque su órgano fonador no se desarrolló lo suficiente, sino porque su psiquis (más básica y rudimentaria) no tiene la capacidad de simbolizar al no percibir lo funcional. A lo sumo y con mucho trabajo, se puede lograr que ‘aprenda’ una destreza que se sostiene en la memoria, que por supuesto tiene pero, eso solo, no habilita para suponer que el lenguaje humano se originó en las especies inferiores y luego evolucionó hasta llegar al Hombre. El lenguaje humano es un acopio filogenético (la ontogenia recopila la filogenia) y su última etapa no deriva de una especie inferior sino que es un patrimonio exclusivo del Hombre. No es un producto del proceso lineal de la selección natural, sino de la autopoiesis (su auto-producción). Lo que sí aparece como evidente, luego de las aproximaciones hechas, es que nuestro lenguaje tendría rastros de las etapas anteriores y daría la impresión de estar ‘compuesto’ por ‘capas’: un núcleo táxico, una capa media (interna) o sígnica y una capa superficial (externa) simbólica; disposición esta, que le permitiría comunicar emociones, sentimientos, deseos, ideas, pensamientos y conceptos. La aparición de las distintas ‘capas’ está supeditada a la evolución psíquica que no representaría otra cosa que la adaptación al manejo de una complejidad creciente, que exige distintas alternativas para sobrevivir y que, necesariamente para ser comunicadas, deberían adquirir una estructura, una dinámica y una funcionalidad homóloga a la realidad circundante.

Este enfoque de nuestro lenguaje es estrictamente semiótico (entendiendo por semiosis al proceso de reconstrucción de un sistema; o lo que es lo mismo, un ‘aprendizaje’ de la complejidad del mundo circundante en que vive un determinado sujeto, dotándolo de sentido) y en tal dirección, cobran enorme relevancia las Dimensiones y niveles de semiosis que nos legara Charles Morris en su seminal trabajo, publicado en 1938, “Fundamentos de la teoría de los signos” y en el que estableciera la existencia de relaciones diádicas entre los componentes semióticos. De esta manera quedaron establecidas y para siempre, las dimensiones sintáctica (estructural), pragmática (dinámica) y semántica (funcional) de la semiosis.

Tras todo lo dicho quizás deberíamos cambiar la pregunta que oficia de título de este escrito por la siguiente: ¿Para qué querrían hablar los monos?

junio 14, 2008

Numeración Binaria

Un hecho cotidiano como el que está ocurriendo en este instante,en el que usted está leyendo este artículo, presupone un fenómeno casi mágico y misterioso que permite una comunicación fluida con todo el mundo desde un lugar cómodo de nuestro hogar o lugar de trabajo. ¿Qué es lo que permite este ‘casi’ milagro?

Pocas cosas en la historia de la humanidad y de su cultura han tenido la relevancia que ha adquirido en estos tiempos, un código: la Numeración Binaria.

No existe ningún milagro sino el hecho de haber elegido una convención para representar determinados fenómenos. A no dudarlo que fue una elección prodigiosa.

¿Por qué se eligió? ¿Qué significa binario? ¿De dónde proviene? ¿Alguien lo inventó?

En las próximas líneas trataremos de dar respuesta a estos interrogantes y mostrar algunas particularidades que rodean al tema.

En primer lugar y para allanar el terreno, definiremos sucintamente algunos términos técnicos, para que no dificulten la aprehensión de la sutil belleza de este particular código.

Código: Algo que puede adquirir cualquier forma pero que, en general, se lo puede considerar como una relación entre dos conjuntos de símbolos establecida mediante una transformación de acuerdo a una determinada regla.

Toda información inteligible para el hombre consiste en un conjunto de símbolos (Cassirer llamó al hombre: el animal simbólico), de los cuales los dígitos del 0 al 9 y las letras del abecedario forman la parte más importante.

Símbolo: Es la representación perceptible de una determinada realidad, que asocia rasgos diversos ligados por una convención socialmente aceptada. Nuestro lenguaje, por ejemplo, es un símbolo.

Sistemas de numeración: son conjuntos de dígitos usados para representar cantidades. Decimal, binario, octal, hexadecimal, romano, etc. son ejemplos de estos sistemas. Los cuatro primeros se caracterizan por tener una base b (número de dígitos diferentes que los constituyen: diez, dos, ocho, dieciseis respectivamente) mientras que el sistema romano no la posee. Los sistemas de numeración que poseen una base cumplen con la denominada notación posicional, es decir, la posición de cada número le da un valor o peso. Así el primer dígito de derecha a izquierda tiene un valor igual a b veces el valor del dígito, y de esta manera el dígito tiene en la posición n un




donde A = dígito y * = producto

Por ejemplo:
digitos: 2 5 1 9
posición: 3 2 1 0
entonces, aplicando la fórmula da: 2000+500+10+9 = 2519

Código ponderado: es todo sistema de numeración que tenga una base, por existir una relación aritmética entre el código y la notación decimal.

Código binario: Es el sistema de numeración más simple ya que solo posee dos dígitos: 0 y 1.

Bit: Surge de la contracción de la expresión inglesa: binary information digit (dígito de información binaria).

Byte: Al conjunto de 8 bits. En la jerga informática a un conjunto de bytes, se lo denomina palabra y sirve para cuantificar por ejemplo, la capacidad de un computador a la hora de dar significado a un determinado código. Mientras más larga la palabra que pueda manejar, mayor capacidad de codificación, mayor velocidad de proceso y por tanto, mayor potencia.


Un poco de historia

Si bien se le asigna al matemático hindú Pingala el haber presentado por primera vez un sistema binario en el S. III a.C., ya desde los albores de la Filosofía Occidental como, desde mucho antes, en la Filosofía Oriental y en prácticamente todas las cosmogonías de los pueblos más antiguos de los que se tenga registro, se invoca el sistema binario para caracterizar distintos aspectos de la realidad. Este ‘binarismo’ no solo se hace evidente en el terreno cultural o religioso sino también en la vida diaria; detalle este último que sigue hoy y seguirá por siempre siendo evidente (día/noche, luz/oscuridad, frío/calor, etc.) y con las mismas características; es decir, los dos elementos constitutivos del par, guardan una relación particular: son opuestos, excluyentes y complementarios. En otras palabras, uno es el reverso del otro; si uno está el otro no y finalmente, tenidos en cuenta ambos, forman una unidad.

Otra es la historia cuando lo binario es considerado como sistema de numeración y es abordado desde el punto de vista aritmético.

Thomas Hariot (1600), matemático inglés, fue el primero en registrar el uso de un sistema binario.

Francis Bacon (1623) publica en su De Augmentis Scientarum el primer código binario conocido para las letras del alfabeto.

Juan Caramuel y Lobkowitz (1670) obispo de Roma, fue el primero en publicar ejemplos específicos de representación de números de base 2. La desaparición de esta publicación hizo que Leibniz fuera aclamado como el descubridor de los sistemas binarios 33 años más tarde.

Gottfried Leibniz (1697) escribe una carta al Duque de Brunswick sobre el sistema binario. Inconsciente de la existencia del trabajo publicado por Lobkowitz y del trabajo no publicado de Hariot, descubre el sistema binario por sí mismo y fue mencionado este hecho en su correspondencia privada durante aproximadamente una década. En la carta al Duque le sugiere que se acuñe un medallón para conmemorar tal descubrimiento (inclusive le envía el diseño pormenorizado), algo que por supuesto no es concedido.


Leibniz (1703) en su artículo “Explication de l’arithmetique binaire” aparecido en el volumen de 1703 de Memoires de l’Académie royale des sciences (p. 85-89) hace una descripción formal de esta nueva aritmética y pone de manifiesto el hecho de haber servido para descifrar el código oculto en los hexagramas chinos del I Ching. Como dato curioso debemos decir que en un comentario editorial escrito por Fontenelle, en el volumen del año 1703 de Histoire de l’Académie royale des sciences, Leibniz es aclamado como el descubridor de la nueva aritmética y el mismo comentario, identifica a Lagny, que había presentado un par de trabajos en el mismo volumen de las Memoires, como el descubridor simultáneo del sistema binario.



En 1946 con la construcción del primer computador electrónico digital (ENIAC) en Filadelfia, que si bien no usaba un sistema verdaderamente binario, quienes tuvieron a cargo su diseño, sentaron las bases para que en diseños posteriores, evolución teórica y práctica mediante, se comenzara a utilizar el sistema binario para representar números dentro de los computadores. Esto ocurrió en la década de 1950.

Lagny (1703) vió en el sistema binario una herramienta de cálculo que le ayudaba a resolver problemas de navegación. Leibniz (1703) en cambio, soñaba la nueva aritmética como la llave para lograr avances teóricos. Con el correr del tiempo, los hechos apoyaron la visión de Lagny pero las nuevas investigaciones están reivindicando a Leibniz.

junio 12, 2008

Los Chinos y el ADN

La antigua filosofía china legó a la cultura oriental una serie de cinco documentos fundamentales (los Ching) que dejan plasmado el pensamiento de este pueblo milenario. Uno de esos documentos y quizás el que mayor difusión haya tenido, es el libro de los cambios o de la mutaciones (I Ching). (Wilhelm, 2007) Este tratado de filosofía natural fue compilado por Fu-Hsi y editado por Confusio y su origen se ubica aproximadamente, en el S. XI a.C. En un comienzo fue un libro sin palabras, tan solo una sucesión finita de signos no idiomáticos de significados infinitos y como tal, una síntesis enciclopédica de la realidad que daba la posibilidad de descubrir las contradicciones que se esconden tras las apariencias y comprender así, cabalmente, los cambios que se suceden en nuestra vida. De esta manera – como dice Vogelmann (1975) – este legado de la antigüedad china es una versión ‘humanista’ del lenguaje de los signos, que en sí es abstracto y omnicomprensivo, pues se refiere fundamentalmente a la trama del mundo humano, a la vida de los hombres en todas sus circunstancias. Se muestra así un modelo cíclico de la naturaleza que se interpreta de acuerdo con la actividad recíproca de un par de fuerzas fundamentales opuestas como el yin y el yang. Más allá de las vejaciones esotéricas a las que es sometido en occidente, el I Ching constituye per se un sistema lógico con la suficiente solidez y coherencia como para que pueda ser analizado con absoluta objetividad científica. Las potencias o principios que representan el yin y el yang fuera de ser opuestos, desde el punto de vista funcional operan como complementarios y concurrentes. Esta dualidad de fuerzas muestra una alternancia que evidencia un cambio permanente de transición de uno a otro. La conversión de un principio en su opuesto (sin dejar de ser totalmente lo que era) se le llama mutación o transformación y representa uno de los fundamentos básicos del I Ching.


Gráficamente el yang (lo positivo) se lo representa como ‘—’ y el yin (lo negativo) como ‘– –’. “Las dos fuerzas fundamentales engendran las cuatro imágenes” (Wilhelm, 2007: 406). El movimiento no solo remarca la cualidad sino que provoca el cambio. La cualidad llega a un máximo y luego decae, dando así nacimiento al principio opuesto. Tanto el yin como el yang nacen, crecen y decrecen alternativamente en un proceso de continuo desplazamiento mutuo que es representado por una duplicación de las líneas enteras y partidas, dando origen a los digramas, con una disposición lógica como lo muestra la figura.



Los digramas se leen de abajo hacia arriba, asignándosele 0 al yin y 1 al yang tal como lo estableció el sinólogo jesuita Bouvet cuando, mediante la aplicación del sistema binario inventado por Leibniz (sinólogo vocacional) y que éste le hiciera llegar en 1701, pudo desentrañar la lógica que escondían estos gráficos milenarios (Leibniz, 1703). Añadiendo un tercer trazo a los digramas se obtienen los ocho signos llamados trigramas. Mediante un arreglo dispuesto en una tabla de doble entrada y combinando de a pares los trigramas, se llega a 64 hexagramas. (ver figura).



James Watson y Francis Crick en 1953 en la Universidad de Cambridge descubrieron que los componentes del ADN se agrupaban siempre de la misma manera: cuatro bases nitrogenadas en parejas: Adenina-Timina y Guanina-Citosina, unidas por moléculas de azúcar (desoxirribosa) y fosfato. Todos estos elementos formaban una especie escalera en espiral, cuyos “peldaños” eran las bases nitrogenadas unidas por enlaces de hidrógeno y las “barandas” o armazón, los azúcares y fosfatos. 



De este esquema surgió la tabla del Código Genético que, teniendo por entradas las bases nitrogenadas, dan origen a los 64 tripletes que forman los 20 aminoácidos esenciales de la vida.



Si asignamos la siguiente equivalencia binaria a las bases: U = 00, C = 01, G = 10 y A = 11, las intersecciones de la tabla anterior dan, con una correspondencia uno a uno, los 64 hexagramas del I Ching. ¿Coincidencia?

junio 11, 2008

Planilandia, una novela de muchas dimensiones

Título original: Flatland, A Romance of Many Dimensions de Edwin Abbott Abbott. Este libro de ciencia ficción publicado por primera vez en el Londres de 1884, desde sus pocas hojas impactó profundamente a la sociedad victoriana de aquel entonces. No era para menos. Provisto de un lenguaje sencillo (adquirido en sus prédicas anglicanas) Abbott esgrime su pluma contra la segregación social, el desprecio del papel social de la mujer y el extremismo ideológico, propios de la Inglaterra de fines del S. XIX. Otros aspectos de la obra incluyen, por un lado: lo científico cuando habla de las dimensiones y da pautas, a través de una ingeniosa analogía, para comprender la cuarta dimensión; tema este que debido a los trabajos de los matemáticos Lobachevsky, Gauss y Riemann, entre otros, sobre geometrías no Euclídeas y multidimensionales, había adquirido un particular interés dentro del ámbito académico-científico; y por otro lado: lo teológico al hablar de ciertas experiencias espirituales intensas.




El libro se divide en dos partes. La primera: ESTE MUNDO, habla sobre el mundo de dos dimensiones en el que transcurre la vida del protagonista: un cuadrado. El autor aquí hace una pormenorizada descripción de los habitantes que pueblan este mundo particular y cómo se desarrollan sus relaciones sociales. La segunda parte: OTROS MUNDOS nos relata, magistralmente, los viajes que el protagonista hace a un mundo de una dimensión menor y luego a uno de una dimensión mayor que el suyo y todas las alternativas que esto trae aparejadas en una sociedad bidimensional que promueve (con su rigidez formal y su crueldad) un dramático desenlace de la trama. Con una profunda sencillez, el relato de este director de escuela nos deja pertrechados para combatir contra el tirano más tirano de nuestra realidad: el tiempo; siendo en si misma, una historia perenne y nos enseña, con su sutileza, a mirar la realidad de otra manera. Déjese atrapar entre sus líneas; ¡vale la pena!.

Mas Datos Sobre Planilandia: http://bit.ly/11F82fC

junio 09, 2008

¿Estaba en lo cierto Platón?

La realidad que nos rodea y que nos tiene por uno de sus innúmeros protagonistas, se despliega allá, ‘afuera’; pero también aquí, ‘adentro’, en lo profundo de nuestro ser y existe como una especie de vaivén misterioso que nos lleva a contemplar estas realidades como una única realidad pero donde, de cualquier forma, necesariamente debemos hacer comparecer infinitamente, la una ante la otra y viceversa. Para no complicar las cosas, analicemos por un instante la realidad externa a nosotros, la de todos los días; la de los objetos, las personas, los animales. Es asumido intuitivamente que todo esto e inclusive nosotros mismos, discurre por un mundo real de tres dimensiones (3D), aquellas que dan forma a nuestro espacio físico común. Sería considerado como un alienado aquel que osara contradecir esta fuerte evidencia; pero, qué ocurriría si esto fuera una mera ilusión?


No, no he perdido la razón. Hagamos una simple prueba. Tapemos uno de nuestros ojos, sin cerrarlo, con la palma de una de nuestras manos. En estas condiciones, observemos la cotidiana realidad externa. ¿Qué pasó con las 3D? Se transformaron misteriosamente en dos dimensiones (2D). Se me dirá, y con razón, que esto sí es una mera ilusión. De acuerdo. Pero tratemos de buscar una explicación coherente a este fenómeno. Nuestros ojos están dispuestos simétricamente en la parte anterior de nuestra cabeza y su separación, nos permite lo que se denomina, una visión estereoscópica. Esta es la única razón por la cual podemos percibir las 3D reales. La retina de nuestros ojos es un telón aterciopelado en donde se proyecta la imagen de lo que estamos observando. Al decir ‘telón’ quiero representar gráficamente, que la retina es un elemento predominantemente bidimensional. Es un plano. Por tanto, la imagen que se forma en ella es de 2D. ¿Y entonces? ¿Cómo es que percibimos las 3D? Cada uno de nuestros ojos nos brinda una imagen bidimensional de lo observado pero, desde enfoques distintos.

La pequeña distancia que separa a nuestros ojos, en relación al mundo percibido, es suficiente para que en cada una de las imágenes haya diferencias significativas entre las proporciones de los distintos elementos que componen lo observado. No obstante ello, lo más trascendente es que también hay una importante diferencia de iluminación. Esta diferencia es lo que hace variar el brillo de los colores. Esta ‘mezcla’ de los colores de los objetos con los tonos de grises ( o sea la sombra) nos da misteriosamente las 3D al hacer posible (composición de por medio) que percibamos la profundidad de los objetos. Que esto es así, lo comprueba el hecho que a medida que oscurece el día, vamos perdiendo la posibilidad de percibir las 3D; y de no mediar una luz artificial, nos quedamos sumidos en un mundo de 2D ya que la iluminación (pobre) de los objetos se transforma en homogénea. Luego, lo que percibimos es una mera ilusión ya que lo que nuestros ojos nos brindan, debe ser ‘compuesto’ (integrado) por nuestro cerebro para que coincida lo percibido con la realidad material.


Ahora, ¿dónde encaja Platón en todo esto? Es por todos conocido el Mito de la Caverna que toma cuerpo en el séptimo libro de la República de Platón. En él y más allá de pintarnos magistralmente sus tres principales teorías (la de las ideas, la epistemológica y la antropológica) nos trata de mostrar la realidad, tal cual la vivimos y tal como se supone que es. Las sombras proyectadas en el fondo de la caverna es todo lo que conocen aquellos que viven apresados e inmóviles en su interior. Al no ver nunca otra cosa que tales sombras, terminan identificándolas con la realidad. Esta extraordinaria metáfora nos enseña que el hombre está limitado por su conciencia para percibir lo que la realidad es. La figura anterior pretende dejar la inquietud de si realmente lo que percibimos es tal, o si no es tan solo una sombra. Están representadas en ella nuestras 3D y una más: una cuarta dimensión (4D) desde donde se originan las otras tres. Un Hipercubo (en donde una dimensión extra es perpendicular a las tres conocidas) en proyección central es iluminado desde el infinito por una luz de rayos divergentes. Su sombra proyectada es un cubo (nuestras 3D); la sombra de éste es un plano (nuestras 2D); la sombra de éste es una línea (1D) y finalmente la sombra de ésta es un punto (0 D). ¿No estará en lo cierto Platón? ¿No será la realidad percibida la mera ilusión de una sombra y nuestro conocimiento de ella, mera doxa u opinión, quedando reservado nuestro conocimiento final (episteme) para una dimensión superior (4D) que podría estar no en nuestro cerebro, sino en nuestra psiquis? Para pensarlo ¿no?

junio 06, 2008

Anales de Lingüística

Un nuevo número de los Anales de Lingüística acaba de aparecer. Publicado por el Instituto de Lingüística y Centro de Estudios Lingüísticos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. En esta oportunidad la publicación comprende los tomos XXVII – XXVIII – XXIX, correspondientes a los años 2005, 2006 y 2007.


Con este número de los Anales hemos querido privilegiar la difusión del hacer investigativo de nuestro Instituto de Lingüística, por esto la mayoría de los trabajos que aparecen en él pertenecen a sus miembros

Mg. Ana María Vega (Cuerpo Editorial)


CONTENIDO

Vega, Ana María: Palabras de presentación

Artículos
  • Gil, José María: Implicatura conversacional y valor de verdad.
  • Gallardo, Susana: Modalidad deóntica en textos de medicina y computación.
  • Mendoza, Martha: Emoción y metáfora: un estudio comparativo de la expresión lingüística de la alegría y el enojo en inglés y en español.
  • Salatino, Dante Roberto: Realidad, lenguaje natural y una lógica alternativa.
  • Milone, Raúl Alberto: Identidad, narración y relato.
  • Bosio, Iris Viviana: La función informar en el discurso de divulgación científica: campos de acción de las modalidades epistémicas.
  • Carbonari, Martina: Adquisición de terminología científica: estrategias de aprendizaje en el nivel universitario.
  • Aguirre, Luis: El proceso de revisión en la génesis de Rayuela: un enfoque cognitivo.

Informes
  • Ramallo de Perotti, María del Rosario: Grupo de investigación sobre el español en Mendoza.
  • Girotti, Elsa: La educación a distancia: el contenidista.
  • Cuadrado, Guillermo: Tablas y gráficos en la investigación científica.


Ponencia
  • Cubo de Severino, Liliana y equipo: Escribir una tesis: programa hipertextual de educación a distancia.


Reseña
  • Carbonari, Martina: Liliana Cubo de Severino (coord.). 2005. Los textos de la ciencia. Principales clases del discurso académico-científico. Córdoba, Comunicarte Editorial.

Discurso de presentación del libro: Los textos de la ciencia
  • Zonana, Gustavo


Homenaje a jubiladas del Instituto
Detalles técnicos de las publicaciones

junio 05, 2008

Bienvenidos!

Este lugar de encuentro surge de la necesidad de compartir.

Más allá de servir en un futuro mediato como plataforma de dictado de cursos que estarán dirigidos a distintos niveles del quehacer formativo, el espíritu fundamental de su existencia es el ser educativo para el ámbito académico-científico.

Tenemos que aprender

Quizás pueda parecer obvia la afirmación anterior sin embargo, a poco que analicemos nuestro desempeño, que nos analicemos realizando nuestro trabajo habitual, seguramente encontraremos algunos ‘baches’. Alguien dijo que todo trabajo se debe hacer con arte, pasión y oficio. El oficio es el que adquirimos en la Universidad y en nuestra experiencia cotidiana; el arte es la supuesta condición natural que todos tenemos para afrontar una determinada tarea con mayor facilidad que otros; pero pasión, amor por lo que se hace, por cómo se hace, ya es más difícil de determinar. El amar lo que uno hace, el tener pasión por ello, permite que todo nuestro trabajo sea creativo. Cuando el trabajo se convierte en una pesada obligación, en donde el único objetivo es ganar algún dinero, termina transformándose en un medio de conseguir divisas que, fuera de lo mínimo requerido para el sustento propio y de nuestras familias, son empleadas para adquirir y consumir todo aquello superfluo que no somos capaces de crear.

Poner pasión en lo que hacemos es aprender a compartir. Compartir nuestra creación. La actividad académico-científica tiene que ser más rica que la sola preocupación administrativo-burocrática en donde, fuera de los ‘conocimientos’ que podamos capitalizar, termina primando lo político, lo ideológico o lo religioso. La actividad académico-científica tiene que tener un sentido con el otro, en el otro, por el otro y no de compartimento estanco que se acabe en nosotros mismos. Debemos compenetrarnos del quehacer creativo de nuestro par, para que él lo haga del nuestro. Para que los abismos personales sean alguna vez erradicados, los invito a Aprend3r.

Junio 2008

Contacto: 
dantesalatino@gmail.com