junio 30, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 261)

Cuaderno XI (páginas 1567 a 1572)

(Hoy veremos el segundo artículo sobre Polisemia)

Polisemia (II): Ese Fantasma

Desde que se publicara el trabajo de Claude E. Shannon en 1948, titulado “Una teoría matemática de la comunicación”, el vórtice polisémico del término ‘información’ no se detiene; lejos de ello, amenaza con arrasar con la endeble cordura científica que a duras penas podemos aún mantener al respecto.

Para la inmensa mayoría de los ‘enfoques científicos’ esparcidos, bondadosamente, sobre el mundo de la ciencia que hoy conocemos, el trabajo mencionado anteriormente, constituye la piedra fundamental de lo que se conoce como ‘Teoría de la Información’. Un monumental error que ha cumplido ya 60 años, y que sin embargo, sigue calando profundo en las raíces mismas del pensamiento posmoderno y dando fundamento a casi todo lo que se elabora referido al tema.

¿Por qué digo que este enfoque constituye un error? Básicamente porque lo que Shannon elaboró, trabajando para una compañía telefónica, fue un ingenioso sistema para controlar la fidelidad de los mensajes transmitidos por esta vía. De allí el tratamiento matemático (relacionado con la probabilidad y la estadística) que le dio a su investigación y lo que posibilitó el sacarle un enorme beneficio práctico.

Según nos cuenta la anécdota, Shannon tenía pensado bautizar su función H como ‘incertidumbre’ ya que la utiliza en su trabajo para medir justamente el grado de ‘no certeza’ de que un determinado mensaje sea elegido de entre un conjunto posible. Parece que von Neumann (el padre de la teoría de los juegos y el pionero de la computadora digital) intercedió a favor del término ‘entropía’ dada la similitud formal con la función utilizada en mecánica estadística; pero en definitiva, cuantifica la ‘fidelidad’ existente entre un mensaje emitido y el mismo mensaje recibido a la distancia, y que según Shannon mostró, está en relación inversa a la probabilidad de ser elegido.

La terminología acuñada en este trabajo: Entropía, Canal, Ruido, Emisor, Receptor, Redundancia, Feedback (retroalimentación), quedó indeleblemente ligada al término ‘información’, el cual pasa a ser tratado como el representante de una magnitud física pudiendo así utilizar la ‘entropía’ como una medida de la ‘información’ contenida en una secuencia de símbolos.

De esta manera, lo que quizás era tan solo una metáfora, terminó siendo una sinonimia, como un aporte más a la ambigüedad de nuestro lenguaje natural y a la confusión general.

Debido a la gran difusión que ha alcanzado el manejo electrónico de datos (datos que también se equiparan a información), le son aplicables en su totalidad, los términos de la ‘teoría de la información’; pero, y dado el uso que se hace del término ‘entropía’, y por tanto la equivalencia creada con el manejo de la energía desde el punto de vista físico, el otro campo en donde ha calado hondo y se ancló en forma definitiva es la Biología. En esta última, el aspecto energético tiene relevancia, si se lo ve, a ‘lo vivo’, exclusivamente desde el punto de vista físico-químico. Desde aquí, hasta considerar que los seres vivos se manejan con un ‘lenguaje’ que porta información relevante para su funcionamiento y que todo esto se puede asimilar a su vez, al ‘manejo lingüístico’ de cualquier lenguaje, hay solo un paso.

Analizaremos, por su importancia, el problema que la polisemia ha generado en un campo tan vasto como lo es el de la Biología.

Como si la confusión fuera poca, en 1956, el físico francés León Brillouin introduce el término ‘negentropía’ para establecer la identidad entre ‘información’ y la ‘entropía negativa’. Este autor hace la distinción entre dos tipos de ‘información’: por un lado la ‘información libre’, y por otro la ‘información ligada’ (haciendo clara alusión a la física de un sistema). Con la segunda se representa los posibles estados o casos de un sistema entre los que se reparte la probabilidad, constituyendo así un caso especial de la ‘información libre’; y ésta ocurre cuando los posibles estados del sistema son completados en forma abstracta (sin un significado físico determinado).

La ‘información libre’ existiría (por así decirlo) solo en la ‘mente’ con lo que la ‘entropía’ se ‘subjetiviza’ pasando a ser vista como un ‘medida’ de nuestra ignorancia. De esta forma se prepara todo para que, cuando realicemos una ‘medición’ sobre un sistema, obtengamos ‘información’ pero a cambio de introducir ‘entropía’ en él. Desde aquí luego, la ‘información’ producida podría ser medida en función del aumento de ‘entropía’.

En compensación, la acción ordenadora sobre el sistema, disminuye su ‘entropía’. Invocando la segunda ley de la Termodinámica, según la cual en todo sistema aislado la ‘entropía’ tiende a aumentar, Brillouin, generalizándola, establece que tanto la ‘información ligada’ como la ‘información libre’ son intercambiables por la ‘entropía’ física, como si de una reacción química reversible se tratara; intentando legalizar de esta forma la aplicación de ciertas fórmulas matemáticas en más de un dominio científico. No obstante, no logra establecer la identidad entre ‘entropía’ física y la ‘información’, como no sea en la forma subjetiva del generalizar indiscriminadamente una convención.

Por otro lado la desmedida generalización según la cual la ‘información libre’ es igual a la ‘negentropía’, también es impropia, porque es ridículo intentar medir la variación de ‘entropía’ producida en un sistema por el solo hecho, por ejemplo, de haber escrito éste artículo que Ud. está leyendo; y correlacionar esto con la ‘cantidad de información’ que contiene (lo cuál es más ridículo aún). Solo a modo de un ejemplo simple: es como si se pretendiera establecer que las dos expresiones que siguen, al tener los mismos símbolos (tanto en calidad como en número) y, según la propuesta anterior, generar la misma variación de entropía, producen la misma información (negentropía):

Sadran Lancho Cañal que Sebalgamos.
Ladran Sancho Señal que Cabalgamos.

Queda más que claro entonces, que no solo importa el ‘mensaje’ (que es lo único que pondera la supuesta ‘Teoría de la Información), sino el significado de dicho mensaje, a la hora de establecer la ‘información’ que se trata de comunicar. De otro modo, la ‘información’ puede ser considerada (como propuso Gregory Bateson) como “la diferencia que hace la diferencia”, pero con un sentido; es decir, el cambio (cuali-cuantitativo) producido en el conocimiento que se tiene de ese aspecto real que se pretende abarcar, debe ser mayor que el poseído antes de recibir la comunicación (diferencia cuantitativa); y luego de ello, lo aprehendido necesariamente, debe tener un sentido distinto (diferencia cualitativa).

Toda esta edificación teórica culminó en la relación establecida entre ‘entropía’ y evolución de la ‘información biológica’.

La evolución de los seres vivos nos muestra que a partir de sustancias inertes surgen formas complejas y ordenadas. Esta paradoja, según lo establecido anteriormente, se intentó resolver admitiendo (convencionalmente), que la disminución de la ‘entropía’ en la biosfera se compensa sobradamente con un aumento, de ésta, en el entorno. Claro que esto dicho así, no justifica el porqué de este proceso organizativo. De la formalización de lo anterior surgió la ‘Termodinámica de los Sistemas Lejos del Equilibrio’ que se ocupa de la emergencia de las estructuras ordenadas.

Ésta torre de Babel siguió creciendo hasta llegar a relacionar los aspectos de complejidad y organización propios de los seres vivos, con las nociones de ‘entropía’ e ‘información’, basados en considerar tal ‘información’ como ‘forma’ y a su medida como la clave del orden y la complejidad de lo viviente.

Se establece esta nueva relación de orden con ‘entropía’ e ‘información’ ya que ambas, según se dice, sirven para medir el orden de un sistema.

El orden es un aspecto relativo y solo podría ser ‘medido’ bajo ciertas condiciones restrictivas elegidas arbitrariamente.

Para redondear el término orden y dar una posible explicación concreta de qué entendemos por él, podemos considerar al menos, tres tipos distintos: orden estructural (estático – que llamaremos lisa y llanamente orden); orden dinámico (que llamaremos desorden); y orden funcional (que llamaremos organización); por supuesto en este esquema nada tienen que ver la ‘entropía’ y la supuesta ‘información’ que de ella se derive.

La referencia a la información en un cálculo termodinámico carece de sentido y por ende, el concepto derivado: entropía informacional. Aceptar su existencia y darle sustento formal a su ‘evolución’ sería equivalente a admitir que la mera observación de los desechos orgánicos, producto de una buena digestión de un rumiante, permitiera explicarnos lo que es dicho rumiante.

Del rápido análisis anterior, algo me queda claro: se mal interpreta el concepto de entropía y se toma como ‘rehén’ el término ‘información’ para justificar la flagrante violación de la regla de oro de la biología (por lo menos desde Darwin): la vida es un fenómeno contingente que tiene como paradigma el sobrevivir y el reproducirse; los elementos integrantes de esta ‘empresa’ están dados por la naturaleza del organismo en cuestión y su entorno específico; y el ajuste preciso de estas relaciones: ser vivo-entorno es la clave determinante de un proceso evolutivo continuo.

Si quisiéramos explicar lo que es ‘información’, se podría entonces decir: “es aquello que permite administrar el orden”. Es la diferencia entre dos estados capitalizada por una estructura influenciada por un desorden, a través de una organización; es en fin, lo que posibilita que un ser vivo pueda construir una historia que le sea propia, que esa historia esté representada en él mismo y que surja en función de encontrarle sentido a su realidad: sobrevivir.

¡Nos encontramos mañana!

junio 29, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 260)

Cuaderno XI (páginas 1561 a 1566)

(Hoy veremos lo publicado en Aprend3r, el 4/8/2008, sobre un tema que siempre me preocupó: la polisemia)

Polisemia (I): Ese Fantasma

Caminando una tarde cualquiera por las calles de la ciudad pasé frente a una de las tantas instituciones que existen en ella. Creo que había pasado …, en realidad no lo sé, pero seguramente, varias veces por el mismo lugar. Nunca nada llamó especialmente mi atención (debo reconocer que soy un poco distraído), pero esa última vez me detuve a mirar el cartel, hecho de un hermoso travertino (tengo cierta afinidad por esta piedra y creo que fue lo que me retuvo) y con una inscripción moldeada en bajo relieve que decía: “Hospital Privado de Nariz, Garganta y Oídos”. Luego de escrutar otros detalles arquitectónicos del anuncio (como los cuatro bulones de cabeza piramidal hechos de algún metal patinado) me puse a pensar en lo que trataba de decir aquel cartel.

Pese a que me sentía protegido por el sentido común, no pude reprimir el asomo de una sonrisa cuando trataba de imaginar cómo sería un hospital sordo, mudo y que no pudiera percibir los olores (aunque teniendo en cuenta nuestra realidad sanitaria actual, no se si la metáfora era tan descabellada).



Mis conciudadanos que vean la fotografía adjunta que tomé en aquella oportunidad, seguramente estarán haciendo memoria para tratar de ubicar geográficamente el lugar y quizás poder así recrear alguna vez la anécdota.

Debo confesarles que esto no va a ser posible. Básicamente porque lo que están viendo no es una fotografía; es una toma instantánea del producto de un programa de computadora para fabricar entornos 3D. El edificio no existe sino que es una fotografía de un lugar desconocido y que fue usada como textura para ‘pintar’ un bloque rectangular virtual. Lo mismo sucede con el piso. El cartel si es tridimensional y sus letras están ‘cavadas’ en un bloque rectangular virtual y ‘pintado’ con una textura sacada de una fotografía de un travertino original, y finalmente, el personaje que está de espaldas observando la escena, no soy yo, sino una fotografía de no sé quién que fue ‘pintada’ sobre un plano virtual y filtrada mediante luces virtuales especiales, para recortar la figura.

Todo esta ‘lata’ no es para demostrar mis habilidades como diseñador 3D, ni para declararme como un mentiroso, sino para dejar en claro que las cosas no siempre son lo que parecen. Es más, no hace falta ni decir que la historia que relaté es ficticia y que lo único que perseguía, apoyada por la imagen, era poner en evidencia el uso y abuso que hacemos, en el lenguaje corriente, de la polisemia.


No entraremos en detalles técnicos. Simplemente diremos que polisemia es el término que se utiliza para describir la situación en la que una palabra tiene dos o más significados relacionados entre sí. Si bien esta definición es técnicamente correcta, hay un detalle que quiero destacar en ella, ya que justifica plenamente el comienzo de este texto. Ese detalle es que lo de ‘significados relacionados entre sí” se basa muchas veces en la apariencia de lo designado por la palabra en cuestión. Por ejemplo: el término ‘pico’ que usamos para identificar una parte de un ave, también lo usamos para referirnos a la cima de una montaña; en la práctica ambos términos, aunque idénticos, tienen distintos significados que mantienen una relación común cual es: una prolongación alargada en forma de cono.

Si bien, según el estrecho criterio de algunos, la polisemia supone una gran economía para el lenguaje al poder atribuir varios sentidos a una misma palabra, evitando así una carga excesiva para la memoria humana, debemos convenir que no representa mucho más que un estigma propio de la ambigüedad de nuestro convencional lenguaje natural.

El sentido común resuelve (cuando no se carece de él) la mayoría de las ambigüedades que puedan presentarse en el día a día, como sucede con la palabra ‘privado’ que usamos al principio. No obstante ello y a pesar de la riqueza expresiva que lo caracteriza, nuestro lenguaje es especialmente inapropiado, gracias a esa ambigüedad, para ser usado verbi gratia, en el estudio de las argumentaciones, terreno propio de la lógica. Esto último da la pauta de que, si bien en el uso corriente, la polisemia no trae demasiados problemas y quizás un dudoso beneficio, cuando se utiliza indiscriminadamente en otros dominios (como el científico por ejemplo), no solo puede inducir a error como en la lógica, sino que además puede inducir a convalidar algo que no tiene en realidad ningún fundamento.

Las disciplinas formales se han visto obligadas a elaborar un lenguaje riguroso (sin ambigüedades) para poder evolucionar y ser así útiles. Pero, las ciencias naturales y aquellas que se desarrollaron en los suburbios de la ciencia tradicional (ciencias de la información, ciencias de la complejidad, ciencias cognitivas, constructivismo radical, etc.) no tienen demasiados escrúpulos a la hora de explotar la ambigüedad del lenguaje natural con el propósito de ‘definir’ algunos términos pretendidamente técnicos que suponen no menos pretendidos conceptos.

El abuso de lo ambiguo obedece en la mayoría de los casos a que solo se conforma, la ciencia en cuestión, con ‘definir’, pero pocas veces con ‘explicar’. Es de esta manera que no solo se abusa de la polisemia, sino de todas las otras ambigüedades que nos provee el lenguaje: homonimia, metonimia, metáfora y hasta el extremo de considerar, porque dos términos se escriben igual, la semejanza o equivalencia en la sinonimia.

En una serie de tres artículos (de los que éste es el primero) trataremos del enorme problema que significa para las ciencias (y no solo por una cuestión de terminología formal) los términos polisémicos.

Tomaremos como muestra tres términos que tienen una gran difusión en la actualidad en distintos campos del quehacer científico: Complejidad, Información y Cibernético.

En esta instancia trataremos el término Complejidad.

Complejo se dice de aquello que está compuesto por varios elementos iguales o diversos y que generalmente es de difícil entendimiento o resolución. Lo anterior como definición, no está mal. Como el mismo Aristóteles lo estableció, definir es tender a un límite sin alcanzarlo jamás. Las matemáticas tienen un nombre específico para esto: función asintótica que no significa otra cosa que uno puede aproximarse infinitamente a la ‘verdad’ de un valor, pero sin alcanzarlo nunca.

Definiciones son las de los diccionarios que constituyen un catálogo de significados; es decir, una lista de las convenciones para designar los distintos aspectos de nuestra realidad cotidiana con una adaptación a cada comunidad (a cada idioma).

Si se pretende encarar una terminología distinta de la utilizada diariamente para referirse a un aspecto específico que necesitemos destacar, no basta con definir. Un glosario no deja de ser una colección de palabras difíciles, para el no iniciado, en el tema específico que se está tratando, o de difícil explicación, a las que se les pretende dar el rango de corpus para camuflar el abismo conceptual que subyace.

Siempre, a no dudarlo, es preferible una ‘pobre explicación’ a una ‘exquisita definición’. Definir es lidiar con el significado (cubrir las apariencias); explicar es tratar con el sentido (investigar la esencia – comprometerse).

Vamos a tratar, entonces, de dar una explicación a lo complejo, aunque sin pretender que sea la única ni la mejor, pero tampoco la más pobre.

Prescindiré de los ‘malos tratos’ de los que ha sido objeto el término y me abocaré a los componentes básicos que considero fundamentales para tratar de explicar en qué consiste la complejidad.

Estos componentes son cuatro: orden, desorden, organización y desorganización.

Se han escrito miles de páginas sobre estos aspectos y hay de todo y para todos. No voy a discutir ningún enfoque en particular; y esto incluye aquellos que los imponen con total displicencia como los que, rigor formal en mano, tratan de imponerlos igual, pero en sentido contrario.

Lo que sí queda claro, por lo menos para mí, que estos términos no son sinónimos por pares y que no constituyen dos maneras inversas de medir la misma cosa. Antes bien, son términos que describen estados concretos que se encuentran en los extremos opuestos de un continuum. Tampoco constituyen per se, lógicas individuales, totipontenciales ni autónomas que pudieran de alguna forma extraña, convertirse en fuerzas promotoras de conductas o comportamientos, en sí mismas.

No hay un funcionamiento individual de cada uno de los elementos mencionados. Juntos (interrelacionados) constituyen un sistema y de esa forma surge una lógica que rige su funcionamiento.

Acabamos de incluir otro término que padece de ‘polisemia aguda’: sistema. Para no caer en lo mismo que estamos condenando, diremos que sistema es aquel conjunto de elementos básicos ligados por un par de funciones (estructuras proyectadas en otras estructuras) que determinan una unión aparente (a través del cambio) de los aspectos que diferencian tales elementos y una separación oculta (cambio profundo) de aquellos aspectos que tienen en común (sustento de una categoría); todo lo cual le da la posibilidad de evolucionar como veremos luego. Es importante distinguir lo anterior de una mera definición (sistema: conjunto de elementos relacionados entre sí con un fin común) ya que se explicita el mecanismo íntimo que sostiene un sistema; se explica cómo está formado y cómo funciona.

Las pautas lógicas que regulan un sistema complejo, según yo lo veo, tienen que ver con la existencia, entre sus elementos, de una triple relación: son opuestos, son complementarios y son concurrentes (se dan simultáneamente). A su vez están distribuidos, por pares, en dos niveles: un nivel superficial que da cuenta de lo evidente, lo organizado, y un nivel profundo que partiendo de la desorganización, promueve la reorganización del sistema y una posterior evolución ‘sustrayendo’ complejidad a su entorno inmediato. El todo se comporta como una oposición de Galois; es decir: una oposición de términos mediada por otra oposición; constituyendo de esta manera, algo similar a un grupo algebraico con autonomía (tanto de producción, como de funcionamiento) pero con una ‘frontera’ que a la vez que lo delimita, le permite el intercambio necesario con el exterior, como para poder evolucionar, complejizándose.

Este ‘par de pares’ se constituye entonces, en una sola lógica producto de otras dos a su vez: una discreta (binaria) que nos muestra la apariencia; y una continua (difusa) que nos muestra la evolución, tanto en el crecimiento por adaptación, como en la génesis de nuevas unidades complejas.

La figura que sigue tal vez logre resumir (desde un punto de vista binario) y de un modo muy simple, esta unidad estructural que a mi parecer, representaría la mínima expresión de complejidad real; la más pequeña evidencia de realidad que podríamos concebir.


[continuará ... ]

¡Nos encontramos mañana!

junio 28, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 259)

Cuaderno XI (páginas 1555 a 1560)

(El 23/7/2008 se publica en Aprend3r la segunda parte de "Ficciones", y es lo que hoy veremos en este capítulo)

Ficciones (Segunda Parte)

En esta segunda parte intentaremos caracterizar una observación semiótica de la realidad, considerando la Semiótica como la lógica del sentido (según ya vimos). El hecho de basarse en la observación como método de análisis es adecuado, ya que de esta forma se evita la ‘presunción imperialista’ (como dice Eco) de suponer que la Semiótica puede explicarlo todo. Todo puede ser tratado semióticamente, que es algo muy distinto.

Para comenzar debemos establecer parámetros concretos, reales y tangibles para poder así procurar una definición (aproximarse al límite aristotélico) de algunos conceptos que por ser tales, carecen (en apariencia ) de realidad. Uno, entre otros, que necesita imperiosamente de un límite es el concepto de infinito (qué paradójico, ¿No?).

Hemos dicho que no hay nada infinito. Esto, a primera vista, es cierto si nos referimos a la apariencia que nos ofrecen los cuerpos materiales; pero, no lo es tanto si pretendemos justificar otras cosas. Entonces nos percatamos que pueden definirse, al menos, tres infinitos: a) Un infinito por suma, que es el concepto de Número; b) Un infinito por división, que es el concepto de Espacio; y c) Un infinito en ambos sentidos, que es el concepto de Tiempo. Luego, tendría sentido presuponer una infinitud corpórea que ha de entenderse como lo contrario a evidente, superficial y discreto. Este es un infinito que se alcanzaría paulatinamente, en forma oculta, en ‘las profundidades’ de la realidad, y, que surgiría explosivamente a la apariencia (se manifestaría como ‘verdad’) en un ir haciéndose; en un alcanzar el límite; en un provocar catástrofes; en un producir bifurcaciones; en una palabra, en un definirse. Esta definición lo es a modo de una perturbación variable (cambio) aunque con cierta estabilidad que en cada instante del tiempo irreversible tiene dimensiones finitas, a pesar de manifestarse por un Número y ocupar un Espacio en un Tiempo determinado, que no lo son.

Habiendo de alguna manera, ‘corporeizado’ el infinito, retomamos la Babel borgeana, en la que, más allá de los múltiples acertijos (de los que haremos caso omiso) hay un fuerte planteo paradojal, dialéctico (en el sentido hegeliano; o mejor heracliteano) y según trataremos de demostrar, real.

Ya desde Einstein quedó claramente establecido (muy a pesar de Newton), que toda simultaneidad es relativa. Esta relatividad tiene que ver con el simple hecho de estar obligados a elegir un sistema de referencia particular (no olvidar que en ciencia trabajamos con convenciones). Borges nos plantea algo distinto al absoluto newtoniano y al relativismo de Einstein; aproximándose a los presocráticos, nos pinta un universo cual pergeño alucinante de un devenir perpetuo de polos opuestos simultáneos que en su cíclico cambio, siempre termina (para comenzar) siendo lo mismo.

Todo esto suena a ilógico, a meros términos ‘sin sentido’, a un ruido de fondo que intenta tapar la evidencia; a un protocolo aventurado que nunca conseguirá ponerse a la altura de las circunstancias formales y por más que de ‘vueltas’, nunca será más que un delirante paralogismo. Si lo vemos con los ojos de la lógica clásica, sí. Si corregimos nuestra miopía con la óptica de una de las tantas lógicas alternativas posibles, no.

Imaginemos solo por un instante, que nos hemos propuesto descifrar la estructura de la realidad (¡Menuda tarea!)

Si hablamos de estructura, hablamos de relaciones; y si hablamos de relaciones, estamos diciendo algo sobre elementos que se relacionan; y si hablamos de elementos, estamos resaltando diferencias y además la simultaneidad en la aprehensión de al menos dos elementos distintos.

La concurrencia de la aprehensión de dos elementos exige, por un lado, que ambos tengan algo en común y por otro, que haya algo que los diferencie. Veamos esto último a través de un ejemplo simple: supongamos que tenemos ante nosotros dos pelotas, y que una de ellas es rayada y la otra lisa. Estos elementos están relacionados de dos maneras en forma simultánea: tienen algo en común que los identifica como pelota (p.e. la forma) y algo que los diferencia como elementos distintos pertenecientes a una categoría determinada, el hecho de ser una rayada, y la otra no.


Tabla I

La tabla I muestra una manera (entre otras) de representar ‘numéricamente’ ambas pelotas (que ya es ‘rozar’ uno de los infinitos). Este método se basa en dejar constancia de las oposiciones que caracterizan los elementos; o sea, de aquello que permite distinguirlos (presencia o ausencia de un atributo dado).

Se puede observar que la cifra que representa cada elemento, tiene dos lugares, entonces, la mitad no ocupada (representada por el 0), se la asignaremos a aquel atributo que hace que los dos elementos pertenezcan a la misma categoría (la forma); es decir, para consignar que ambos son pelotas. Esta simple estructura se puede representar como lo muestra la (figura 1).


Figura 1

Desde el punto de vista lógico podemos ver, en la Figura 1, que ambos elementos guardan una doble relación: i) son opuestos; es decir, uno es la negación del otro (negar 01 es reemplazarlo por su inverso 10, y viceversa), y ii) son complementarios porque uno tiene una característica de la que el otro carece. Pero además este esquema nos muestra otros aspectos relacionales que subyacen a la aprehensión de ambos elementos. Así, por un lado tenemos la conjunción por aquel aspecto o atributo que tienen en común (la forma), y por otro la disyunción por aquel atributo que los diferencia (textura).

La conjunción como operación lógica nos dice que una relación será verdadera (y asumirá un valor 1) cuando ambos elementos de la relación sean verdaderos (evidentes), de lo contrario será falsa (asumirá un valor 0); por eso 01∩10 = 00. En cuanto a la disyunción nos dice que será falsa (0) únicamente cuando ambos elementos disyuntivos sean falsos, de lo contrario será verdadera (1); entonces 0110 = 11.

De acuerdo a lo anterior estamos autorizados para decir, según la lógica de clases, que 11 representa la unión de aquellos aspectos que distinguen un elemento de otro, y que 00 representa la separación (intersección) de aquel aspecto que los reúne (categoría). Es importante notar además, que 11 y 00 guardan entre sí la misma doble relación de oposición y complementariedad. Por tanto, y siguiendo en la lógica de clases, podemos afirmar que en este pequeño universo que hemos caracterizado, hay dos clases o conjuntos: la de los elementos (con su ámbito (01) y su complemento (10)), y la del cambio o transformación (con su ámbito (11) y su complemento (00)) que surge cuando dos objetos se relacionan entre sí.

Cuando analizamos otras oposiciones relacionadas con los mismos objetos, descubrimos algo interesante. Por ejemplo, pelota grande vs. pelota pequeña. Esta última oposición ya no es binaria (no tiene solo dos términos: el elemento y su opuesto), sino que al menos, admite un término intermedio como lo es pelota mediana. En realidad este tipo de atributos, acepta infinitos valores entre sus extremos. De esta manera, si pretendemos ‘describir’ lo que ocurre en la realidad de este nuestro limitado universo, debemos poder caracterizar todas las posibilidades. Una forma de hacerlo es ampliar el esquema anterior, profundizando en su estructura y mostrar así, que en definitiva, todo se restringe a un interjuego entre el ‘ser’ y el ‘parecer’. El ‘parecer’, aquello que se ofrece en directo a la aprehensión y que tildaremos de ‘superficial’, es de tipo binario o discreto; se pasa de un extremo al otro de la comparación sin valores intermedios, siendo así un atributo absoluto y evidente. El ‘ser’ en cambio, es aquello que ‘no se ve’, que permanece oculto y por lo que lo llamamos profundo y admite infinitos valores intermedios entre sus extremos; esta última característica lo convierte en un atributo continuo o analógico y relativo pues resulta su valoración, de una comparación (de un marco de referencia).

Hipotéticamente y de una forma genérica, se puede utilizar como base de la observación semiótica la relación sujeto/objeto. Aquí sujeto (S) es considerado como la ‘fuente’ del cambio y el objeto (O) como el ‘destino’ de ese cambio, y ambos están relacionados precisamente por tal cambio que queda expresado por una operación de disyunción (cambio aparente = V) en la superficie y por una operación de conjunción (cambio oculto = ⊽) en lo profundo. (figura 2)


Figura 2

Los vértices del ‘cuadrado’ propuesto (figura 2) representan lo que llamamos: nichos o lugares ontológicos, que serán ocupados por elementos de sentido (contenidos) concretos (el segundo infinito); contenidos que, en la elaboración de la dinámica, no son tenidos en cuenta.

Si a 0110 (clase de los elementos) la negamos, obtenemos su opuesto: 1001. Sus constituyentes no desaparecen, solo cambian de lugar. Si volvemos a negar, obtenemos (según la lógica clásica) la estructura inicial. Se establece así, una dinámica cíclica que podría caracterizarse como la tendencia de ir hacia el objeto (10) a través del sujeto (01). Esta dinámica se puede asimilar a una función (una estructura proyectada en otra estructura) que llamaremos: organización y que representa una transformación o cambio evidente y no significa otra cosa que la disyunción entre ambos polos de la relación (11 = V). Ahora, si negamos 01(S), no desaparece pasando a 10(O), sino que ‘pasa’ a 11(V); y si esta última se niega, ‘pasa’ a 10(O). Luego, 11(V) se transforma en una clase mediadora entre los polos opuestos y cambia entonces, el concepto de negación. Es como si se negara los continentes o nichos y no el contenido, y de esta forma, hay un ‘desplazamiento conservador’ ( Hegel) de un extremo a otro obtenido por la ‘negación de la negación (Hegel). Alcanzado 10(O); si se vuelve a negar, se obtiene 00(⊽), lo cual significa otra transformación o cambio (en este caso oculto) que representa ahora, la conjunción de los extremos la que llamaremos desorganización. Si negásemos 00(⊽) llegaríamos a 01(S), completándose un ciclo reflexivo (Hegel). En realidad, son dos ciclos completos ‘ensamblados’ que ‘giran’ en sentido opuesto (el tercer infinito) (figura 3).


Figura 3

El ensamble definido recibe como nombre PAU (Patrón Autónomo Universal) y es considerado aquí, como la unidad de complejidad real. Queda constituido un verdadero sistema como manifestación concreta de la mínima expresión de realidad que se pueda concebir. Su complejidad reside en que las dos ‘triadas’ que lo componen: SVO y O⊽S, están ligadas por una triple relación: i) son opuestas, O⊽S (100001) es la negación de SVO (011110); ii) son complementarias, cada una tiene, a su vez, una característica de la que la otra carece y viceversa ; y iii) son simultáneas o concurrentes, se producen al mismo tiempo. Por otro lado, son complementarias bajo dos aspectos: a) en el ya mencionado, y b) en el que surge dado su ‘sentido de giro’.

Finalmente podemos decir que a este sistema lo animan dos lógicas: una superficial y binaria, ya que ‘gira a saltos’; por ‘pares’ de elementos y que se encarga de que el sistema, en su apariencia, ‘encaje’ en la lógica formal; y una profunda y continua, con infinitos valores intermedios entre 1 y 0, a la cual le llamamos difusa o borrosa. Todo el sistema a su vez, está regido por una única lógica polivalente (tetravalente, cuyos valores de verdad no son 1 y 0 como en la lógica binaria, sino 00, 01, 10 y 11), que da la posibilidad de representar el devenir de los hechos o procesos reales (en cualquier nivel que se considere la realidad), razón por la cual la llamaremos Lógica Transcursiva o del transcurrir.

La Lógica Transcursiva, por el hecho de servir para representar integralmente la realidad, de acuerdo a lo aquí propuesto, también es apta para representar cualquier manifestación psíquica, biológica y lingüístico-social que se supone representan distintos aspectos de un universo determinado (sea éste concreto o virtual).

Borges, desde su sapiencia nos muestra, que lo finito (discreto y aparente) y lo infinito (continuo y oculto) pueden coexistir, aunque la lógica tradicional (convencional) no lo admita, y que la apariencia (esa gran ‘mentirosa’) regodeándose en sus límites, deja escapar algunas ‘pistas’ como las del espejo (algo de lo que ‘pocos’ se percataron), que sirven para mantener la esperanza de una infinitud que en apariencia nunca alcanzaremos.

La realidad borgeana es la de su biblioteca, la de su universo; la de ‘nuestro’ universo y por ende, la de nuestra vida; esa realidad que nunca será atrapada en un algoritmo por complejo que éste sea, ni se dejará encasillar en axiomas por más ‘lógicos’ que parezcan.

A través de la semiosis, concebida como una acción reorganizadora de un sistema lógico, hemos visto que es posible, como también nos lo mostró Borges, abordar la realidad, allende de la lógica tradicional, por alternativas que le pueden asignar así mismo, un sentido.

¡Nos vemos mañana!

junio 27, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 258)

Cuaderno XI (páginas 1549 a 1554)

(Hoy exponemos una nueva entrada publicada en Aprend3r el 14/7/2008, y que tiene que ver con uno de los libros más 'inteligentes' que se hayan escrito jamás, me refiero a "Ficciones" que Jorge Luis Borges publicara en 1941)

Ficciones (Primera Parte)

¡No! No estoy pergeñando plagiar a Borges, ni tampoco embarcado en un insoluble análisis literario. El motivo de invocar este título es plantearme si las siete historias narradas en su libro ("Ficciones" de 1941) son ficciones absolutas.



El maestro del género fantástico (o neofantástico como lo llaman algunos), nos lleva de su mano por los caminos desconocidos, aunque no por eso menos obvios, de una realidad que nos lastima con su filosa ambigüedad. Un planteo directo que simula extrañeza; una franqueza atrevida que nos arropa y nos mima; una verdad obstinada que nos enfrenta al eterno fantasma de la posibilidad; en fin, una apariencia que deja de ser tal cuando nos muestra sin tapujos que la realidad lo dijo primero.

Como lo anuncié, no es este un análisis literario sino un abordaje semiótico de una de las siete piezas aquí reunidas. El enfoque semiótico no se refiere a un análisis narrativo (una y mil veces hecho) sino desde la perspectiva de una semiótica que aborda la lógica del sentido.

La pieza elegida es ‘La Biblioteca de Babel’ (aunque casi podría haber sido cualquiera de las otras) en donde, con maestría, nos pinta una realidad que poco tiene de ficción y mucho de fascinación.



Borges plantea un desafío que va más allá de probables mensajes crípticos y lo hace proponiéndonos investigar la verdad y la falsedad; o para ser menos tajantes pero más profundos, la apariencia y la esencia de nuestro universo (biblioteca) que en definitiva es nuestra realidad. El trasfondo de todo el planteo es una búsqueda del sentido pues, éste sin dudas, debe preceder a la verdad o falsedad de algo y sería poco feliz intentar una inversión de esta secuencia puesto que ninguna decisión vital podemos tomar basados en una regla, porque cada decisión es prefigurada para concordar con tal regla; por tanto, si todo puede ser prefigurado para que concuerde con una regla (con una convención), también lo puede ser para que entre en conflicto con ella; de tal forma no existe tal acuerdo (verdad) ni tal conflicto (falsedad).

La lógica del sentido es, entonces, la herramienta idónea para escrutar, en forma directa, nuestra realidad. Para poder utilizarla tenemos que estar dispuestos a abandonar las convenciones y sin pruritos tautológicos, enfrentar la descarnada realidad tal cual se presenta. Como nos la presenta Borges en cada pasaje, por mínimo que sea, de sus medulares escritos.

Muchísimos han sido los intentos de ‘descifrar’ el contenido de esta singular historia (nuestra historia). Estos intentos han surgido con distintas tendencias y han esgrimido variados argumentos desde los matemáticos hasta los cabalísticos (recordar la afición de Borges por este tema). No vamos a pasar revista a todos ellos porque no haríamos ningún aporte diferenciador, sino que vamos a tomar un análisis lógico tradicional de los puntos clave para poderlo contrastar con nuestra propuesta.

Hay variados y muy buenos análisis lógicos de la Biblioteca; tomaremos como referencia uno aparecido en la versión electrónica de la revista NEXOS en el Nro. 356 de Agosto de 2007 y cuyo autor es Salomón Derreza. En este artículo, según lo manifiesta el autor, se intenta ‘solucionar la paradoja de Babel’. La forma en que lo intenta (con un éxito convencional) es mediante la lógica a la que tilda de poco ‘imaginativa’ y omnisciente pero que justifica por presuponer que la Biblioteca de Babel estaría construida de matemáticas y ciencia (¡o sea de convenciones!).

Como Borges, muy hábilmente, plantea un par de axiomas (que probablemente constituyan solo un homenaje a Descartes), da pie para que se intente aplicar las reglas de la lógica formal. Reiteradamente (y hasta frenéticamente diría yo) Borges indica que la Biblioteca es finita e infinita al mismo tiempo. La Biblioteca es la metáfora que usa para referirse al universo (lo dice explícitamente) y entonces queda planteado el dilema ‘aparente’ de si el universo es finito o infinito, o mejor, ambas cosas; y la supuesta paradoja es ¿cómo postula una biblioteca infinita, construida sobre axiomas que solo le permiten ser finita?

Lejos de estar infectada la Biblioteca, por algún germen de la inconsistencia, goza de ‘eterna’ salud y el planteo jamás puede tildarse de poco inteligente, en exceso imaginativo y mucho menos carente de imaginación. Sí es carente absolutamente de esto último, el presuntuoso análisis lógico tradicional que pretende dar una supuesta e ingenua solución en donde no existe un problema.

Veamos sucintamente en qué se basa el análisis tradicional. Que la Biblioteca es finita lo prueban los dos axiomas: a) El de la permutabilidad limitada: el número de símbolos es 25 y por tanto hay una cantidad grande pero limitada de libros; y b) El de la irrepetibilidad: no hay en la Biblioteca dos libros idénticos.

Que la Biblioteca es modestamente infinita lo sugieren “solo las afirmaciones e insinuaciones, meros actos de fe, sin prueba alguna”, según reza el autor del análisis lógico.

Para un remate con grandes luminarias se analiza el párrafo final del relato: “Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repito, sería un orden: el ORDEN). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza”; y se sentencia el derrumbe de la fastuosa construcción no teniendo piedad ni siquiera por el hecho de representar una metáfora (que no es comprendida) adornada por un par de axiomas que los incluye solo por diversión. Para terminar, reproduzco textualmente las conclusiones a las que arriba este modesto análisis, antes de proponer su ingenua solución: “Así, en una misma página atroz, Borges clausura toda esperanza de rescatar la consistencia de la Biblioteca y prefigura, de una sádica vez, las dos formas de aniquilamiento que le están deparadas: ‘Si es limitada – parece decirnos -, no es repetible, pues por fuerza, tendría que admitir la existencia de al menos un libro infinito’. De forma brutal {el destacado es mío} nos revela que los axiomas sobre los que se levanta su formidable constructo son mutuamente excluyentes, y, en un corolario terrible nos maldice {el destacado es mío}: Jamás lograrán crear una biblioteca infinita que se sostenga sobre sus propios axiomas – ¡Jamás!” Esta ‘incuestionable’ conclusión tuvo lugar por no respetar ni comprender, la solución propuesta por Borges, que es ‘la solución’.

Nadie puede crear una biblioteca infinita, ni nada infinito; y si se pudiera (cosa que ni la lógica formal puede a pesar de Cantor) no habría como corroborarlo pues el observador que lo está proponiendo está ‘infectado’ de finitud. Esta última aseveración demuestra de la misma forma brutal que el análisis formal es inconsistente consigo mismo; dicho con palabras más simples: el sistema formal es convencional; es una regla prefijada que se lleva muy mal aun con la realidad más burda.

La lógica tradicional no puede explicar nada de la auténtica realidad; solo predice, aventura y esquematiza un universo teórico, perfecto y estéril. Lo que Borges nos dice a gritos en esas escasas páginas es que, precisamente, la lógica convencional no es la solución, sino que pasa por una lógica que excede el ‘binarismo oficial’.

Los grandes misterios de nuestra realidad jamás serán explicados (y eso es lo que se nos muestra en este texto borgeano) por axiomas porque, para colmo de males, éstos son leyes que son aceptadas sin demostración (por decreto), violando así la regla de oro de todo aparato formal. Es como querer cazar un elefante con una pinza de depilar, mirándolo a través de un binocular colocado al revés: axiomáticamente esto es posible; realmente ¡NO!

[continuará …]

¡Nos encontramos mañana!

junio 26, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 257)

Cuaderno XI (páginas 1543 a 1548)

(En este capítulo veremos dos entradas más de Aprend3r, en este plan de difusión de mis ideas, publicadas el 29/6/2008 y el 7/7/2008, respectivamente)

Del Discurso de la Normalidad al Discurso de la Complejidad

Las reglas canónicas de nuestro discurso, por estar basadas en la nominación y en la identificación, imponen una rigidez palmaria al significado que le damos al mundo, cuando nos comunicamos en el día a día. Para poner en evidencia de que esto es así, basta y sobra con que reflexionemos brevemente en cómo “construimos” ese mundo en nuestro discurso. Nombramos los seres y las cosas para, clasificándolos, establecer sus relaciones y así ordenar lo que percibimos, pensamos y decimos. Esto y muy poco más es lo que nos deja hacer la ortodoxia lógica, fundamentalmente en nuestras lenguas indo-europeas llevadas hasta el hartazgo, durante el medioevo, por los caminos de la identidad escolástica, de la pecaminosa contradicción, y del siniestro tertium non datur (‘una tercera (cosa) no se da’) que supo de la normalización por Leibniz. (recordar que las lenguas indo-europeas incluyen 150 idiomas hablados por casi la mitad de la población mundial).

Es verdad que este ‘binarismo’ radical ha dado sus frutos y la confianza despertada en sus usuarios, le ha permitido gozar hasta hoy, de muy buena salud. Pero el costo de este ‘beneficio’ se me antoja en extremo oneroso, al tener que lidiar con una univocidad y homogeinización inextricables.

La falsa transparencia de los significados impuestos por el uso, no pueden evitar ‘colorear’ la realidad y de esta manera nos hemos ido alejando paulatinamente de lo complejo del mundo, por identificarlo con lo indiferente de lo unívoco, la ignorancia contradictoria y el desconocimiento de la mediación. En otras palabras, nos hemos alejado, y mucho, de lo ‘vivo’ de la realidad.

Nuestro discurso no ‘sabe’ nada sobre la complejidad del mundo, y nos dice prácticamente poco sobre él. Que todo ‘sea o no sea’ no puede ser una explicación coherente de por ejemplo: por qué la vida genera más vida, y por qué esa nueva vida, sin proponérselo, comienza su ‘decir’. Es evidente que todo es mucho más complejo que un simple dilema shakesperiano.

Hay quienes aventuran algunos indicios en el mero lenguaje discursivo que, transgrediendo las normas expresivas, ponen en evidencia una capacidad lingüística potencial para mostrar la verdadera realidad o por lo menos una mejor aproximación a ella. Me refiero al uso de antónimos o de paradojas que al ser sublimados, entre otros por el oxímoron, permiten expresar las más extravagantes antinomias mundanas.

Sinceramente creo que un oxímoron ‘no hace verano’. Es un hábil maquillaje de la retórica para que una expresión aparezca como una supuesta transgresión pero en el fondo nada cambia. Hasta los grandes escritores lo anuncian antes de usarlo (en el "Aleph" de Borges, por ejemplo: “Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis”).

La complejidad del mundo o de la realidad, si se prefiere, se sustenta no en un mero ‘decir’ sobre antinomias, sino sobre contrariedades concretas, oposiciones genésicas y complementariedades concurrentes. Lo normativo no alcanza ya que solo es una solución de compromiso.

Todo esto es para decir que el lenguaje no refleja la realidad; que más bien, cual impostura, acomoda lo real para ocultar el terrible fantasma de la ambigüedad. No refleja la realidad por lo menos como trata de mostrar que lo hace, sino de otra manera.

Los griegos (presocráticos) hacían uso de una lengua en la que se daba lugar para expresar las polaridades; la irremediable presencia de opuestos, cual unidad compleja real. La ‘purificación’ sufrida después de Aristóteles y más aun, la latinización del medioevo, lograron ‘borrar’ esta capacidad ‘innata’ de nuestro lenguaje y por tanto del discurso que en él se sustenta. Hay lenguas modernas como el Alemán en que se siguen manteniendo resabios de tales portentos (como ejemplo el término Aufheben que popularizara y especificara Hegel para expresar simultáneamente la negación y la preservación de la verdad interna de algo).

¿Si lo que acabamos de afirmar es cierto, quiere decir que nuestro lenguaje no tiene (salvo excepciones) relación con lo que pretende expresar y por lo tanto no deja de ser solo una caprichosa convención?

¡No! Lo que quiere decir es que, cuando tratamos de especificar cómo surgió el lenguaje y cómo es que expresa lo que expresa, nos apañamos en esta ‘deformación’ de su matriz original y perdemos la plasticidad de ver la realidad en perspectiva. Por supuesto que nuestro lenguaje expresa la realidad, pero no tal cual es, sino ‘acomodada’ en una convención. La convención sirve para expresar el mundo que cada uno se ‘construye’ y que, por una cuestión de convivencia, adquiere rasgos similares en una determinada comunidad. La cultura (el cultivo de la mente a través de la razón) tiene que ver con esta parcelación de nuestro fundamental medio expresivo. En este sentido, nuestro lenguaje en uso tiene un origen social y se fue adaptando a nuestra historia.

La estructura verbo – nombre de nuestras lenguas induce a tener en cuenta solo uno de estos términos a la hora de significar la relación que cada una de ellas tiene con el mundo, producto de lo estático de la sustantivación en los nombres; o dicho de otro modo, de la férrea adherencia a las categorías de la identidad aristotélica. La realidad es mucho más compleja que esto. La realidad es dinámica; es devenir, fluir, alternar y cambiar. Obviamente, nuestro lenguaje (y por ende nuestro discurso) desde esta óptica, carece de las herramientas necesarias para reflejar la realidad. Sin embargo la refleja y lo suficientemente bien como para que nos podamos entender, por lo menos en nuestras comunidades (¡aunque a veces no tan bien!). Entonces, ¿dónde está la ‘falla’ de nuestro lenguaje? En ninguna parte. Nuestro lenguaje no tiene fallas. Los que fallamos en todo caso, somos nosotros al apresurarnos en valorar de una manera simplista (‘científica’), la relación uno a uno de una combinatoria de términos y los hechos que suceden a nuestro rededor.

Los hechos o dicho de otra forma, las relaciones dinámicas mantenidas entre los distintos ‘actores’ reales (la cruda realidad) son tamizados por nuestros sentidos con el fin de aprehenderlos y luego reelaborados por nuestra psiquis en nuestros pensamientos. Este mecanismo tiene un doble fin; por un lado, nos ayuda a encontrarle ‘sentido’ al mundo que nos rodea y al hecho de nuestra existencia en ese mundo; y por otro lado, nos permite elaborar una manera de comunicarlo (hacer saber lo que sabemos) con el objeto de aquilatar nuestra experiencia en función de la experiencia de los demás, porque es la única forma que disponemos para ‘conocer’ ese mundo en donde vivimos y al cual tenemos que enfrentar en su afán de aquietar todo lo que se mueve y evoluciona.

En posesión de nuestro ‘esquema’ del mundo y llegada la hora de ‘expresarlo’, tenemos que ‘inventar’ una manera de llevar a cabo esta tarea. Esta ‘invención’ es nuestro lenguaje que, mediante hábiles convenciones, permite ‘reconstruir’ un mundo tal como se nos presenta y ubicarnos en consecuencia, para que el otro, con el cual dialogo, le encuentre significado a su propia reconstrucción del mundo en donde vive y así complementarnos y pertrecharnos en contra del equilibrio mortal.

Como podemos ver, hemos utilizado dos términos distintos para, según el uso común, expresar una misma cosa: sentido y significado. ¡Aquí está la cuestión! No son la misma cosa. Sentido es cómo comprendemos la realidad; la esencia de la realidad. Un aspecto netamente individual para el que no existe lenguaje en el mundo que pueda expresarlo cabalmente. Significado en cambio es la sublimación del sentido y como tal, la transformación de lo que surge de nuestros instintos o sentimientos primarios, en una actividad moral, intelectual y socialmente aceptada.

Visto nuestro lenguaje desde la superficialidad del significado es razonable que tenga, en apariencia, poco que ver con la realidad que le dio origen; surgiendo así, el discurso de la ‘normalidad’.

Este discurso de la ‘normalidad’ debe ser trocado por el discurso de la ‘complejidad’; es decir, la consideración complementaria sentido/significado, si se quiere alguna vez, comprender nuestro más preciado logro evolutivo.

El Valor de lo Simbólico

Símbolo: un término polisémico que atraviesa vertical y horizontalmente la cultura humana de la mano con distintos aspectos del quehacer intelectual e impulsor de comportamientos a veces, no tan racionales. Desde los jeroglíficos egipcios hasta la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev; desde el pez de bronce de los primeros cristianos hasta nuestra bandera, el símbolo abarca se podría decir, sin temor a equivocarnos demasiado, toda la gama de manifestaciones que nos ‘hace humanos’.

No obstante la enorme variedad de matices que se puedan albergar bajo el alero de un símbolo, todos tienen algo en común. Todos buscan escapar de las borrascosas aguas del olvido; de la lluvia implacable del tiempo que todo lo borra; pero, en cualquier caso, todos también ‘representan’; representan pensamientos, altibajos morales, convenciones sociales, progresos, dogmatismos, creencias, soberbia intelectual, estrechez y necesidad, sabiduría y barbarie.

De todos los aspectos naturales mencionados y de los muchos que se escapan, tomaremos el único que los reúne a todos: la representación.

Se tiene la tendencia de pensar en una imagen que refleje alguna realidad cuando uno invoca el término representación y por ende el concepto de símbolo. Esta tendencia no tiene asidero y trataremos de fundamentarlo.

La palabra símbolo, en su acepción griega, deriva de un vocablo que significa juntar, unir o encontrar algo que permita un reconocimiento. Esta sucinta definición abre un pequeño resquicio por donde penetrar al corazón simbólico.

Admitir que un símbolo es solo lo que representa una realidad otra de la que estamos experimentando, es admitir ingenuamente que una imagen representada va más allá de los elementos que la constituyen, tomándola por ‘real’ por el único hecho de ‘parecerse’ a lo que intenta representar.

Esta adherencia a lo visual de la representación hace que no podamos ‘ver’ paradójicamente, lo que está más allá de la mera apariencia, y no pasa de ser una metáfora del espejo que se transforma en espejismo cuando nos acercamos a ella. Los símbolos son naturales en el hombre y no es algo que se ofrece desde fuera para que, en su aprehender, ‘registre’ una convención. El símbolo es parte de la unidad psíquica humana; es lo funcional complementario de lo que es aportado por los mismos datos sensoriales, sean estos provenientes del entorno o desde nuestra biología, y que constituyen la estructura de la psiquis. En el aparato psíquico en el cual se fundamenta el conocimiento humano es donde lo simbólico cumple una función puesta al servicio de comprender el mundo que nos rodea, dándonos una enorme capacidad que excede y en mucho, nuestra sensibilidad o nuestra memoria. Esta capacidad simbólica que nos caracteriza como humanos se inicia con el pensamiento y se proyecta en nuestro lenguaje, permitiéndonos así dar tratamiento a todas las cosas y a todos los problemas que nos son inherentes, ya sean estos de índole místico, abstracto o práctico.
Este método de adaptación es patrimonio exclusivo del hombre y le da la posibilidad, no ya de valorar cuantitativamente una simple reacción como lo hace cualquier animal que responde a un signo cualquiera según un significado asociado sino, contemplar aspectos cualitativos que le dan una nueva dimensión a la realidad vivida. Las realidades inmediatas se transforman en ‘semióticamente reales’; las sensaciones se transforman en manifestaciones de sentido. Se distancian así, gracias al símbolo, las reacciones orgánicas propias de la animalidad de las respuestas puramente humanas.

Tal cual lo aseveró Cassirer, el hombre es un animal simbólico más que racional. Lo racional, que también es un patrimonio humano, no abarca la integridad real ya que solo se restringe a lo abstracto (terreno cultivado por la Lógica, la Filosofía, las Matemáticas y la Lingüística, entre otras).

Retomando entonces la tendencia de asociar representación con una imagen podemos ver que, cuando esto ocurre, se debe a que somos arrastrados por la apariencia empobrecida de una relación heterónoma con un referente externo, sea éste, algo concreto o alguna idea. Muy distinto sería si en vez de esta asociación nimia, intentamos la aprehensión de una ‘forma’ que diera cabida a un futuro contenido del pensamiento.

¿Qué diferencia hay entre una imagen y una forma? En apariencia, ninguna. Pero si analizamos su constitución, veremos que difieren y en gran medida. Remarcaremos un solo detalle distintivo pero que es suficiente para poner en relieve esa flagrante diferencia. La imagen es estática. La forma no. La dinámica de la forma se expresa a través de las relaciones que plantea su geometría. Una topología estructurante y estructurada que da origen, en su espacio, a una función (proyectando una estructura en otra) que se encuentra a modo de unidad compleja en el símbolo; con una vertiente continua (la función) que estaría representada en la psiquis por el pensamiento y expresada en el lenguaje natural (en nuestras lenguas indo-europeas) por los tiempos de verbo; y una vertiente discreta que estaría representada por el lenguaje natural y expresada en su sintaxis.

Solo el aspecto dinámico del símbolo (el pensamiento) tiene sentido, porque representa cabalmente un prototipo lógico; en el contexto del aspecto estático (el lenguaje natural), un nombre (el contenido convencional de un símbolo lingüístico), tiene significado. Su uso no muestra la relación esencial que hay entre los sistemas reales que le dan origen. Su comunicación se hace de la única manera posible: a través de la expresión.

Consideramos así al símbolo como una función de la estructura que lo contiene (en su vertiente interna) y como estructura funcionarizada (la expresión) en su vertiente externa

El símbolo, como función, tiene como argumento a un signo; en otras palabras, el pensamiento es función de una idea y quien porta el sentido. Esta función, en las lenguas indo-europeas por ejemplo, está representada por los tiempos de verbo (en su aspecto temporal interno).

Un símbolo dinámico (interno: la vertiente continua) representa una función estructurada (la que expresa el proceso mismo de simbolización); en contrapartida, un símbolo estático (su mitad externa, discreta) representa una estructura funcionarizada (ver figura).



Al pasar la función, en el lenguaje natural, a ser su propio argumento, deja de expresar la esencia del evento representado en el pensamiento. Por tanto la estructura al pasar a ser función, deja de expresar la estructura psíquica y por lo tanto, también la real .

Esta inversión ‘paradojal’ torna dificultoso el captar la ‘lógica’ que estructura el lenguaje natural y por ende, el pensamiento, desde donde suponemos, emana. Por esta razón el lenguaje natural nos dice poco o nada de sí mismo y menos quizás, de lo que lo originó. El ojo no puede ‘verse’ a sí mismo. Puede describir lo que ve, pero no puede ‘verse’ viendo.

Una función no debe ser su propio argumento. Esto va en contra de la lógica.

Esta aparente falla lógica se subsana arbitrariamente por medio del significado. Asignando convencionalmente (ad placitum) argumentos a una función que no es tal. Usando una función continua (como por ejemplo, los tiempos de verbo) como argumento de una estructura (sintaxis). Es por eso que el lenguaje natural (simbólico) es ambiguo. Esto explicaría de alguna manera la polisemia. Es el mismo fenómeno que se daría al describir matemáticamente un acontecimiento continuo (real), en donde no hay otra opción que ‘linealizarlo’; describirlo en infinitésimos pasos; o sea, en definitiva: discretizarlo.

Desde la óptica de la lógica aristotélica el lenguaje natural es un discretizador de la realidad.

“El lenguaje disfraza el pensamiento” dice Wittgenstein. Nosotros podemos decir: “No se piensa con palabras, se habla con pensamientos”. No obstante, el lenguaje natural no hace evidente al pensamiento. El significado nada dice del sentido. Para comprender el lenguaje natural hay que cambiar el punto de vista lógico. El secreto está en lo estructural. Hay una homología entre la realidad representada y el representante, lo cual se equipara relacionalmente en el origen y en el orden, pero también en la función.

El aparente aspecto ‘desmadejado’ del lenguaje natural impide darse cuenta que su lógica puede ser un ensamble entre lo continuo (profundo) y lo discreto (superficial); en donde, esto último es lo que se muestra directamente. El otro aspecto queda ‘oculto’ a los ‘ojos’ de la lógica aristotélica.

El símbolo es la ‘figura’ de lo real. Un modelo que queda ‘estampado’ a fuego en nuestra psiquis, que se origina en nuestra contienda con la vida y que se expresa a través del lenguaje. El símbolo es el ‘hilo de Ariadna’ que liga los aspectos psico-bio-socio-culturales de la realidad y se constituye en unidad en el encuentro complejo (opuesto-complementario-concurrente) de dos mitades que se reconocen.

¡Nos encontramos mañana!

junio 25, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 256)

Cuaderno XI (páginas 1537 a 1542)

(En el capítulo de hoy retomamos el trabajo de Merrell "Signs Grow: Semiosis and Life Processes")

p#22  Dice que - el universo mecánico clásico es incapaz de describir el mecanismo no-clásico de las estructuras disipativas. Este último requiere un 'proceso descriptivo', {yo diría que un poco más, un proceso explicativo} un lenguaje de cambio continuo, de perpetua mutabilidad - una especie de 'danza de shiva' [La danza cósmica de Shiva Nataraja (según la tradición hindú) es tanto símbolo como realidad. Es el movimiento de la creación, la preservación y la disolución, la tríada, que tomada junta, es el impulso sin fin de Dios, que tiene lugar dentro de cada uno de nosotros y dentro de cada átomo del universo] de los signos, en un mundo de elusivos y fugitivos interpretantes. {¡Linda metáfora! - La danza de Shiva describe, bastante bien, la dinámica de mi PAU} Por tanto, la evolución de las estructuras disipativas requiere el uso de dos lenguajes complementarios: uno microscópico (estocástico) {continuo, cíclico, profundo y oculto; no microscópico}, y otro macroscópico, determinístico, pero impredecible. [¿? Un sistema determinístico es aquel en el cual todo lo que ocurre está determinado por una cadena causal y el estado futuro del sistema y los productos están claramente definidos; por lo tanto, por definición es predecible] {para nosotros es discreto, lineal, superficial o evidente} {En resumen y tal cual ya lo establecí, la realidad subjetiva requiere dos 'lógicas' (que pueden llamarse lenguajes): una discreta (binaria) y superficial, y otra continua (difusa) y profunda} Como dijo Prigogine {¿dónde?} "El universo es demasiado 'rico' como para ser expresado en un solo lenguaje".

Peirce consideraba que los signos pueden desarrollarse, desde una relativa simplicidad (en el extremo icónico), hasta una relativa complejidad (en el extremo simbólico); así, los signos pueden generar cualquier número de combinaciones, de acuerdo a lo que él llamó: 'valencia'; esto es, relaciones entre los componentes que van de 1 a 3. El conector entre elementos se puede clasificar de: única, doble o triple unión, el equivalente a la valencia química.

De lo anterior surge un aporte propio: nuestro sistema de valencias (copiado de Peirce, obviamente), que es superior al presentado por Merrell, porque contempla una valencia '0', que actúa como 'fuerza' de ligamiento entre los elementos. Su valor es '0', porque en ella se reúnen los complementarios. [lo anterior requiere una aclaración. El valor 0 de la valencia surge porque, a ese nivel (el profundo), los complementarios no se 'suman' como en el nivel superficial (en la apariencia), lo cual siempre da 1, sino que se 'restan'; vale decir: 001≣ 110 = 000; 010 ≣ 101 = 000; 100 ≣ 011 = 000; 000 en binario = 0 en decimal]. La figura que sigue muestra cómo evoluciona un PAU, hasta llegar a ser 'funcionante' (simbólico), y cómo 'se ve', esto, en la realidad.





[La figura anterior nos muestra la ‘intimidad funcional’ de un Patrón Autónomo Universal (PAU) y de cómo, evolutivamente, se llega a ella. A diferencia del planteo de Peirce, aquí hemos incluido una categoría más, aquella cuya valencia es ‘0’, pero que, lejos de ser neutra es polivalente. Su valor se justifica, por un lado,porque ‘no se ve’, es decir, no se hace evidente a la apariencia, pero es la ‘fuerza’ que mantiene unidos a todos los demás elementos y por otro lado, que desde el punto de vista lógico, es el ‘lugar de intersección’ de los complementarios, como ya dijimos.

Aquí ⊽ (el núcleo del aspecto profundo) actúa como polivalente, tal como ocurre en la química biológica, por ejemplo, con el átomo de Carbono asimétrico, que como ya dijimos, es el que está unido a cuatro elementos distintos, uno por cada valencia y que comúnmente se encuentran en los hidratos de carbono. La presencia de uno o varios átomos de carbono asimétrico en un compuesto químico permite la isomería óptica. Cada una de las dos estructuras diferentes que pueden formarse tienen los mismos átomos y los mismos enlaces pero no pueden superponerse una sobre otra, tal como ocurre con las dos manos de una persona. Se llaman enantiómeros y se diferencian en la dirección en la que desvían la luz polarizada por lo que son formas ópticamente activas. Se registran formas dextrógiras y levógiras, lo que constituye una de las bases de la vida.

Cualesquiera que sean los cambios a los que sea sometida la unidad lógica operativa (PAU), la misma fuerza (⊽) sigue en acción permanente y promueve un cambio ‘reactivo’ oculto que permite, con el tiempo, reorganizar los elementos que liga mediante su polivalencia equilibrada en apariencia, pero que en realidad sostiene una dinámica compleja y explica cómo, elementos tan disímiles (de variadas valencias) pueden formar un sistema estable. Tal como lo sugiere la figura, cada una de las etapas planteadas pueden, de alguna manera, representar las tres categorías Peirceanas, pero como también es evidente, hay una disparidad entre categoría y valencia con lo cual queda clara la no adhesión incondicional al sistema de Peirce]

En la realidad aparente, nuestra unidad estructural (PAU) 'se ve' como lo muestra la figura adjunta.

Así, de esta manera, se cumple con la ley de la 'neutralidad de las fuerzas' (también vigente en la química orgánica), en donde, el nivel profundo (0) que no se ve, hace sentir su fuerza al desplegar, de una forma no evidente, las respectivas fuerzas complementarias (antagónicas), que permiten mantener ligado a todo el sistema, y que como vimos anteriormente, no tiene ninguna manifestación externa, como no sea el hecho que le permita, a este sistema, evolucionar en el tiempo, de una manera que 'aparenta' ser casi mágica. {¡Esto es, sencillamente, genial!}


p#45  La generación {de un signo} supone la secuencia R(representamen) → O (objeto) → I (interpretante) {nuestro VOS, el PAU elegido no interesa}; mientras que la degeneración se da en sentido inverso: I → O → R, {nuestro VSO. Aquí se plantea VSO, porque no se 'imaginó' lo profundo, es decir, contempla solo el sentido de giro, y no lo complementario de los elementos. En pocas palabras, se quedó a la mitad} en las dos modalidades: lineal y no lineal.

La figura adjunta muestra lo anterior, traducido a 'nuestro idioma', y en donde, además, se propone, no solo la generación (superficial) y la degeneración (profunda) del signo, sino también, su regeneración (reorganización), algo imprescindible para la dinámica evolutiva de cualquier sistema; y como nuestro PAU (nuestro signo) es un sistema, necesita de este último paso para 'emerger' a la superficie ya evolucionado.

p#66 Se ha descrito, no de una manera muy adecuada, que un signo y sus sucedáneos no pueden permanecer simultáneamente en la consciencia. Lo anterior se basa, inapropiadamente, en el tiempo que se tarda en hacer todo el 'recorrido' que caracteriza la 'interpretación' de un signo. Más allá de que este no es, ni por asomo, el mecanismo psíquico involucrado en estos procesos, el autor dice - Sin embargo, dado que no hay signo que permanezca igual después de cada 'giro temporal', {¡nunca mejor dicho!} cada signo (como todos) carga con una 'pizca' de contaminación (o mancha) de 'lo que fue'; y esto es una 'anticipación de...'; es decir, siempre está 'algo teñido' con lo que más probable que sea en algún momento futuro. {esto, y muy bien, describe nuestro 'control predictivo basado en modelo'; o lo que es lo mismo, el futuro basado en el pasado}

{¡Es increíble, pero cada vez se aproxima más a lo nuestro! Con lo anterior acaba de describir, casi textualmente, nuestra 'cuña temporal', con la única diferencia (¡Casi nada!), que lo nuestro, no solo contempla la linealidad, sino que la compone en una unidad inseparable con lo cíclico}

[continuará ... ]

¡Nos vemos mañana!

junio 24, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 255)

Cuaderno XI (páginas 1531 a 1536)

(En capítulo de hoy vamos a continuar con la difusión de mis ideas en Aprend3r. En esta oportunidad es el turno de un trabajo que publiqué el 22/6/2008 y cuyo título, en sí mismo, constituye toda una provocación: ¿Por qué no hablan los monos?)

¿Por qué no hablan los monos?

Desde que Darwin nos diera ‘letra’ para la metáfora, consideramos la vida como una larga cadena (la evolución) en cuyo último eslabón nos ubicamos; mientras que el primero, permanece aún sumido en las frías tinieblas de un profundo abismo. Esta pintoresca figura, que podría trocarse por la de un árbol si quisiéramos ser más técnicos, nos permite tener una visión del conjunto (disjunto) que llamamos ‘vida’.

Esta cadena a la que aludíamos, no se encuentra erguida sin ningún sustento sino que pende de la base de un trono, al cual nos hemos encaramado para, y oficiando de semidioses (o dioses ‘dedicación semiexclusiva’), contemplar todas las otras formas (‘inferiores’) de vida que nos acompañan en este viaje metafórico.

¿Qué fue lo que pasó? O mejor: ¿De qué dependió que solo uno de los ‘viajeros’ anticipara el final del viaje? Simplemente lo que pasó es que el ‘semidios’ (el dueño) de esa cadena (de la evolución): HABLA.

Esto último que en apariencia le da ‘carne’ a la metáfora ¿Es realmente la causa eficiente de tal supremacía? ¿No sería posible que nuestro lenguaje sea nada más que una expresión emergente de otra sutil y más básica diferencia? Esta última pregunta tiene varias respuestas positivas espontáneas que seguro ya se le han ocurrido a usted mientras la termina de leer: la genética, la anatomía del aparato fonador, la sociedad humana, la cultura forjada en tal sociedad, la inteligencia, etc., etc.

¿Y si le dijera que es posible que nada de lo dicho anteriormente haga a la verdadera diferencia?

Sin entrar en sesudas disquisiciones lingüísticas vamos a dejar claro, qué entendemos por lenguaje.

Según se lo enfoca en estas líneas el lenguaje es una herramienta; un organón utilitario que permite comunicarse. ¿Comunicarse para qué? ¡Comunicarse para sobrevivir! Por tanto aquí, poseer el manejo de un lenguaje y expresarse a través del habla, no son sinónimos.

Planteadas así las cosas, todo ser vivo posee un lenguaje; la vida es un lenguaje; un lenguaje universal que marchando al unísono con toda la realidad que lo acompaña, permite que una diversidad infinita, de la que el hombre es una pequeña ‘irregularidad’, se exprese.

Volviendo a la metáfora que nos permitiera Darwin, vemos que la hemos transformado en un cuento digno de Carroll en donde, la irrealidad de los personajes no hace a la trama, sino todo lo contrario. Quiero decir que suena más a ‘literatura del absurdo’ que a tratamiento científico, la cuestión del lenguaje, cuando se pretende explicar que esta ‘bendición’ que nos hace humanos, tiene sus orígenes en nuestros ancestros. Esto da pie para que aparezcan cosas como éstas: “Ciertos primates usan en su comunicación manos y pies de manera más flexible que la expresión facial y la vocalización, lo que respalda la teoría de que el lenguaje humano comenzó con gestos “ ( Proceedings of the National Academy of Sciences ).

El entender el lenguaje como un medio de expresión y de comunicación no quiere decir que debamos estancarnos en la consideración, aparte del habla, de los sonidos y gestos como predecesores de nuestro lenguaje. Ni tampoco quiere decir que debamos considerar solo estas posibilidades de expresión.

Hay ciertos aspectos que los lingüistas han establecido como patrimonio absoluto del lenguaje humano. Entre estos podemos mencionar: a) siempre comunica cosas nuevas; b) distingue entre contenido y forma; c) se emplea con una intención; d) lo que se comunica puede referirse tanto al pasado, al presente como al futuro y e) se transmite de generación en generación.

Con una argumentación lógica adecuada no es difícil demostrar, que un lenguaje universal como el que se propone aquí, cumple perfectamente con estas premisas y por tanto, no sirven para caracterizar adecuadamente nuestro lenguaje y mucho menos, para explicar de dónde viene.

El lenguaje humano sin dudas es un resultado evolutivo. Esta afirmación no obsta para que se busque una alternativa para su explicación y no se siga insistiendo en querer derivarlo de una ‘destreza humana’ enseñada (premio/castigo mediante) a un pobre bonobo que tiene más ganas de treparse a un árbol y quizás disfrutar de una buena siesta, que soportar variopintas ‘señales digitales’ que no le interesan porque no las comprende.

Intentaremos hacer una arqueología del lenguaje pero no pretendiendo averiguar cómo surgió el lenguaje articulado; es decir, no buscando un protolenguaje sino, haciendo uso de los principios de una ciencia social autónoma como es la Arqueología. Si seguimos el camino de tratar de establecer la existencia de una gramática universal y para ello nos valemos de los ‘hitos’ que parecen jalonarla (presuntos símbolos manejados por algunos animales, logros en el adiestramiento de animales (simios, loros), ‘sintaxis’ enseñada en el laboratorio a los bonobos, etc.), hacemos de esta arqueología un auxiliar histórico que pretende desenterrar con evidencia fabricada, aquellos períodos de la evolución del lenguaje que no están lo suficientemente iluminados por las fuentes escritas. La Arqueología es una disciplina que estudia las sociedades a través de sus restos materiales, sean estos intencionales o no (Wikipedia); pero aquí, en vez de enfocarnos solamente en los seres humanos a través de su cultura material o psicológica, orientaremos nuestro interés hacia todas las forma vivas y trataremos de arrojar alguna luz sobre nuestro lenguaje, dejando ver que es posible que él, como manifestación social, haya surgido de un lenguaje (no articulado) común a toda la vida.

El lingüista alemán August Schleicher, a finales del S. XIX, propuso la idea de que los idiomas tenían un patrón evolutivo similar a las especies de los seres vivos (inspirado en Darwin, obviamente). Esta idea (con otras connotaciones) nos ayudará a entender hacia dónde apuntamos.

Como toda elucubración que aquí se haga está basada en los seres vivos, comenzaremos por dividirlos (caprichosamente) en tres grandes grupos (o especies, si se me permite la osadía): A. Microorganismos y Plantas (compuestos por una o más células pero sin Sistema Nervioso Central (SNC)); B. Animales (pluricelulares con SNC) y C. el Hombre.

Dijimos que la vida es un lenguaje; es más, vamos a afirmar lo inverso: el lenguaje es vida. Lenguaje es una sintaxis funcionarizada; entendiendo sintaxis como una estructura relacional entre elementos. La sintaxis del lenguaje surge de la realidad. Esta realidad la podemos enmarcar en tres ejes de complejidad creciente: a) Estructural; b) Dinámico y c) Funcional.

Se postula un compromiso entre los ejes de la realidad y la estructura protopsíquica/psíquica de los seres vivos, el cual da sustento a la sintaxis del nivel de lenguaje que dispone cada una de las especies descritas anteriormente.

Así, en la especie A predomina un lenguaje táxico (de los taxismos de Lorenz) cuya sintaxis es una relación monádica; solo ‘perciben’ el cambio (tomando a la percepción como un primer nivel de representación). Es decir, solo se manejan sobre el eje estructural de la realidad, y por tanto su lenguaje es muy simple y tiene que ver con la acción: p.e. aproximación – huída. Dicho de otro modo: el lenguaje táxico es una respuesta a lo estructural de la realidad y esto es suficiente para sobrevivir. La especie A comunica acciones. Es conductual.

En la especie B (animales no humanos) predomina un lenguaje sígnico (de signo en el sentido lato), cuya sintaxis básica es diádica; perciben por un lado la acción (recuerdo filogenético del nivel o especie anterior) y por otro, esta acción que relaciona dos objetos. Los integrantes de esta especie están capacitados para aprender a manejar el aspecto dinámico de la realidad. Su lenguaje sirve para comunicar conductas innatas (origen del instinto – pulsión). En otras palabras, el lenguaje sígnico es una respuesta a lo dinámico de la realidad; o sea al discurrir del tiempo. La especie B comunica acciones e instintos. Es conductual e instintiva.

En el Hombre predomina un lenguaje simbólico (de símbolo en el sentido de signo interpretado), cuya sintaxis básica es triádica; percibe la acción (cambio) como tal (resabio del nivel A) por lo cual p.e. puede comunicar: amor/odio; le asignan un sentido dinámico (recuerdo del segundo nivel) asimilando la permanencia y otorgando identidad (lo que le posibilita la comunicación social) y relaciona, como fuente de ese cambio, a un sujeto (al cual puede identificar) con un objeto, que es considerado destinatario de tal cambio. El Hombre está capacitado para aprender y manejar el aspecto funcional de la realidad. El lenguaje simbólico es una respuesta a lo funcional y así comunica acciones, instintos y pensamientos. Es por tanto: conductual, instintivo y relacional.

El manejo del aspecto funcional de la realidad es el factor clave del porqué, los animales no humanos, no pueden manejar un lenguaje humano o simbólico. Los animales no humanos son incapaces de percibir este aspecto real y por tanto no necesitan hacer uso de un lenguaje simbólico para comunicarse, ni para ‘comprender’ la realidad con fines de supervivencia.

Un chimpancé no habla como un humano no solo porque su órgano fonador no se desarrolló lo suficiente, sino porque su psiquis (más básica y rudimentaria) no tiene la capacidad de simbolizar al no percibir lo funcional. A lo sumo y con mucho trabajo, se puede lograr que ‘aprenda’ una destreza que se sostiene en la memoria, que por supuesto tiene, pero este hecho, no habilita para suponer que el lenguaje humano se originó en las especies inferiores y luego evolucionó hasta llegar al Hombre. El lenguaje humano es un acopio filogenético (aquí, a diferencia de la Biología, 'la ontogenia recopila la filogenia'), y su última etapa no deriva de una especie inferior sino que es un patrimonio exclusivo del Hombre. No es un producto del proceso lineal de la selección natural, sino de la autopoiesis (su auto-producción). Lo que sí aparece como evidente, luego de las aproximaciones hechas, es que nuestro lenguaje tendría rastros de las etapas anteriores y daría la impresión de estar ‘compuesto’ por ‘capas’: un núcleo táxico, una capa media (interna) o sígnica y una capa superficial (externa) simbólica; disposición esta, que le permitiría comunicar emociones, sentimientos, deseos, ideas, pensamientos y conceptos. La aparición de las distintas ‘capas’ está supeditada a la evolución psíquica que no representaría otra cosa que la adaptación al manejo de una complejidad creciente, que exige distintas alternativas para sobrevivir y que, necesariamente, para ser comunicadas, deberían adquirir una estructura, una dinámica y una funcionalidad homóloga a la realidad circundante.

Este enfoque de nuestro lenguaje es estrictamente semiótico (entendiendo por semiosis al proceso de reconstrucción de un sistema; o lo que es lo mismo, un ‘aprendizaje’ de la complejidad del mundo circundante en que vive un determinado sujeto, dotándolo de sentido), y en tal dirección, cobran enorme relevancia las 'dimensiones' y niveles de semiosis que nos legara Charles Morris en su seminal trabajo, publicado en 1938, “Fundamentos de la teoría de los signos” y en el que estableciera la existencia de relaciones diádicas entre los componentes semióticos. De esta manera quedaron establecidas y para siempre, las dimensiones sintáctica (estructural), pragmática (dinámica) y semántica (funcional) de la semiosis.

Tras todo lo dicho quizás deberíamos cambiar la pregunta que oficia de título de este escrito por la siguiente: ¿Para qué querrían hablar los monos?

¡Nos vemos mañana!

junio 23, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 254)

Cuaderno XI (páginas 1525 a 1530)

(En este capítulo, completamos el trabajo de R. Popa)

p#170  Características material-independientes de la vida: como bien dice el autor, ninguna de las 21 características que se listan a continuación, hay sido consideradas suficientes en sí mismas, como prueba de vida. Ellas solo tienen relevancia como grupo. {de acuerdo a lo anterior, si logramos que nuestro PAU cumpla la mayoría de estos 21 puntos, ¡Habremos triunfado!}

(1) Catálisis: es la habilidad de acelerar los procesos {¿tiempo interno, por ejemplo?}, aunque esto no debe ser interpretado como exclusivamente químico. Las entidades vivientes tienen una tendencia general de acelerar sus procesos disipativos. Catálisis es solo la propiedad de una de sus subunidades. {¡¡¡!!!} La identificación de un catalizador se bas en el hecho que, cuando es separado de su proveedor (servidor - soporte), acelera los procesos sin cambiar el equilibrio {desequilibrio} general.

(2) Actividad Reflexiva: representa cuánto de la energía perdida por el sistema es recuperada, para realizar trabajo sobre sí mismo. {en otras palabras, cuánto de la energía original es distraída para realizar trabajo sobre sí mismo; mi concepto de Yo} Aunque esta actividad es controlada por procesos específicos, es medida como una propiedad general e identificable, como una correlación entre la intensidad de la actividad y los cambios {producidos} en el estado del ser viviente. {es lo que muestra la 'trampa' que hace el Yo (por ejemplo) al utilizar parte del 'patrimonio público' en beneficio propio. [este ejemplo puesto por mí, luego perderá vigencia dada una interpretación alternativa del Yo, con mucho más fundamento] Da como ejemplo la simbiosis, pero creo que no sirve}

(3) Transducción de energía: representa la conversión deliberada de alguna forma de energía en otra. Las formas vivas usan esta energía para controlar su nivel de entropía interna. {es nuestro cambio interno (oculto), que representa el 'trueque' de cantidad por calidad (al mejor estilo hegeliano y no engelsiano)} A pesar que su concentración, en un momento dado, es muy baja {como que es producida por retroalimentación positiva} (alto intercambio), una forma de probar su existencia es inhibir o desacoplar este mecanismo y comprobar el total colapso en la producción corriente, la obliteración de las funciones del sistema.

(4) Uso de recursos energéticos alternativos: para un propósito común tendrá consecuencias subliminales sobre el estado del sistema. Los sistemas vivos  independientes son, habitualmente, incapaces de usar otras fuentes, que aquellas que están, explícitamente, planteadas en su diseño; y de acuerdo vayan cambiando las fuentes, cambian (se adaptan) completamente.

(5) Incremento general de al disipación de energía: es la capacidad de las formas vivas, para inducir degradación de la energía (por ejemplo, conversión en calor), mucho más rápido de lo que cabría esperar, en base a la cinética independiente de la vida. Dado que la disipación es una propiedad molecular colectiva {universal}, puede ser demostrada tanto a un nivel individual {sujeto/individuo}, como a un nivel supraindividual. {sociedad}

(6) Regulación interna de la energía: significa que la captación de energía es controlada por algo más que los factores externos. Este aspecto puede ser identificado a través de la existencia de un flujo de energía que depende, no solo de la energía disponible, sino del estado del sistema, y es dirigida, directamente, a mantener su estado estacionario (EE).

(7) Acumulación de energía: es una consecuencia de la vida, que puede ser medida mediante el incremento del contenido general de energía del sistema. La existencia de las reservas de energía pueden ser identificadas mediante una 'pérdida de tiempo' durante las fluctuaciones de las fuentes energéticas, luego de un prolongado periodo de clausura de las esas fuentes.

(8) Crecimiento {desarrollo}: es una consecuencia de la vida que puede ser medida como un aumento del tamaño {complejidad} a través del tiempo.

(9) Muerte: es la obliteración irreversible del funcionamiento de un sistema viviente. {mi definición es mejor: "es lo propiciado por el proceso reflexivo, es él el que administra la muerte, esto es, la cruda evidencia del paso del tiempo"}. La muerte programada (apoptosis) es una de las propiedades más destacables de la vida. {yo creo que la apoptosis está programada en la 'espiral genético', temporalmente hablando, y con lujo de detalles}

(10) Substracción competitiva de energía: significa que, aunque el sistema está, físicamente, separado del exterior, la eficiencia de la catálisis interior es tal, que la densidad de flujo de energía, a través del sistema, es mayor que la densidad de flujo energético a través de los competidores vivientes independientes.

(11) Existencia de una fase interna: separada del exterior por un límite selectivo. {frontera}

(12) Dificultoso intercambio con el exterior: lo que da origen a la heterogeneidad.

(13) Existencia de un cuasi-estado (homeostasis): {EE} que puede ser demostrado mediante una estabilidad composicional, que es más o menos independiente del nivel de la fuente de energía, al menos, entre ciertos rangos (siempre que no se alcancen niveles submínimos o excesivos).

(14) Resonancia homeostática: se refiere al hecho que, a diferencia de los sistemas disipadores de energía no vivos, que muestran una resonancia auto-destructiva, en ciertas condiciones, debido a una acumulación energética no regulada, los sistemas vivos son capaces de ajustar las fluctuaciones energéticas y usarlas (por ejemplo, energía acumulada) de una manera no destructiva. {no solo eso, sino de una manera creativa (genésica = morfogénesis)}

(15) Relojes internos: son actividades periódicas autoimpuestas, que existen en virtud de principios funcionales de cada sistema. Los relojes internos (actividad periódica) pueden estar presentes, aún, bajo fuentes de energía estables. {estos relojes funcionan gracias a un mecanismo neurológico que le dice cómo llevar el ritmo}

(16) Actividad periódica anticipativa: es el fenómeno en el cual la existencia de periodicidad interna en el EE, ajustada por las fluctuaciones periódicas en las fuentes externas de energía; es usada por las formas vivas para prepararse metabólicamente. {este es el mecanismo que yo propongo para el funcionamiento del tiempo interno}

(17) Relojes ajustables: es otro aspecto, en el cual, la complejidad interna de los sistemas vivos, les permite ajustarse a la periodicidad de sus estados internos para competir con los cambios estables en el ritmos de las fuentes periódicas de energía. [en realidad, no dice nada. Yo propongo la existencia de estos ajustes, en verdaderos relojes neurobiológicos, para el manejo de los distintos procesos psíquicos]

(18) Control internalizado: sobre el EE. Una significativa proporción del estado de un sistema es controlado por factores localizados dentro del sistema mismo. Por tanto, la disyunción de los patrones externos tienen efectos limitados sobre la estabilidad de las formas vivas.

(19) Variabilidad mensurable: menor que los límites establecidos por las restricciones de la estabilidad. La variabilidad de las formas vivas debe ser positiva, por diseño, para permitir la evolución, inmediatamente del límite requerido para mantener la estabilidad colectiva.

(20) Reproducción: puede ser identificada desde la replicación, los efectos genésicos, y por la capacidad de multiplicación.

(21) Uso de información críptica: es lo más difícil de demostrar {¡ya lo creo!}. Es una propiedad material-independiente de la vida que vale la pena explorar, porque ella define la transición hacia la vida. {el aporte, sinceramente, no es tal}

 p#173  Modelos y teorías de la vida:

Criterios amores hacia la vida: según Hazen (2001), el origen de la vida es vista como una secuencia de 'eventos emergentes', cada uno de los cuales, agrega complejidad molecular y orden. {¡interesante!, debidamente adaptado} El estado de 'vivo' es visto como un sistema químico complejo, surgido naturalmente, que es capaz de auto-reproducción. La historia inicial de la vida es dividida en 4 pasos mayores:

(A) Emergencia de biomoléculas: las primeras moléculas orgánicas tienen un origen abiogénico. {el comentario que sigue lo hemos obviado, por poco serio}

(B) Emergencia de sistemas moleculares organizados: el origen de la vida estuvo precedido por la formación de estructuras organizadas. Las heterogeneidad del microentorno sería exacerbado bajo un constante flujo de energía, conducente a un orden abiótico. Esto, probablemente, fue debido al efecto de una supuesta 'cuarta ley termodinámica': "El flujo de energía desde una fuente hacia un destino, a través de un sistema intermedio, tiende al orden del sistema intermedio {es increíble, pero esta '4ª ley' describe con exactitud nuestro sistema aparente, en donde el sujeto (el desorden o fuente de cambio) infringe una transformación o cambio (sistema intermedio) sobre el destino (el objeto), que es quien, en mi sistema, representa el orden; al sistema intermedio, yo le llamo organización}. Los patrones abiogénicos y la disimetría podrían representar la fuente original de orden e información para la vida. {como ya dije, yo hablo de organización, y no considero una disimetría, sino una oposición mediada por la organización}. El origen de la quiralidad es atributo, también, de la interacción de las moléculas con la superficies enantioselectivas. [En química, la estereoselectividad es la formación preferente de un estereoisómero sobre todos los posibles. Puede ser parcial, donde la formación de un estereoisómero está favorecida sobre el resto, o puede ser total, cuando sólo se forma un estereoisómero de los posibles. Se habla de diastereoselectividad cuando los estereoisómeros son diastereómeros y de enantioselectividad cuando son enantiómeros. Los enantiómeros (del griego 'ἐνάντιος', enántios, "opuesto", y 'μέρος', méros, "parte" o "porción"), también llamados isómeros ópticos, son una clase de estereoisómeros tales que en la pareja de compuestos uno es imagen especular del otro y no son superponibles, como ya hemos visto en el capítulo 252. Esta propiedad completa la complementariedad en mi sistema; la tercera propiedad de la complejidad de los sistemas vivos, es casi obvia, y aunque no la menciona, seguro está: la simultaneidad de los opuestos y complementarios, con lo que se completa un ajuste perfecto entre esta propuesta y mi sistema universal: PAU]

(C) Emergencia de sistemas moleculares auto-replicantes: el metabolismo molecular es interpretado como el ensamble {curioso, ¿No?; igual que yo} de grandes unidades funcionales (por ejemplo, las macromoléculas) con pequeños componentes, y se cree, que esto precedió a la herencia. {¡Muy bien!} Las macromoléculas iniciales fueron de 2 tipos: a) cadenas moleculares, y b) superficies moleculares. {1D + 2 D → 3D} Las cadenas moleculares auto-replicadas, vía auto-complementariedad. Las superficies moleculares auto-replicadas en los bordes. Eventualmente, moléculas catalíticas 'cruzadas' formaron ciclos auto-replicantes o redes. {¡No se puede creer!} Los sistemas de moléculas orgánicas no son considerados 'vivos', porque ellos no tienen la habilidad de auto-reproducirse.

(D) Emergencia de selección natural: la selección natural no está restringida a la selección adaptativa darwiniana individual. Las moléculas auto-replicantes forman redes catalíticas, {tipo 'hiperciclo de Eigen'} que pueden competir por los recursos y evolucionar; la variabilidad puede hacer que alguna red molecular más eficiente, pueda crecer rápido a expensas de redes pero conformadas y resulta así, la emergencia de una evolución gradual. [no es necesario, ni que haya competencia, ni que haya una uniformidad evolutiva. La evolución se da de una manera similar a como lo propusieron Gould y Eldredge (1977) en su teoría del equilibrio intermitente o interrumpido, más que como el gradualismo que propuso Darwin; y lo hace superando crisis limítrofes (las que llegan al borde de la catástrofe), lo que da, por una acumulación gradual (aquí sí) origen a una nueva especie o forma (morfogénesis)]

Sistema (M, R) (Red metabólica mediada catalíticamente)

Desarrollado por Rosen (1958) y usado para definir las propiedades generales de conjuntos de redes metabólicas abstractas que conducen al auto-mantenimiento. El origen de S1, S2 y S3 es externo; el origen de S0 no es especificado. {en nuestro caso, si}

Se requiere la cooperación de 2 subsistemas cíclicos. {en nuestro caso: uno superficial y uno profundo}

La unidad M transforma las entradas (S1 y S2) {que podrían ser nuestros S y O, respectivamente} en los productos (S1 y S2), [las entradas podrían ser Sobjetivo y Oobjetivo, y los productos: Ssubjetivo y Osubjetivo] y recicla los complejos S1-S2-S3, por lo cual se lo considera el equivalente al ciclo metabólico. {con la debida adecuación de su dinámica, sería nuestro ciclo superficial}

La unidad R introduce el componente S3 al sistema. {nuestro cambio = V(3)} Dado que R transforma los productos de M {S y O} es considerado como una unidad de reparación. {perdió la oportunidad: M = metabólico (superficial), y R = reproductor/reparador (lo profundo)}

De acuerdo a Rosen, para que este modelo funciones (por ejemplo, conducir la energía a través de sí mismo), las reacciones dentro de la caja M, deberían ser más rápidas que las reacciones de R. {en nuestro caso, es al revés: R es más rápido que M, y así se explica nuestra 'cuña temporal' y la existencia del tiempo interno} [como vemos, salvo pequeñas diferencias, esta propuesta se parece bastante a la nuestra, ya que incluye distintos subsistemas: S0, S1, S2 y S3, que pueden ser nuestros 00, 01, 10 y 11; y 6 reacciones, que puede ser nuestros 6 PAUs]

El Quimiotón (de Tibor Gánti, 1971)

Es uno de los modelos de la vida primitiva, más elaborados. El modelo trata de describir la más simple célula viva imaginable, {PAU} como un super sistema químico; una red formada por 3 subsistemas auto-catalíticos o replicadores independientes. [que pueden ser nuestros tres sistemas reales]

Sistema 1: ciclo químico auto-catalítico (metabólico)

Sistema 2: proceso replicante

Sistema 3: membrana encapsulante

{su funcionamiento no se ajusta a nuestro modelo}





{ninguno de los otros modelos que propone el autor, que son varios, contienen alguna de las características de nuestra propuesta}

¡Nos vemos mañana!