septiembre 23, 2015

El resto es silencio

Que la fama le haya llegado al mismo tiempo que el sufrimiento, tal vez hizo que aborreciera la primera y aceptara estoicamente el segundo.

Pocas vidas estuvieron plagadas de desalientos como la suya, y sin embargo, siempre mantuvo una actitud muy alejada de la autocompasión y del abatimiento.

La adversidad, una frecuente compañera, no melló un ápice su incansable esfuerzo de seguir aportando conocimientos hasta pocos días antes de morir, en defensa de la tajante realidad de sus ideas; y el reconocimiento, aunque tardío, no pudo menos que hacerse presente.

Como una simple pero significativa muestra, transcribo una carta que le escribiera Albert Einstein (Jones, 1961, Tomo III, p. 235)

Princeton, 21/4/1936

Estimado Freud:

Me siento feliz de que a esta generación le haya tocado en suerte la oportunidad de expresar su respeto y su gratitud a usted, que es uno de sus más grandes maestros. Seguramente no le fue fácil lograr que la gente profana, escéptica como es, haya llegado a hacerse al respecto un juicio independiente. Hasta hace poco, lo único que me era posible captar era la fuerza especulativa de sus concepciones, a la vez que la enorme influencia ejercida sobre la 'concepción del mundo' de nuestra presente era, sin estar en condiciones de hacerme un juicio independiente acerca del grado de verdad que contenía. Pero hace muy poco tuve oportunidad de oír acerca de algunas cosas no muy importantes en sí mismas, que a mi juicio descartan toda interpretación que no sea la que usted ofrece en su teoría de la represión. Me sentí encantado de haber dado con esas cosas, ya que siempre es encantador el ver que una grande y hermosa concepción concuerda con la realidad. 
Con mis más cordiales deseos y mi profundo respeto,
Suyo
A. Einstein
P.S. Por favor, no conteste usted a esta carta. El placer que me produce la oportunidad que tengo de escribirle ya es suficiente para mí.

Dado el temperamento de Freud, la respuesta no se hizo esperar:

Viena, 3/5/1936

Estimado Einstein:

En vano objeta usted la idea de que yo conteste a su muy amable carta. Realmente tengo que decirle cuán contento me he sentido al comprobar el cambio registrado en su opinión, o al menos el comienzo de un cambio. Siempre he sabido, por supuesto, que usted me 'admiraba' por cortesía y creía muy poco en cualquier aspecto de mis doctrinas, si bien me he estado preguntando a menudo qué es lo que en realidad se puede admirar de ellas si no son verdaderas, es decir, si no contienen una gran parte de verdad. De paso, ¿No cree usted que yo hubiera sido tratado mejor si mis doctrinas contuvieran un porcentaje mayor de error y de extravagancias? Yo le llevo a usted tantos años que puedo permitirme la esperanza de contarlo entre mis 'partidarios' cuando usted haya alcanzado mi edad. Como yo no podré enterarme de ello, estoy saboreando ya esa satisfacción. Usted sabe lo que ahora está cruzando por mi mente: "Basta el presentimiento de aquella felicidad sublime para hacerme gozar mi hora inefable" (Goethe, Fausto, Acto V).
Con sincera devoción y veneración,
Suyo
Freud.

El 19 de setiembre de 1939, Jones, su biógrafo y uno de sus discípulos más cercanos, fue convocado para que se despidiera de él. Lo llamó por su nombre mientras dormitaba; abrió sus ojos y lo reconoció. Sólo atinó a levantar su mano, para dejarla caer luego en un gesto expresivo de un mundo de significados: saludos, buenos deseos, resignación; diciéndole, de la manera más simple posible: 'El resto es silencio', sin la necesidad de pronunciar palabra alguna.

Luego de una piadosa dosis de morfina, administrada por su médico, murió poco antes de la media noche del 23 de setiembre de 1939, terminando así sus sufrimientos y agigantándose su bien merecida, aunque no apreciada fama. En palabras del mismo Jones: "Freud murió como vivió: como un realista."