febrero 20, 2016

La muerte no tiene apostillas

DESDE LA LEJANÍA DE UNA AVENTURA
Crecen en mí las ansias. Brotan en otros las dudas. Menguan, en fin, los días en los que
el camino se hace monótono y pesado. Pasan las horas, pero se quedan allí estáticas como patéticos marcos de referencia de un sin sentido.

No sé muy bien si esto que he emprendido es una aventura. Desconozco sus avatares; descreo de los relatos y mucho más de las pulcras descripciones de los tertulianos ocasionales que mi destino me ha impuesto, cuando, por razones atendibles me he encontrado en la rebotica de alguna fonda, a la vera del camino.

Mi sendero es azaroso, como lo es mi propia vida. Busco, sin encontrar aún, no más que una cala pequeña y tranquila, en donde anclar mi espíritu. Hasta ahora, nada de esto apareció; solo penumbras, borrascas y desasosiego; y así volvemos a donde comenzamos.

Prendado de un plenilunio majestuoso y apoyado en el marco de una modesta puerta, veo
pasar el camino que me trajo hasta aquí, y que a poco de dejarme olvidado, ha
desaparecido de mi vista; un denso y oscuro presagio lo atrapó.
¿Debo creer en esas señales? ¿Qué son las señales? ¿Un cambio anunciado? ¿Un
cambio que ya ocurrió? ¿Puro cambio?

¡Estoy confundido! Aunque no abatido por completo. Aún quedan en mí las ansias, y tal
vez, eso sea bueno, a pesar de los anuncios.

Debo haber dormido muy profundamente; supongo, como consecuencia de la resaca,
pero no porque esté pagando la deuda biológica contraída tras una borrachera; yo no
bebo, sino la sensación de ser una ola que trabajosamente se retira de la orilla, por la
presencia de obstinados riscos. ¡Así me sentía anoche cuando me quedé dormido, no sé
a qué hora!

Ya listo sobre mi cabalgadura, y habiendo encontrado de nuevo el camino (aunque me
parezca otro), enfrento otra travesía, con la esperanza puesta en que el casco de la
población cercana sea mi destino final.

Traspuesta la hondonada de un, en apariencia, curso de agua ausente, sigue una loma
pequeña coronada por el campanario de una iglesia, tan solitaria como yo. Más allá, un
puente de piedras enmohecidas, y como era de esperar, el río que lo justifica.

Algunas aldeanas que recogían agua o no sé que, en las orillas, prestaron especial
atención a mi ruidoso paso por el puente. No me queda claro si fue mi vistoso caballo con
su esmerado apero y su compasado y muy audible andar, el que concitó su interés, o si
fui yo, no por mi sugerente atractivo, sino por mi porte inevitable de forastero.

No soy muy bueno en eso de distinguir facciones a la distancia, pero en esta ocasión de
mi llegada a este ‘prometedor’ pueblo, divisé de entre las aldeanas, una que, tras las
ondas de su larga cabellera, seguramente escondía, o más bien disimulaba, una profunda
y sincera mirada.

Cercana ya la posada, en donde, tal vez, pase la siguiente noche, pega un respingo mi
caballo, al que no atino en asignarle causa. Miro y miro en derredor sin que se desvele el motivo de semejante sobresalto. De pronto, y ante mi sorpresa, allí está de vuelta; ella, la de la cabellera ondeada y la mirada oculta. Sencillo atuendo de inmaculado blanco, de tejido hecho, lucía una capa, y una sonrisa muy tenue enmarcaba su rostro y achicaba sus ojos, como la leve brisa que entorna una puerta.

No es la primera mujer que conozco, por supuesto, ni tampoco la más bella; pero aquella
adorable criatura arrasó con todas mis defensas, con todos mis argumentos, con todas
mis ideas. Sus destellos, como una flor hecha de metal precioso, me deslumbraron; y no
me importó más el entorno y no escuché si alguien me hablaba, ni siquiera intenté
apearme del caballo, ni a ubicarme al resguardo para evitar la persistente lluvia que se
había desatado.

La noche llegó antes de lo esperado; el denso plomo de las nubes era más intenso que
los ensordecedores ruidos que arrastraban tras sus colas, los relámpagos. Cuando vine a
cobrar plena consciencia, me encontraba esperando, sentado ante una tosca mesa, algo
que seguramente le había demandado al posadero.

...

Estos son los primeros párrafos de lo que, tal vez, algún día sea un libro completo, y que fueran inspirados, en gran parte, por la mágica visión medieval de Umberto Eco. No es que haya intentado emular al maestro, lo cual es imposible para mí, sino que me dejé llevar luego de haber leído buena parte de su obra.

El primer libro suyo que leí fue 'Cómo se hace una tesis', cuando volaba en mi cabeza la remota posibilidad de pertenecer a la Academia. No sé muy bien qué fue lo que me empujó al abordaje de la Lingüística desde un punto de vista semiótico, pero en buena hora porque esto puso en mis manos toda la obra lingüística de Eco y las delicias de sus otros escritos.

Aunque todo lo que leí de él me pareció brillante, agudo, meditado y preciso, 'El nombre de la rosa' se lleva todos los laureles. Es que esta novela histórica situada en el rebullente entorno religioso del S. XIV, que en principio pone sobre el tapete la doctrina de la pobreza apostólica defendida, entre otros, por el franciscano Guillermo de Ockham, me subyugó, aunque, como le sucedió a la mayoría de los que la leyeron, y más aún, si solo vieron la película protagonizada por Sean Connery, me quedaron pendientes gran cantidad de explicaciones y algunas cosas, directamente, pasadas por alto. Por suerte, años después publicó sus famosas 'Apostillas' que me hicieron comprender todas estas omisiones, aunque sin desvelar sus misterios mejor guardados.

Por desgracia, su muerte ocurrida ayer, no tiene apostillas.