diciembre 14, 2008

El Portal II

En este escenario se ha aplicado la misma técnica mixta que en el caso anterior. La puerta es un objeto 3D que muestra todas las imperfecciones de una madera vieja que aun conserva algo del lustre que en sus años mozos, ostentara orgullosa. El entorno lumínico de un buen nivel de realismo se logró con 3DS Max 8 y sus magníficas posibilidades para manejar los efectos atmosféricos asociados a la luz; en este caso: la niebla.




Todo reunido da como resultado esta hermosa escena de una esquina de barrio, en una noche cerrada apenas revelada por la luz mortecina de un farol.

diciembre 13, 2008

La Ventana

Hoy mostramos dos tomas fotográficas del mismo escenario. La diferencia con otras obras similares es que, en este caso, la protagonista de la escena (la ventana) está realizada en 3D y no es producto de la proyección de una fotografía a su vez. Esta ventana 3D fue realizada con un utilitario que ahora fue comprado por la misma empresa propietaria de 3DSMax. Ese utilitario es Mudbox que permite ‘esculpir’ cualquier objeto a mano alzada o aún sacándolo desde una fotografía. El resto del escenario como siempre, está realizado en 3DSMax 8.

Ventana vista desde el exterior:



Aquí, además de observar el importante detalle de la carpintería, que es logrado por ser la ventana un objeto 3D, se puede apreciar el aspecto realista de los vidrios que son individuales, por lo que pueden ser tratados especialmente, en cuanto a los reflejos, suciedad, distorciones, etc.

Ventana desde el interior:



En este caso aparece nuevamente como protagonista la ventana y su volumen y algunos detalles en cuanto al manejo de la transparencia de los vidrios y la proyección de la luz del sol que pone en evidencia las impurezas en el aire ambiental.

octubre 24, 2008

El Portal

La imagen representa ‘la gloria perdida’ de lo que es olvidado por hacerse viejo. Un ambiente cerca de la montaña en un día con un mal tiempo que se aproxima, dan el marco a una nostalgia profunda. Instantánea obtenida de un entorno 3D realizado con Vue 6 xStream. Este software permite fabricar, con una calidad casi insuperable, entornos naturales que muestran notorios rasgos de realismo.


Esta imagen participó de la Vue 3D Enviroment Competition 2008 que organiza Cornucopia3D que es una comunidad online dedicada a los productos de la línea Vue. Es de hacer notar que la imagen no tiene ningún trabajo de postproducción, ya que esta era una de las condiciones impuestas por el jurado, para poder participar. Habitualmente, cuando se hace producción gráfica digital, y si el producto final es un afiche, lámina o una simple fotografía, se utilizan una serie de programas de ‘retoque fotográfico’ (como el conocido Photoshop) para lograr lo que el producto 3D no permite (luminosidad, contraste, brillos, destellos, etc.). Como la intención del concurso era mostrar las bondades de los productos Vue, no estaban permitidos los retoques. Sin dudas, en este caso, no hicieron falta!

octubre 21, 2008

Crónica de un viaje por lo imposible

Hace algunos días en horas de la tarde, caminando por una calle del barrio, con los rayos del sol languideciendo entre las verdes hojas de los paraísos, meditaba mientras percibía aquel cotidiano y renovado entorno. Cosa curiosa – pensé – que nuestros sentidos nos prodiguen tanta verdad y a la vez nos mientan tanto!.

Sin quererlo (aunque consciente de ello) llegué al mismo callejón sin salida (aparente) que casi me obsesiona desde hace un tiempo (no sé cuánto!); obsesión que me empuja a visitarlo muy a menudo. Me encontraba allí como tantas veces, pero al mismo tiempo, permanecía todavía parado frente a la puerta de casa, llaves en mano y a punto de entrar.

¿Es posible esta simultaneidad? Es más, ¿es posible la simultaneidad?

Si le preguntáramos a Einstein y si no estamos siendo víctimas de alguna alucinación o algo parecido, la respuesta a esta pregunta es NO.

El mismo Einstein, seguramente, alguna vez se cuestionó si todo esto surgido de nuestras percepciones sensoriales representa una acabada descripción de la realidad. ¿Está el mundo real allende nuestros sentidos? Cuando la luz del sol desaparece y la plácida tarde de barrio es alcanzada por la noche, el verde de las hojas de los paraísos ¿sigue siendo verde?

El hombre más allá de ser un animal racional, arrastra ancestralmente la tendencia natural a responder a los avatares de la carne. Son los sentidos los que le proporcionan básicamente las nociones concretas de lo que su entorno aparentemente es; nociones que por universales son aceptadas como verdaderas.

La información provista por los sentidos (suponiendo que sea correcto llamar así a este flujo de datos) permite que nuestro cerebro elabore (interprete) una serie de ondas a las que llamamos en este caso luz y que nos hace aprender, entre otras cosas, lo que es el color. Otros seres vivos comparten con nosotros esta capacidad, entre otras, de percibir ondas y en varios casos las perciben en rangos que exceden (en más o en menos) a los nuestros. Esta evidente falla, si bien alcanza para describirnos algunos aspectos reales (el color por ejemplo), puede perfectamente engañarnos, al menos, en cuanto al tiempo y al espacio se refiere, ya sea que consideremos la tridimensión, las velocidades, la dirección de determinado fenómeno, etc.

La fe ciega en nuestros sentidos nos hace caracterizar a los objetos de nuestra realidad inmediata como dotados de un determinado tamaño, animados por una velocidad dada y de otras tantas características similares pero no nos deja advertir que todo este bagaje real, solo tiene validez relativa. ¿Relativa a qué? Relativa a lo local; a un marco de referencia dado. Este no darse cuenta y considerar sin más, como reales, nuestras percepciones sensoriales es algo extendido a todo lo que ‘conocemos’ de primera mano de nuestro universo. Tan poderoso influjo trasciende nuestra mera acción y se cuela aun en nuestro lenguaje en donde un mismo término puede significar cosas distintas dependiendo del contexto. Considerando seriamente nuestro pensar como actividad (sin disquisición filosófica mediante) quizás sea posible hacer manifiesto lo que oculta esa eterna estrechez de nuestros sentidos que también comparten nuestras palabras.

Hablar del pensar podría ser como relatar un viaje. Se puede establecer una cronología determinada y además se puede describir a determinados actores o protagonistas de tal periplo. Solo tenemos que tener la precaución de no caer en ambigüedades que fácilmente nos permite nuestro lenguaje ya que estamos tratando de describir un supuesto infinito con medios finitos.

Como protagonista principal de este viaje tan particular he elegido al cubo de Necker y la cronología es extraída de un artículo que escribió Diego Uribe y que tituló “El viaje del cubo” y en donde deja abierta una gran ventana para la especulación.

El cubo de Necker es una ilusión óptica descubierta por el cristalógrafo suizo Louis Albert Necker y de la cual deja constancia en una carta escrita el 24 de mayo de 1832 en donde señala lo curioso de la representación de formas de cristales. Esta representación consiste en una proyección bidimensional ortográfica (donde todas las líneas son paralelas) de un cubo. Al perder la perspectiva, la figura se hace lo suficientemente ambigua como para que la interpretación que el cerebro (y no el ojo) hace de ella sea cambiante: se puede ver un cubo 3D orientado de dos maneras distintas. ¿Solo de dos maneras distintas?


Diego Uribe, en su artículo, nos muestra un curioso aspecto de nuestro mundo: usando un espejo logra ‘crear’ la ilusión de haber rotado una figura en un espacio de una dimensión mayor que en la que se encuentra dicha figura. En otras palabras: una reflexión en 2D se hace equivalente a una rotación en 3D. Esto lo logra haciendo reflejar una letra q en un espejo y ‘transformarla’ en una d; algo imposible si se pretende hacer mediante giros del papel en donde se encuentra impresa la q (es decir en su misma dimensión).

Cuando tratamos con figuras 3D según Uribe nos muestra, pasa lo mismo que en el caso anterior; claro que aquí, se agrega una dificultad. Esta dificultad radica en que poner un cubo frente a un espejo, supone una rotación 4D. La figura muestra tal reflexión; pero esto representa la cuarta dimensión? Si hacemos que las aristas se transformen en barras y las caras se vuelvan transparentes, vemos que en el ‘viaje’ desde un cubo en donde la cara que está adelante se va hacia atrás hasta otro en donde sucede lo contrario, justo a mitad de camino, como podemos ver en la gráfica, nos encontramos con una figura imposible; un sin sentido espacio-temporal.


Lo anterior es correcto considerarlo como una situación imposible porque la figura encima del espejo ‘sintetiza’ las dos visiones que tenemos de un cubo de Necker en una sola; o sea, al mismo tiempo. Obviamente esto nunca se puede dar. Si esto representa la cuarta dimensión, ¿tal vez así se explique por qué no es posible verla, calcularla o ni tan siquiera imaginarla?

Veamos en qué nos puede ayudar la metáfora del viaje en tratar de entender lo que puede ser pensar.

Iniciar la tarea de búsqueda de interrelaciones entre el pensamiento y realidad, requiere que caractericemos de alguna manera, aquello que se supone, oficia de contenedor del pensamiento. Para evitar ambigüedades, no se hará referencia a la mente, ni a la razón, ni a la inteligencia. Consideraremos que todos los elementos ‘abstractos’ (por llamarlos de alguna manera) tienen un solo depositario: la psiquis.

Esta psiquis tendría una estructura. Sin entrar en demasiado detalle (para no ir más allá de nuestro propósito inicial), diremos que estructuralmente, sería homóloga [1] al resto de la realidad.

La psiquis se estructuraría desde disposiciones internas pero y fundamentalmente, influenciada por el sistema biológico y el mundo circundante.

Los constituyentes de la psiquis, guardarían un origen, un orden y tendrían una función equivalente a los aspectos ontológicos de aquello que le es externo. Estarían dispuestos espacial y temporalmente, también en una forma equivalente. Por tanto podríamos definir dos subsistemas, uno equivalente a lo superficial de lo externo y otro a lo profundo de lo externo. Aquel que representa lo discreto (superficial) de lo exterior, lo llamaremos IDEA y daría la base estructural concreta de la psiquis. El que representa lo continuo (profundo) de lo exterior, lo llamaremos PENSAMIENTO y sería la base funcional psíquica. Idea y pensamiento son opuestos, complementarios y concurrentes; es decir, constituyen una unidad compleja que representa a su vez, la complejidad externa. Temporalmente hablando, la idea estaría regida por lo que caracterizamos como tiempo externo[2], cuyos elementos son: el antes, el ahora y el después. En cuanto al pensamiento, lo regiría lo que llamamos tiempo interno[3], el cual tiene como elementos: el pasado, el presente (que incluye el ahora) y el futuro. Podemos ver que hay algo en común entre ‘ambos tiempos’; efectivamente, el ahora. Este ‘ahora’ es la coincidencia dinámica que asegura la ligazón entre ambos subsistemas; lo que determina la unidad dinámico-funcional y estructural de la psiquis.

Veamos rápidamente, como funcionaría la representación de esta correspondencia que acabamos de plantear.

Los emergentes reales (o hechos), serían unidades complejas que expresarían una apariencia (el ‘fenómeno’), un ser y una esencia; reales. Tendrían, por decirlo así, una ‘cáscara’ (la apariencia); una capa externa (lo particular o ser) y una capa interna o núcleo (lo general o esencia).

Esto es lo que se ofrecería a la percepción y formaría parte de la existencia; constituyéndose en un SIGNO (un hecho).

Un humano al percibirlo; vale decir, al sacarle (negarle) lo aparente (esto es en definitiva percibir), desdoblaría el hecho en sus constituyentes básicos. La capa externa (lo particular) sería representado a través de su temporización externa, como un signo, en una idea (estructura psíquica). El núcleo (lo general) sería representado a través de su temporización interna, como un SÍMBOLO y es lo que daría SENTIDO a la idea.

A través del lenguaje natural se proyectaría este símbolo, a modo de representación. Es un símbolo (y no un signo, a pesar de tener la misma apariencia) ya que ‘muestra’ una estructura como una función; es decir, como un SIGNIFICADO.

La psiquis, de esta manera, se comportaría como un ‘filtro’ que reservaría la esencia de los hechos (su sentido) en el pensamiento, y los proyectaría en el lenguaje natural como una falsa estructura, a través del significado de la idea; esto es, a través de una función.

Si aceptáramos por un momento la propuesta anterior quizás nos sería más o menos sencillo comprender algunas cosas. Entre ellas, el fenómeno que se produce al ver el cubo de Necker: percibir alternativamente un cubo con distintas perspectivas. Cada una de estas perspectivas ocuparían en forma alternativa, el plano superficial y el plano profundo. Mecanismos que no detallaremos ahora, pero que operarían mediante un cambio oculto y acumulativo serían los responsables de que la estructura superficial se haga profunda y viceversa; cambiando así, también alternativamente, lo que es considerado verdadero por nuestros sentidos.

Vemos que la cronología propuesta marca una secuencia y por tanto la ‘simultaneidad’ no es posible. No es posible ‘percibir’ ambos cubos a la vez. Volviendo a Einstein, según la división (caprichosa) que hemos propuesto de los tiempos (externo e interno), lo que para nosotros como observadores externos (nuestros sentidos) sería presente, para nosotros como observadores internos (nuestro pensamiento) sería pasado y ambos confluirían en el ahora dándose así lo imposible: la simultaneidad de fenómenos que siendo observados desde un solo lado, parecerían estrictamente secuenciales. Einstein caracterizó al espacio-tiempo como una estructura 4D; en este caso también hemos propuesto una posible cuarta dimensión y que también coincidiría con un tiempo: el tiempo interno; el tiempo de la psiquis; y si definimos las tres dimensiones de la realidad como: lo estructural (el qué), lo dinámico (el cuándo) y lo funcional (el cómo); esta psiquis sería la representante de la cuarta dimensión caracterizada por lo trascendental (el por qué).

[1] Por homología se entiende una equivalencia en el origen, función y orden en los constituyentes de dos sistemas. Se deja expresa constancia que esto no tiene nada que ver con isomorfismo. No hay igualdad de forma; no hay identidad posible.

[2] El tiempo externo, es el tiempo de los relojes, el tiempo discreto de la datación; el tiempo irreversible y al que los griegos llamaban cronos.

[3] El tiempo interno, es el tiempo cíclico; al que los griegos llamaban kairos.

octubre 12, 2008

Chatarra

Instantánea obtenida con 3DMax 8 que muestra detalles sofisticados tanto en la geometría del objeto como en su textura. El caño se realizó con la técnica de objetos compuestos: Loft, que permite obtener formas complejas de una manera rápida y segura. Una vez obtenida la forma general se puede deformar la geometría (tal como se hizo para lograr los codos de esta cañería) a nuestro gusto y placer.



La textura (el aspecto del caño de cobre al que se le ha formado una especie de excrecencia de sulfato de cobre) es mostrada (renderizada) por un utilitario (plugin: programa que no viene en el paquete original) instalado en 3D Max que se llama Simbionts que permite colocar texturas hechas con otro programa externo a 3D Max: DarkTree, sobre cualquier objeto plano o 3D.

agosto 23, 2008

Polisemia (II): Ese Fantasma

Desde que se publicara el trabajo de Claude E. Shannon en 1948, titulado “Una teoría matemática de la comunicación”, el vórtice polisémico del término ‘información’ no se detiene; lejos de ello, amenaza con arrasar con la endeble cordura científica que a duras penas podemos aun mantener al respecto.

Para la inmensa mayoría de los ‘enfoques científicos’ esparcidos bondadosamente sobre el mundo de la ciencia que hoy conocemos, el trabajo mencionado anteriormente, constituye la piedra fundamental de lo que se conoce como ‘Teoría de la Información’. Un monumental error que ha cumplido ya 60 años y que sin embargo sigue calando profundo en las raíces mismas del pensamiento posmoderno y dando fundamento a casi todo lo que se elabora referido al tema.

¿Por qué digo que este enfoque constituye un error? Básicamente porque lo que Shannon elaboró, trabajando para una compañía telefónica, fue un ingenioso sistema para controlar la fidelidad de los mensajes transmitidos por esta vía. De allí el tratamiento matemático (relacionado con la probabilidad y la estadística) que le dio a su investigación y lo que posibilitó el sacarle un enorme beneficio práctico.

Según nos cuenta la anécdota Shannon tenía pensado bautizar su función H como ‘incertidumbre’ ya que la utiliza en su trabajo para medir justamente el grado de ‘no certeza’ de que un determinado mensaje sea elegido de entre un conjunto posible. Parece que von Neumann (el padre de la teoría de los juegos y el pionero de la computadora digital) intercedió a favor del término ‘entropía’ dada la similitud formal con la función utilizada en mecánica estadística; pero en definitiva, cuantifica la ‘fidelidad’ existente entre un mensaje emitido y el mismo mensaje recibido a la distancia, y que según Shannon mostró, está en relación inversa a la probabilidad de ser elegido.

La terminología acuñada en este trabajo: Entropía, Canal, Ruido, Emisor, Receptor, Redundancia, Feedback (retroalimentación), quedó indeleblemente ligada al término ‘información’, el cual pasa a ser tratado como el representante de una magnitud física pudiendo así utilizar la ‘entropía’ como una medida de la ‘información’ contenida en una secuencia de símbolos.

De esta manera, lo que quizás era tan solo una metáfora, terminó siendo una sinonimia, como un aporte más a la ambigüedad de nuestro lenguaje natural y a la confusión general.

Debido a la gran difusión que ha alcanzado el manejo electrónico de datos (datos que también se equiparan a información), le son aplicables en su totalidad los términos de la ‘teoría de la información’; pero, y dado el uso que se hace del término ‘entropía’, y por tanto la equivalencia creada con el manejo de la energía desde el punto de vista físico, el otro campo en donde ha calado hondo y se ancló en forma definitiva es la Biología. En esta última, el aspecto energético tiene relevancia, si se lo ve a ‘lo vivo’ exclusivamente desde el punto de vista físico-químico. Desde aquí, hasta considerar que los seres vivos se manejan con un ‘lenguaje’ que porta información relevante para su funcionamiento y que todo esto se puede asimilar a su vez, al ‘manejo lingüístico’ de cualquier lenguaje, hay solo un paso.

Analizaremos, por su importancia, el problema que la polisemia ha generado en un campo tan vasto como lo es el de la Biología.

Como si la confusión fuera poca, en 1956, el físico francés León Brillouin introduce el término ‘negentropía’ para establecer la identidad entre ‘información’ y la ‘entropía negativa’. Este autor hace la distinción entre dos tipos de ‘información’: Por un lado la ‘información libre’, y por otro la ‘información ligada’ (haciendo clara alusión a la física de un sistema). Con la segunda se representa los posibles estados o casos de un sistema entre los que se reparte la probabilidad, constituyendo así un caso especial de la ‘información libre’; y ésta ocurre cuando los posibles estados del sistema son completados en forma abstracta (sin un significado físico determinado).

La ‘información libre’ existiría (por así decirlo) solo en la ‘mente’ con lo que la ‘entropía’ se ‘subjetiviza’ pasando a ser vista como un ‘medida’ de nuestra ignorancia. De esta forma se prepara todo para que, cuando realicemos una ‘medición’ sobre un sistema, obtengamos ‘información’ pero a cambio de introducir ‘entropía’ en él. Desde aquí luego, la ‘información’ producida podría ser medida en función del aumento de ‘entropía’.

En compensación, la acción ordenadora sobre el sistema, disminuye su ‘entropía’. Invocando la segunda ley de la Termodinámica, según la cual en todo sistema aislado la ‘entropía’ tiende a aumentar, Brillouin generalizándola establece que tanto la ‘información ligada’ como la ‘información libre’ son intercambiables por la ‘entropía’ física, como si de una reacción química reversible se tratara; intentando legalizar de esta forma, la aplicación de ciertas fórmulas matemáticas, en más de un dominio científico. No obstante, no logra establecer la identidad entre ‘entropía’ física y la ‘información’, como no sea en la forma subjetiva del generalizar indiscriminadamente una convención.

Por otro lado la desmedida generalización según la cual la ‘información libre’ es igual a la ‘negentropía’, también es impropia porque es ridículo intentar medir la variación de ‘entropía’ producida en un sistema por el solo hecho, por ejemplo, de haber escrito éste artículo que Ud. está leyendo; y correlacionar esto con la ‘cantidad de información’ que contiene (lo cuál es más ridículo aun). Solo a modo de un ejemplo simple: es como si se pretendiera establecer que las dos expresiones que siguen, al tener los mismos símbolos (tanto en calidad como en número) y, según la propuesta anterior, generar la misma variación de entropía, producen la misma información (negentropía):

Sadran Lancho Cañal que Sebalgamos.

Ladran Sancho Señal que Cabalgamos.

Queda más que claro entonces, que no solo importa el ‘mensaje’ (que es lo único que pondera la supuesta ‘Teoría de la Información), sino el significado de dicho mensaje, a la hora de establecer la ‘información’ que se trata de comunicar. De otro modo: la ‘información’ puede ser considerada (como propuso Gregory Bateson) como “la diferencia que hace la diferencia”, pero con un sentido; es decir, el cambio (cuali-cuantitativo) producido en el conocimiento que se tiene de ese aspecto real que se pretende abarcar, debe ser mayor que el poseído antes de recibir la comunicación (diferencia cuantitativa); y luego de ello, lo aprehendido necesariamente, debe tener un sentido distinto (diferencia cualitativa).

Toda esta edificación teórica culminó en la relación establecida entre ‘entropía’ y evolución de la ‘información biológica’.

La evolución de los seres vivos nos muestra que a partir de sustancias inertes surgen formas complejas y ordenadas. Esta paradoja, según lo establecido anteriormente, se intentó resolver admitiendo (convencionalmente), que la disminución de la ‘entropía’ en la biosfera se compensa sobradamente con un aumento en el entorno de ésta. Claro que esto dicho así, no justifica el por qué de este proceso organizativo. De la formalización de lo anterior surgió la ‘Termodinámica de los Sistemas Lejos del Equilibrio’ que se ocupa del surgimiento (emergencia) de las estructuras ordenadas.

Ésta torre de Babel siguió creciendo hasta llegar a relacionar los aspectos de complejidad y organización propios de los seres vivos, con las nociones de ‘entropía’ e ‘información’, basados en considerar tal ‘información’ como ‘forma’ y a su medida como la clave del orden y la complejidad de lo viviente.

Se establece esta nueva relación de orden con ‘entropía’ e ‘información’ ya que ambas, según se dice, sirven para medir el orden de un sistema.

El orden es un aspecto relativo y solo podría ser ‘medido’ bajo ciertas condiciones restrictivas elegidas arbitrariamente.

Para redondear el término orden y dar una posible explicación concreta de qué entendemos por él, podemos considerar al menos, tres tipos distintos: orden estructural (estático – que llamaremos lisa y llanamente orden); orden dinámico (que llamaremos desorden); y orden funcional (que llamaremos organización); por supuesto en este esquema nada tienen que ver la ‘entropía’ y la supuesta ‘información’ que de ella se derive.

La referencia a la información en un cálculo termodinámico carece de sentido y por ende, el concepto derivado: entropía informacional. Aceptar su existencia y darle sustento formal a su ‘evolución’ sería equivalente a admitir que la mera observación de los desechos orgánicos, producto de una buena digestión de un rumiante, permitiera explicarnos lo que es dicho rumiante.

Del rápido análisis anterior, algo me queda claro: se mal interpreta el concepto de entropía y se toma como ‘rehén’ el término ‘información’ para justificar la flagrante violación de la regla de oro de la biología (por lo menos desde Darwin): la vida es un fenómeno contingente que tiene como paradigma el sobrevivir y el reproducirse; los elementos integrantes de esta ‘empresa’ están dados por la naturaleza del organismo en cuestión y su entorno específico; y el ajuste preciso de estas relaciones: ser vivo-entorno es la clave determinante de un proceso evolutivo continuo.

Si quisiéramos explicar lo que es ‘información’, se podría entonces decir: “es aquello que permite administrar el orden”. Es la diferencia entre dos estados capitalizada por una estructura influenciada por un desorden, a través de una organización; es en fin, lo que posibilita que un ser vivo pueda construir una historia que le sea propia, que esa historia esté representada en él mismo y que surja en función de encontrarle sentido a su realidad: sobrevivir.

agosto 04, 2008

Polisemia (I): Ese Fantasma

Caminando una tarde cualquiera por las calles de la ciudad pasé frente a una de las tantas instituciones que existen en ella. Creo que había pasado …, en realidad no lo sé, pero seguramente, varias veces por el mismo lugar. Nunca nada llamó especialmente mi atención (debo reconocer que soy un poco distraído) pero esa última vez me detuve a mirar el cartel, hecho de un hermoso travertino (tengo cierta afinidad por esta piedra y creo que fue lo que me retuvo) y con una inscripción moldeada en bajo relieve que decía: “Hospital Privado de Nariz, Garganta y Oídos”. Luego de escrutar otros detalles arquitectónicos del anuncio (como los cuatro bulones de cabeza piramidal hechos de algún metal patinado) me puse a pensar en lo que trataba de decir.

Pese a que me sentía protegido por el sentido común, no pude reprimir el asomo de una sonrisa cuando trataba de imaginar cómo sería un hospital sordo, mudo y que no pudiera percibir los olores (aunque teniendo en cuenta nuestra realidad sanitaria actual, no se si la metáfora era tan descabellada).



Mis conciudadanos que vean la fotografía adjunta que tomé en aquella oportunidad, seguramente estarán haciendo memoria para tratar de ubicar geográficamente el lugar y quizás poder así recrear alguna vez la anécdota.

Debo confesarles que esto no va a ser posible. Básicamente porque lo que están viendo no es una fotografía; es una toma instantánea del producto de un programa de computadora para fabricar entornos 3D. El edificio no existe sino que es una fotografía de un lugar desconocido y que fue usada como textura para ‘pintar’ un bloque rectangular virtual. Lo mismo sucede con el piso. El cartel si es tridimensional y sus letras están ‘cavadas’ en un bloque rectangular virtual y ‘pintado’ con una textura sacada de una fotografía de un travertino original y finalmente, el personaje que está de espaldas observando la escena, no soy yo, sino una fotografía de no sé quién que fue ‘pintada’ sobre un plano virtual y filtrada mediante luces virtuales especiales, para recortar la figura.

Todo esta ‘lata’ no es para demostrar mis habilidades como diseñador 3D, ni para declararme como un mentiroso, sino para dejar en claro que las cosas no siempre son lo que parecen. Es más, no hace falta ni decir que la historia que relaté es ficticia y que lo único que perseguía, apoyada por la imagen, era poner en evidencia el uso y abuso que hacemos, en el lenguaje corriente, de la polisemia.


No entraremos en detalles técnicos. Simplemente diremos que polisemia es el término que se utiliza para describir la situación en la que una palabra tiene dos o más significados relacionados entre sí. Si bien esta definición es técnicamente correcta, hay un detalle que quiero destacar de ella, ya que justifica plenamente el comienzo de este texto. Ese detalle es que lo de ‘significados relacionados entre sí” se basa muchas veces en la apariencia de lo designado por la palabra en cuestión. Por ejemplo: el término ‘pico’ que usamos para identificar una parte de un ave, también lo usamos para referirnos a la cima de una montaña; en la práctica ambos términos, aunque idénticos, tienen distintos significados que mantienen una relación común cual es: una prolongación alargada en forma de cono.

Si bien, según el estrecho criterio de algunos, la polisemia supone una gran economía para el lenguaje al poder atribuir varios sentidos a una misma palabra, evitando así una carga excesiva para la memoria humana, debemos convenir que no representa mucho más que un estigma propio de la ambigüedad de nuestro convencional lenguaje natural.

El sentido común resuelve (cuando no se carece de él) la mayoría de las ambigüedades que puedan presentarse en el día a día, como sucede con la palabra ‘privado’ que usamos al principio. No obstante ello y a pesar de la riqueza expresiva que lo caracteriza, nuestro lenguaje es especialmente inapropiado, gracias a esa ambigüedad, para ser usado verbi gratia, en el estudio de las argumentaciones, terreno propio de la lógica. Esto último da la pauta de que, si bien en el uso corriente la polisemia no trae demasiados problemas y quizás un dudoso beneficio, cuando se utiliza indiscriminadamente en otros dominios (como el científico por ejemplo), no solo puede inducir a error como el la lógica sino que además puede inducir a convalidar algo que no tiene en realidad ningún fundamento.

Las disciplinas formales se han visto obligadas a elaborar un lenguaje riguroso (sin ambigüedades) para poder evolucionar y ser así útiles. Pero, las ciencias naturales y aquellas que se desarrollaron en los suburbios de la ciencia tradicional (ciencias de la información, ciencias de la complejidad, ciencias cognitivas, constructivismo radical, etc.) no tienen demasiados escrúpulos a la hora de explotar la ambigüedad del lenguaje natural con el propósito de ‘definir’ algunos términos pretendidamente técnicos que suponen no menos pretendidos conceptos.

El abuso de lo ambiguo obedece en la mayoría de los casos a que solo se conforma, la ciencia en cuestión, con ‘definir’, pero pocas veces con ‘explicar’. Es de esta manera que no solo se abusa de la polisemia, sino de todas las otras ambigüedades que nos provee el lenguaje: homonimia, metonimia, metáfora y hasta el extremo de considerar, porque dos términos se escriben igual, la semejanza o equivalencia en la sinonimia.

En una serie de tres artículos (de los que éste es el primero) trataremos del enorme problema que significa para las ciencias (y no solo por una cuestión de terminología formal) los términos polisémicos.

Tomaremos como muestra tres términos que tienen una gran difusión en la actualidad en distintos campos del quehacer científico: Complejidad, Información y Cibernético.

En esta instancia trataremos el término Complejidad.

Complejo se dice de aquello que está compuesto por varios elementos iguales o diversos y que generalmente es de difícil entendimiento o resolución. Lo anterior como definición, no está mal. Como el mismo Aristóteles lo estableció, definir es tender a un límite sin alcanzarlo jamás. Las matemáticas tienen un nombre específico para esto: función asintótica que no significa otra cosa que uno puede aproximarse infinitamente a la ‘verdad’ de un valor, pero sin alcanzarlo nunca.

Definiciones son las de los diccionarios que constituyen un catálogo de significados; es decir, una lista de las convenciones para designar los distintos aspectos de nuestra realidad cotidiana con una adaptación a cada comunidad (a cada idioma).

Si se pretende encarar una terminología distinta de la utilizada diariamente para referirse a un aspecto específico que necesitemos destacar, no basta con definir. Un glosario no deja de ser una colección de palabras difíciles para el no iniciado en el tema específico que se está tratando, o de difícil explicación, a las que se les pretende dar el rango de corpus para camuflar el abismo conceptual que subyace.

Siempre, a no dudarlo, es preferible una ‘pobre explicación’ a una ‘exquisita definición’. Definir es lidiar con el significado (cubrir las apariencias); explicar es tratar con el sentido (investigar la esencia – comprometerse).

Vamos a tratar entonces de dar una explicación a lo complejo, aunque sin pretender que sea la única ni la mejor, pero tampoco la más pobre.

Prescindiré de los ‘malos tratos’ de los que ha sido objeto el término y me abocaré a los componentes básicos que considero fundamentales para tratar de explicar en qué consiste la complejidad.

Estos componentes son cuatro: orden, desorden, organización y desorganización.

Se han escrito miles de páginas sobre estos aspectos y hay de todo y para todos. No voy a discutir ningún enfoque en particular; y esto incluye aquellos que los imponen con total displicencia como los que, rigor formal en mano, tratan de imponerlos igual, pero en sentido contrario.

Lo que sí queda claro, por lo menos para mí, que estos términos no son sinónimos por pares y que no constituyen dos maneras inversas de medir la misma cosa. Antes bien, son términos que describen estados concretos que se encuentran en los extremos opuestos de un continuum. Tampoco constituyen per se, lógicas individuales, totipontenciales ni autónomas que pudieran de alguna forma extraña, convertirse en fuerzas promotoras de conductas o comportamientos, en sí mismas.

No hay un funcionamiento individual de cada uno de los elementos mencionados. Juntos (interrelacionados) constituyen un sistema y de esa forma surge una lógica que rige su funcionamiento.

Acabamos de incluir otro término que padece de ‘polisemia aguda’: sistema. Para no caer en lo mismo que estamos condenando, diremos que sistema es aquel conjunto de elementos básicos ligados por un par de funciones (estructuras proyectadas en otras estructuras) que determinan una unión aparente (a través del cambio) de los aspectos que diferencian tales elementos y una separación oculta (cambio profundo) de aquellos aspectos que tienen en común (sustento de una categoría); todo lo cual le da la posibilidad de evolucionar como veremos luego. Es importante distinguir lo anterior de una mera definición (sistema: conjunto de elementos relacionados entre sí con un fin común) ya que se explicita el mecanismo íntimo que sostiene un sistema; se explica cómo está formado y cómo funciona.

Las pautas lógicas que regulan un sistema complejo, según yo lo veo, tienen que ver con la existencia, entre sus elementos, de una triple relación: son opuestos, son complementarios y son concurrentes (se dan simultáneamente). A su vez están distribuidos, por pares, en dos niveles: un nivel superficial que da cuenta de lo evidente, lo organizado, y un nivel profundo que partiendo de la desorganización, promueve la reorganización del sistema y una posterior evolución ‘sustrayendo’ complejidad a su entorno inmediato. El todo se comporta como una oposición de Galois; es decir: una oposición de términos mediada por otra oposición; constituyendo de esta manera, algo similar a un grupo algebraico con autonomía (tanto de producción, como de funcionamiento) pero con una ‘frontera’ que a la vez que lo delimita, le permite el intercambio necesario con el exterior, como para poder evolucionar complejizándose.

Este ‘par de pares’ se constituye entonces, en una sola lógica producto de otras dos a su vez: una discreta (binaria) que nos muestra la apariencia; y una continua (difusa) que nos muestra la evolución, tanto en el crecimiento por adaptación, como en la génesis de nuevas unidades complejas.

La figura que sigue tal vez logre resumir (desde un punto de vista binario) y de un modo muy simple, esta unidad estructural que a mi parecer, representaría la mínima expresión de complejidad real; la más pequeña evidencia de realidad que podríamos concebir.



julio 23, 2008

Ficciones (Segunda Parte)

En esta segunda parte intentaremos caracterizar una observación semiótica de la realidad, considerando la Semiótica como la lógica del sentido (según ya vimos). El hecho de basarse en la observación como método de análisis es adecuado, ya que de esta forma se evita la ‘presunción imperialista’ (como dice Eco) de suponer que la Semiótica puede explicarlo todo. Todo puede ser tratado semióticamente, que es algo muy distinto.

Para comenzar debemos establecer parámetros concretos, reales y tangibles para poder así procurar una definición (aproximarse al límite Aristotélico) de algunos conceptos que por ser tales, carecen (en apariencia ) de realidad. Uno, entre otros, que necesita imperiosamente de un límite es el concepto de infinito (¿qué paradójico, no?).

Hemos dicho que no hay nada infinito. Esto, a primera vista, es cierto si nos referimos a la apariencia que nos ofrecen los cuerpos materiales; pero, no lo es tanto si pretendemos justificar otras cosas. Entonces nos percatamos que pueden definirse, al menos, tres infinitos: a) Un infinito por suma, que es el concepto de Número; b) Un infinito por división, que es el concepto de Espacio; y c) Un infinito en ambos sentidos, que es el concepto de Tiempo. Luego, tendría sentido presuponer una infinitud corpórea que ha de entenderse como lo contrario a evidente, superficial y discreto. Este es un infinito que se alcanzaría paulatinamente, en forma oculta, en ‘las profundidades’ de la realidad, y que surgiría explosivamente a la apariencia (se manifestaría como ‘verdad’) en un ir haciéndose; en un alcanzar el límite; en un provocar catástrofes; en un producir bifurcaciones; en una palabra: en un definirse. Esta definición lo es a modo de una perturbación variable (cambio) aunque con cierta estabilidad que en cada instante del tiempo irreversible tiene dimensiones finitas, a pesar de manifestarse por un Número y ocupar un Espacio en un Tiempo determinado, que no lo son.

Habiendo de alguna manera, ‘corporeizado’ el infinito, retomamos la Babel Borgeana, en la que, más allá de los múltiples acertijos (de los que haremos caso omiso) hay un fuerte planteo paradojal, dialéctico (en el sentido Hegeliano; o mejor Heracliteano) y según trataremos de demostrar, real.

Ya desde Einstein quedó claramente establecido (muy a pesar de Newton), que toda simultaneidad es relativa. Esta relatividad tiene que ver con el simple hecho de estar obligados a elegir un sistema de referencia particular (no olvidar que en ciencia trabajamos con convenciones). Borges nos plantea algo distinto al absoluto Newtoniano y al relativismo de Einstein; aproximándose a los presocráticos, nos pinta un universo cual pergeño alucinante de un devenir perpetuo de polos opuestos simultáneos que en su cíclico cambio, siempre termina (para comenzar) siendo lo mismo.

Todo esto suena a ilógico, a meros términos ‘sin sentido’, a un ruido de fondo que intenta tapar la evidencia; a un protocolo aventurado que nunca conseguirá ponerse a la altura de las circunstancias formales y por más que de ‘vueltas’, nunca será más que un delirante paralogismo. Si lo vemos con los ojos de la lógica clásica, sí. Si corregimos nuestra miopía con la óptica de una de las tantas lógicas alternativas posibles, no.

Imaginemos solo por un instante, que nos hemos propuesto descifrar la estructura de la realidad (¡menuda tarea!)

Si hablamos de estructura, hablamos de relaciones; y si hablamos de relaciones, estamos diciendo algo sobre elementos que se relacionan; y si hablamos de elementos, estamos resaltando diferencias y además la simultaneidad en la aprehensión de al menos dos elementos distintos.

La concurrencia de la aprehensión de dos elementos exige, por un lado, que ambos tengan algo en común y por otro, que haya algo que los diferencie. Veamos esto último a través de un ejemplo simple: Supongamos que tenemos ante nosotros dos pelotas, y que una de ellas es rayada y la otra lisa. Estos elementos están relacionados de dos maneras en forma simultánea: tienen algo en común que los identifica como pelota (p.e. la forma) y algo que los diferencia como elementos distintos pertenecientes a una categoría determinada, el hecho de ser una rayada, y la otra no.



Tabla I

La Tabla I muestra una manera (entre otras) de representar ‘numéricamente’ ambas pelotas (que ya es ‘rozar’ uno de los infinitos). Este método se basa en dejar constancia de las oposiciones que caracterizan los elementos; o sea, de aquello que permite distinguirlos (presencia o ausencia de un atributo dado).

Se puede observar que la cifra que representa cada elemento, tiene dos lugares, entonces, la mitad no ocupada (representada por el 0), se la asignaremos a aquel atributo que hace que los dos elementos pertenezcan a la misma categoría (la forma); es decir, para consignar que ambos son pelotas. Esta simple estructura se puede representar como lo muestra la (Figura 1).




Figura 1


Desde el punto de vista lógico podemos ver en la Figura 1 que ambos elementos guardan una doble relación: i) son opuestos; es decir, uno es la negación del otro (negar 01 es reemplazarlo por su inverso 10, y viceversa) y ii) son complementarios porque uno tiene una característica de la que el otro carece. Pero además este esquema nos muestra otros aspectos relacionales que subyacen a la aprehensión de ambos elementos. Así, por un lado tenemos la conjunción por aquel aspecto o atributo que tienen en común (la forma) y por otro la disyunción por aquel atributo que los diferencia (textura).

La conjunción como operación lógica nos dice que una relación será verdadera (y asumirá un valor 1) cuando ambos elementos de la relación sean verdaderos (evidentes), de lo contrario será falsa (asumirá un valor 0); por eso 01conj10 = 00. En cuanto a la disyunción nos dice que será falsa (0) únicamente cuando ambos elementos disyuntivos sean falsos, de lo contrario será verdadera (1); entonces 01disj10 = 11.

De acuerdo a lo anterior estamos autorizados para decir según la lógica de clases que 11 representa la unión de aquellos aspectos que distinguen un elemento de otro, y que 00 representa la separación (intersección) de aquel aspecto que los reúne (categoría). Es importante notar además, que 11 y 00 guardan entre sí la misma doble relación de oposición y complementariedad. Por tanto, y siguiendo en la lógica de clases, podemos afirmar que en este pequeño universo que hemos caracterizado, hay dos clases o conjuntos: la de los elementos (con su ámbito (01) y su complemento (10)) y la del cambio o transformación (con su ámbito (11) y su complemento (00)) que surge cuando dos objetos se relacionan entre sí.

Cuando analizamos otras oposiciones relacionadas con los mismos objetos, descubrimos algo interesante. Por ejemplo pelota grande vs. pelota pequeña. Esta última oposición ya no es binaria (no tiene solo dos términos: el elemento y su opuesto), sino que al menos, admite un término intermedio como lo es pelota mediana. En realidad este tipo de atributos, acepta infinitos valores entre sus extremos. De esta manera, si pretendemos ‘describir’ lo que ocurre en la realidad de este nuestro limitado universo, debemos poder caracterizar todas las posibilidades. Una forma de hacerlo es ampliar el esquema anterior, profundizando en su estructura y mostrar así, que en definitiva todo se restringe a un interjuego entre el ‘ser’ y el ‘parecer’. El ‘parecer’, aquello que se ofrece en directo a la aprehensión y que tildaremos de ‘superficial’, es de tipo binario o discreto; se pasa de un extremo al otro de la comparación sin valores intermedios, siendo así un atributo absoluto y evidente. El ‘ser’ en cambio, es aquello que ‘no se ve’, que permanece oculto y por lo que lo llamamos profundo y admite infinitos valores intermedios entre sus extremos; esta última característica lo convierte en un atributo continuo o analógico y relativo pues resulta su valoración, de una comparación (de un marco de referencia).

Hipotéticamente y de una forma genérica, se puede utilizar como base de la observación semiótica, la relación sujeto/objeto. Aquí sujeto (S) es considerado como la ‘fuente’ del cambio y el objeto (O) como el ‘destino’ de ese cambio, y ambos están relacionados precisamente por tal cambio que queda expresado por una operación de disyunción (cambio aparente = V) en la superficie y por una operación de conjunción (cambio oculto = noV) en lo profundo. (Figura 2)



Figura 2


Los vértices del ‘cuadrado’ propuesto representan lo que llamamos nichos o lugares ontológicos, que serán ocupados por elementos de sentido (contenidos) concretos (el segundo infinito); contenidos que, en la elaboración de la dinámica, no son tenidos en cuenta.

Si a 0110 (clase de los elementos) la negamos, obtenemos su opuesto: 1001. Sus constituyentes no desaparecen, solo cambian de lugar. Si volvemos a negar, obtenemos (según la lógica clásica) la estructura inicial. Se establece así una dinámica cíclica que podría caracterizarse como la tendencia de ir hacia el objeto (10) a través del sujeto (01). Esta dinámica se puede asimilar a una función (una estructura proyectada en otra estructura) que llamaremos: organización y que representa una transformación o cambio evidente y no significa otra cosa que la disyunción entre ambos polos de la relación (11 = V). Ahora, si negamos 01(S), no desaparece pasando a 10(O), sino que ‘pasa’ a 11(V); y si esta última se niega, ‘pasa’ a 10(O). Luego, 11(V) se transforma en una clase mediadora entre los polos opuestos y cambia entonces, el concepto de negación. Es como si se negara los continentes o nichos y no el contenido y de esta forma, hay un ‘desplazamiento conservador’ ( Hegel) de un extremo a otro obtenido por la ‘negación de la negación (Hegel). Alcanzado 10(O); si se vuelve a negar, se obtiene 00(noV), lo cual significa otra transformación o cambio (en este caso oculto) que representa ahora, la conjunción de los extremos la que llamaremos desorganización. Si negásemos 00(noV) llegaríamos a 01(S), completándose un ciclo reflexivo (Hegel). En realidad, son dos ciclos completos ‘ensamblados’ que ‘giran’ en sentido opuesto (el tercer infinito) (Figura 3).



Figura 3


El ensamble definido recibe como nombre PAU (Patrón Autónomo Universal) y es considerado aquí como la unidad de complejidad real. Queda constituido un verdadero sistema como manifestación concreta de la mínima expresión de realidad que se pueda concebir. Su complejidad reside en que las dos ‘triadas’ que lo componen: SVO y OnoVS, están ligadas por una triple relación: i) son opuestas, OnoVS (100001) es la negación de SVO (011110); ii) son complementarias, cada una tiene a su vez una característica de la que la otra carece y viceversa y iii) son simultáneas o concurrentes, se producen al mismo tiempo. Por otro lado, son complementarias bajo dos aspectos: a) en el ya mencionado, y b) en el que surge dado su ‘sentido de giro’.

Finalmente podemos decir que a este sistema lo animan dos lógicas: una superficial y binaria, ya que ‘gira a saltos’; por ‘pares’ de elementos y que se encarga de que el sistema en su apariencia ‘encaje’ en la lógica formal; y una profunda y continua, con infinitos valores intermedios entre 1 y 0, a la cual le llamamos difusa o borrosa. Todo el sistema a su vez, está regido por una única lógica polivalente (tetravalente, cuyos valores de verdad no son 1 y 0 como en la lógica binaria, sino 00, 01, 10 y 11), que da la posibilidad de representar el devenir de los hechos o procesos reales (en cualquier nivel que se considere la realidad), razón por la cual la llamaremos lógica transcursiva o del transcurrir.

La lógica transcursiva, por el hecho de servir para representar integralmente la realidad, de acuerdo a lo aquí propuesto, también es apta para representar cualquier manifestación psíquica, biológica y lingüístico-social que se supone representan distintos aspectos de un universo determinado (sea éste concreto o virtual).

Borges, desde su sapiencia nos muestra, que lo finito (discreto y aparente) y lo infinito (continuo y oculto) pueden coexistir, aunque la lógica tradicional (convencional) no lo admita y que la apariencia (esa gran ‘mentirosa’) regodeándose en sus límites, deja escapar algunas ‘pistas’ como las del espejo (algo de lo que ‘pocos’ se percataron), que sirven para mantener la esperanza de una infinitud que en apariencia nunca alcanzaremos.

La realidad Borgeana es la de su biblioteca, la de su universo; la de ‘nuestro’ universo y por ende, la de nuestra vida; esa realidad que nunca será atrapada en un algoritmo por complejo que este sea ni se dejará encasillar en axiomas por más ‘lógicos’ que parezcan.

A través de la semiosis, concebida como una acción reorganizadora de un sistema lógico, hemos visto que es posible, como también nos lo mostró Borges, abordar la realidad, allende de la lógica tradicional, por alternativas que le pueden asignar así mismo, un sentido.

julio 16, 2008

Arte Digital – Bodegón

Toma fotográfica de un escenario 3D en donde se muestra la técnica de transparencia (en este caso a través de un vitreaux) y su proyección sobre objetos sólidos. Por otro lado se muestran efectos atmosféricos.


Realizado en 3DS Max 8

julio 14, 2008

Ficciones (Primera Parte)

¡No! No estoy pergeñando plagiar a Borges, ni tampoco embarcado en un insoluble análisis literario. El motivo de invocar este título es plantearme si las siete historias narradas en su primer libro (el jardín de senderos que se bifurcan de 1941) son ficciones absolutas.


El maestro del género fantástico (o neofantástico como lo llaman algunos), nos lleva de su mano por los caminos desconocidos, aunque no por eso menos obvios, de una realidad que nos lastima con su filosa ambigüedad. Un planteo directo que simula extrañeza; una franqueza atrevida que nos arropa y nos mima; una verdad obstinada que nos enfrenta al eterno fantasma de la posibilidad; en fin, una apariencia que deja de ser tal cuando nos muestra sin tapujos que la realidad lo dijo primero.

Como lo anuncié, no es este un análisis literario sino un abordaje semiótico de una de las siete piezas aquí reunidas. El enfoque semiótico no se refiere a un análisis narrativo (una y mil veces hecho) sino desde la perspectiva de una semiótica que aborda la lógica del sentido.

La pieza elegida es ‘La Biblioteca de Babel’ (aunque casi podría haber sido cualquiera de las otras) en donde, con maestría, nos pinta una realidad que poco tiene de ficción y mucho de fascinación.


Borges plantea un desafío que va más allá de probables mensajes crípticos y lo hace proponiéndonos investigar la verdad y la falsedad; o para ser menos tajantes pero más profundos, la apariencia y la esencia de nuestro universo (biblioteca) que en definitiva es nuestra realidad. El trasfondo de todo el planteo es una búsqueda del sentido pues, éste sin dudas, debe preceder a la verdad o falsedad de algo y sería poco feliz intentar una inversión de esta secuencia puesto que ninguna decisión vital podemos tomar basados en una regla, porque cada decisión es prefigurada para concordar con tal regla; por tanto, si todo puede ser prefigurado para que concuerde con una regla (con una convención), también lo puede ser para que entre en conflicto con ella; de tal forma no existe tal acuerdo (verdad) ni tal conflicto (falsedad).

La lógica del sentido es pues, la herramienta idónea para escrutar, en forma directa, nuestra realidad. Para poder utilizarla tenemos que estar dispuestos a abandonar las convenciones y sin pruritos tautológicos, enfrentar la descarnada realidad tal cual se presenta. Tal cual nos la presenta Borges en cada pasaje, por mínimo que sea, de sus medulares escritos.

Muchísimos han sido los intentos de ‘descifrar’ el contenido de esta singular historia (nuestra historia). Estos intentos han surgido con distintas tendencias y han esgrimido variados argumentos desde los matemáticos hasta los cabalísticos (recordar la afición de Borges por este tema). No vamos a pasar revista a todos ellos porque no haríamos ningún aporte diferenciador, sino que vamos a tomar un análisis lógico tradicional de los puntos clave para poderlo contrastar con nuestra propuesta.

Hay variados y muy buenos análisis lógicos de la Biblioteca; tomaremos como referencia uno aparecido en la versión electrónica de la revista NEXOS en el Nro. 356 de Agosto de 2007 y cuyo autor es Salomón Derreza. En este artículo, según lo manifiesta el autor, se intenta ‘solucionar la paradoja de Babel’. La forma en que lo intenta (con un éxito convencional) es mediante la lógica a la que tilda de poco ‘imaginativa’ y omnisciente pero que justifica por presuponer que la Biblioteca de Babel estaría construida de matemáticas y ciencia (¡o sea de convenciones!).

Como Borges, muy hábilmente, plantea un par de axiomas (que probablemente constituyan solo un homenaje a Descartes), da pie para que se intente aplicar las reglas de la lógica formal. Reiteradamente (y hasta frenéticamente diría yo) Borges indica que la Biblioteca es finita e infinita al mismo tiempo. La Biblioteca es la metáfora que usa para referirse al universo (lo dice explícitamente) y entonces queda planteado el dilema ‘aparente’ de si el universo es finito o infinito o mejor, ambas cosas; y la supuesta paradoja es ¿cómo postula una biblioteca infinita, construida sobre axiomas que solo le permiten ser finita?

Lejos de estar infectada la Biblioteca, por algún germen de la inconsistencia, goza de ‘eterna’ salud y el planteo jamás puede tildarse de poco inteligente, en exceso imaginativo y mucho menos carente de imaginación. Sí es carente absolutamente de esto último, el presuntuoso análisis lógico tradicional que pretende dar una supuesta e ingenua solución en donde no existe un problema.

Veamos sucintamente en qué se basa el análisis tradicional. Que la Biblioteca es finita lo prueban los dos axiomas: a) El de la permutabilidad limitada: el número de símbolos es 25 y por tanto hay una cantidad grande pero limitada de libros; y b) El de la irrepetibilidad: no hay en la Biblioteca dos libros idénticos.

Que la Biblioteca es modestamente infinita lo sugieren “solo las afirmaciones e insinuaciones, meros actos de fe, sin prueba alguna”, según reza el autor del análisis lógico.

Para un remate con grandes luminarias se analiza el párrafo final del relato: “Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repito, sería un orden: el ORDEN). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza”; y se sentencia el derrumbe de la fastuosa construcción no teniendo piedad ni siquiera por el hecho de representar una metáfora (que no es comprendida) adornada por un par de axiomas que los incluye solo por diversión. Para terminar, reproduzco textualmente las conclusiones a las que arriba este modesto análisis, antes de proponer su ingenua solución: “Así, en una misma página atroz, Borges clausura toda esperanza de rescatar la consistencia de la Biblioteca y prefigura, de una sádica vez, las dos formas de aniquilamiento que le están deparadas: ‘Si es limitada – parece decirnos -, no es repetible, pues por fuerza, tendría que admitir la existencia de al menos un libro infinito’. De forma brutal (el subrayado es mío) nos revela que los axiomas sobre los que se levanta su formidable constructo son mutuamente excluyentes y, en un corolario terrible nos maldice (el subrayado es mío): Jamás lograrán crear una biblioteca infinita que se sostenga sobre sus propios axiomas – ¡Jamás!” Esta ‘incuestionable’ conclusión tuvo lugar por no respetar ni comprender, la solución propuesta por Borges, que es ‘la solución’.

Nadie puede crear una biblioteca infinita, ni nada infinito; y si se pudiera (cosa que ni la lógica formal puede a pesar de Cantor) no habría como corroborarlo pues el observador que lo está proponiendo está ‘infectado’ de finitud. Esta última aseveración demuestra de la misma forma brutal que el análisis formal es inconsistente consigo mismo; dicho con palabras más simples: el sistema formal es convencional; es una regla prefijada que se lleva muy mal aun con la realidad más burda.

La lógica tradicional no puede explicar nada de la auténtica realidad; solo predice, aventura y esquematiza un universo teórico, perfecto y estéril. Lo que Borges nos dice a gritos en esas escasas páginas es que precisamente la lógica convencional no es la solución, sino que pasa por una lógica que excede el ‘binarismo oficial’.

Los grandes misterios de nuestra realidad jamás serán explicados (y eso es lo que se nos muestra en este texto borgeano) por axiomas porque, para colmo de males, éstos son leyes que son aceptadas sin demostración (por decreto), violando así la regla de oro de todo aparato formal. Es como querer cazar un elefante con una pinza de depilar, mirándolo a través de un binocular colocado al revés: axiomáticamente esto es posible; realmente ¡NO!

Continuará…

julio 07, 2008

El Valor de lo Simbólico

Símbolo: un término polisémico que atraviesa vertical y horizontalmente la cultura humana de la mano con distintos aspectos del quehacer intelectual e impulsor de comportamientos a veces, no tan racionales. Desde los jeroglíficos egipcios hasta la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev; desde el pez de bronce de los primeros cristianos hasta nuestra bandera, el símbolo abarca se podría decir, sin temor a equivocarnos demasiado, toda la gama de manifestaciones que nos ‘hace humanos’.

No obstante la enorme variedad de matices que se puedan albergar bajo el alero de un símbolo, todos tienen algo en común. Todos buscan escapar de las borrascosas aguas del olvido; de la lluvia implacable del tiempo que todo lo borra; pero, en cualquier caso todos también ‘representan’; representan pensamientos, altibajos morales, convenciones sociales, progresos, dogmatismos, creencias, soberbia intelectual, estrechez y necesidad, sabiduría y barbarie.

De todos los aspectos naturales mencionados y de los muchos que se escapan, tomaremos el único que los reúne a todos: la representación.

Se tiene la tendencia de pensar en una imagen que refleje alguna realidad cuando uno invoca el término representación y por ende el concepto de símbolo. Esta tendencia no tiene asidero y trataremos de fundamentarlo.

La palabra símbolo, en su acepción griega, deriva de un vocablo que significa juntar, unir o encontrar algo que permita un reconocimiento. Esta sucinta definición abre un pequeño resquicio por donde penetrar al corazón simbólico.

Admitir que un símbolo es solo lo que representa una realidad otra de la que estamos experimentando, es admitir ingenuamente que una imagen representada va más allá de los elementos que la constituyen, tomándola por ‘real’ por el único hecho de ‘parecerse’ a lo que intenta representar.

Esta adherencia a lo visual de la representación hace que no podamos ‘ver’ paradójicamente, lo que está más allá de la mera apariencia, y no pasa de ser una metáfora del espejo que se transforma en espejismo cuando nos acercamos a ella. Los símbolos son naturales en el hombre y no es algo que se ofrece desde fuera para que, en su aprehender, ‘registre’ una convención. El símbolo es parte de la unidad psíquica humana; es lo funcional complementario de lo que es aportado por los mismos datos sensoriales sean estos provenientes del entorno o desde nuestra biología, y que constituyen la estructura de la psiquis. En el aparato psíquico en el cual se fundamenta el conocimiento humano es donde lo simbólico cumple una función puesta al servicio de comprender el mundo que nos rodea, dándonos una enorme capacidad que excede y en mucho, nuestra sensibilidad o nuestra memoria. Esta capacidad simbólica que nos caracteriza como humanos se inicia con el pensamiento y se proyecta en nuestro lenguaje, permitiéndonos así dar tratamiento a todas las cosas y a todos los problemas que nos son inherentes, ya sean estos de índole místico, abstracto o práctico.
Este método de adaptación es patrimonio exclusivo del hombre y le da la posibilidad, no ya de valorar cuantitativamente una simple reacción como lo hace cualquier animal que responde a un signo cualquiera según un significado asociado sino, contemplar aspectos cualitativos que le dan una nueva dimensión a la realidad vivida. Las realidades inmediatas se transforman en ‘semióticamente reales’; las sensaciones se transforman en manifestaciones de sentido. Se distancian así, gracias al símbolo, las reacciones orgánicas propias de la animalidad de las respuestas puramente humanas.

Tal cual lo aseveró Cassirer, el hombre es un animal simbólico más que racional. Lo racional, que también es un patrimonio humano, no abarca la integridad real ya que solo se restringe a lo abstracto (terreno cultivado por la Lógica, la Filosofía, las Matemáticas y la Lingüística, entre otras).

Retomando entonces la tendencia de asociar representación con una imagen podemos ver que, cuando esto ocurre, se debe a que somos arrastrados por la apariencia empobrecida de una relación heterónoma con un referente externo, sea éste, algo concreto o alguna idea. Muy distinto sería si en vez de esta asociación nimia, intentamos la aprehensión de una ‘forma’ que diera cabida a un futuro contenido del pensamiento.

¿Qué diferencia hay entre una imagen y una forma? En apariencia, ninguna. Pero si analizamos su constitución, veremos que difieren y en gran medida. Remarcaremos un solo detalle distintivo pero que es suficiente para poner en relieve esa flagrante diferencia. La imagen es estática. La forma no. La dinámica de la forma se expresa a través de las relaciones que plantea su geometría. Una topología estructurante y estructurada que da origen, en su espacio, a una función (proyectando una estructura en otra) que se encuentra a modo de unidad compleja en el símbolo; con una vertiente continua (la función) que estaría representada en la psiquis por el pensamiento y expresada en el lenguaje natural (en nuestras lenguas indo-europeas) por los tiempos de verbo; y una vertiente discreta que estaría representada por el lenguaje natural y expresada en su sintaxis.

Solo el aspecto dinámico del símbolo (el pensamiento) tiene sentido, porque representa cabalmente un prototipo lógico; en el contexto del aspecto estático (el lenguaje natural), un nombre (el contenido convencional de un símbolo lingüístico), tiene significado. Su uso no muestra la relación esencial que hay entre los sistemas reales que le dan origen. Su comunicación se hace de la única manera posible: a través de la expresión.

Consideramos así al símbolo como una función de la estructura que lo contiene (en su vertiente interna) y como estructura funcionarizada (la expresión) en su vertiente externa

El símbolo, como función, tiene como argumento a un signo; en otras palabras, el pensamiento es función de una idea y quien porta el sentido. Esta función, en las lenguas indo-europeas por ejemplo, está representada por los tiempos de verbo (en su aspecto temporal interno).

Un símbolo dinámico (interno: la vertiente continua) representa una función estructurada (la que expresa el proceso mismo de simbolización); en contrapartida, un símbolo estático (su mitad externa, discreta) representa una estructura funcionarizada (ver figura).




Al pasar la función, en el lenguaje natural, a ser su propio argumento, deja de expresar la esencia del evento representado en el pensamiento. Por tanto la estructura al pasar a ser función, deja de expresar la estructura psíquica y por lo tanto, también la real .

Esta inversión ‘paradojal’ torna dificultoso el captar la ‘lógica’ que estructura el lenguaje natural y por ende, el pensamiento, desde donde suponemos, emana. Por esta razón el lenguaje natural nos dice poco o nada de sí mismo y menos quizás, de lo que lo originó. El ojo no puede ‘verse’ a sí mismo. Puede describir lo que ve, pero no puede ‘verse’ viendo.

Una función no debe ser su propio argumento. Esto va en contra de la lógica.

Esta aparente falla lógica se subsana arbitrariamente por medio del significado. Asignando convencionalmente (ad placitum) argumentos a una función que no es tal. Usando una función continua (como por ejemplo, los tiempos de verbo) como argumento de una estructura (sintaxis). Es por eso que el lenguaje natural (simbólico) es ambiguo. Esto explicaría de alguna manera la polisemia. Es el mismo fenómeno que se daría al describir matemáticamente un acontecimiento continuo (real), en donde no hay otra opción que ‘linealizarlo’; describirlo en infinitésimos pasos; o sea, en definitiva: discretizarlo.

Desde la óptica de la lógica aristotélica el lenguaje natural es un discretizador de la realidad.

“El lenguaje disfraza el pensamiento” dice Wittgenstein. Nosotros podemos decir: “No se piensa con palabras, se habla con pensamientos”. No obstante, el lenguaje natural no hace evidente al pensamiento. El significado nada dice del sentido. Para comprender el lenguaje natural hay que cambiar el punto de vista lógico. El secreto está en lo estructural. Hay una homología entre la realidad representada y el representante, lo cual se equipara relacionalmente en el origen y en el orden, pero también en la función.

El aparente aspecto ‘desmadejado’ del lenguaje natural impide darse cuenta que su lógica puede ser un ensamble entre lo continuo (profundo) y lo discreto (superficial); en donde, esto último es lo que se muestra directamente. El otro aspecto queda ‘oculto’ a los ‘ojos’ de la lógica aristotélica.

El símbolo es la ‘figura’ de lo real. Un modelo que queda ‘estampado’ a fuego en nuestra psiquis, que se origina en nuestra contienda con la vida y que se expresa a través del lenguaje. El símbolo es el ‘hilo de Ariadna’ que liga los aspectos psico-bio-socio-culturales de la realidad y se constituye en unidad en el encuentro complejo (opuesto-complementario-concurrente) de dos mitades que se reconocen.

junio 29, 2008

Del Discurso de la Normalidad al Discurso de la Complejidad

Las reglas canónicas de nuestro discurso, por estar basadas en la nominación y en la identificación, imponen una rigidez palmaria al significado que le damos al mundo, cuando nos comunicamos en el día a día. Para poner en evidencia de que esto es así, basta y sobra con que reflexionemos brevemente en cómo “construimos” ese mundo en nuestro discurso. Nombramos los seres y las cosas para, clasificándolos, establecer sus relaciones y así ordenar lo que percibimos, pensamos y decimos. Esto y muy poco más es lo que nos deja hacer la ortodoxia lógica, fundamentalmente en nuestras lenguas indo-europeas llevadas hasta el hartazgo, durante el medioevo, por los caminos de la identidad escolástica, de la pecaminosa contradicción, y del siniestro tertium non datur (‘una tercera (cosa) no se da’) que supo de la normalización por Leibniz. (recordar que las lenguas indo-europeas incluyen 150 idiomas hablados por casi la mitad de la población mundial).

Es verdad que este ‘binarismo’ radical ha dado sus frutos y la confianza despertada en sus usuarios, le ha permitido gozar hasta hoy, de muy buena salud. Pero el costo de este ‘beneficio’ se me antoja en extremo oneroso, al tener que lidiar con una univocidad y homogeinización inextricables.

La falsa transparencia de los significados impuestos por el uso, no pueden evitar ‘colorear’ la realidad y de esta manera nos hemos ido alejando paulatinamente de lo complejo del mundo, por identificarlo con lo indiferente de lo unívoco, la ignorancia contradictoria y el desconocimiento de la mediación. En otras palabras, nos hemos alejado, y mucho, de lo ‘vivo’ de la realidad.

Nuestro discurso no ‘sabe’ nada sobre la complejidad del mundo, y nos dice prácticamente poco sobre él. Que todo ‘sea o no sea’ no puede ser una explicación coherente de por ejemplo: por qué la vida genera más vida, y por qué esa nueva vida, sin proponérselo, comienza su ‘decir’. Es evidente que todo es mucho más complejo que un simple dilema shakesperiano.

Hay quienes aventuran algunos indicios en el mero lenguaje discursivo que, transgrediendo las normas expresivas, ponen en evidencia una capacidad lingüística potencial para mostrar la verdadera realidad o por lo menos una mejor aproximación a ella. Me refiero al uso de antónimos o de paradojas que al ser sublimados, entre otros por el oxímoron, permiten expresar las más extravagantes antinomias mundanas.

Sinceramente creo que un oxímoron ‘no hace verano’. Es un hábil maquillaje de la retórica para que una expresión aparezca como una supuesta transgresión pero en el fondo nada cambia. Hasta los grandes escritores lo anuncian antes de usarlo (en el Aleph de Borges, por ejemplo: “Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis”).

La complejidad del mundo o de la realidad, si se prefiere, se sustenta no en un mero ‘decir’ sobre antinomias, sino sobre contrariedades concretas, oposiciones genésicas y complementariedades concurrentes. Lo normativo no alcanza ya que solo es una solución de compromiso.

Todo esto es para decir que el lenguaje no refleja la realidad; que más bien cual impostura, acomoda lo real para ocultar el terrible fantasma de la ambigüedad. No refleja la realidad por lo menos como trata de mostrar que lo hace, sino de otra manera.

Los griegos (presocráticos) hacían uso de una lengua en la que se daba lugar para expresar las polaridades; la irremediable presencia de opuestos, cual unidad compleja real. La ‘purificación’ sufrida después de Aristóteles y más aun, la latinización del medioevo, lograron ‘borrar’ esta capacidad ‘innata’ de nuestro lenguaje y por tanto del discurso que en él se sustenta. Hay lenguas modernas como el Alemán en que se siguen manteniendo resabios de tales portentos (como ejemplo el término Aufheben que popularizara y especificara Hegel para expresar simultáneamente la negación y la preservación de la verdad interna de algo).

¿Si lo que acabamos de afirmar es cierto, quiere decir que nuestro lenguaje no tiene (salvo excepciones) relación con lo que pretende expresar y por lo tanto no deja de ser solo una caprichosa convención?

¡No! Lo que quiere decir es que, cuando tratamos de especificar cómo surgió el lenguaje y cómo es que expresa lo que expresa, nos adherimos a esta ‘deformación’ de su matriz original y perdemos la plasticidad de ver la realidad en perspectiva. Claro que nuestro lenguaje expresa la realidad pero, no tal cual es sino, ‘acomodada’ en una convención. La convención sirve para expresar el mundo que cada uno se ‘construye’ y que, por una cuestión de convivencia, adquiere rasgos similares en una determinada comunidad. La cultura (el cultivo de la mente a través de la razón) tiene que ver con esta parcelación de nuestro fundamental medio expresivo. En este sentido, nuestro lenguaje en uso, tiene un origen social y se fue adaptando a nuestra historia.

La estructura verbo – nombre de nuestras lenguas induce a tener en cuenta solo uno de estos términos a la hora de significar la relación que cada una de ellas tiene con el mundo, producto de lo estático de la sustantivación en los nombres; o dicho de otro modo, de la férrea adherencia a las categorías de la identidad Aristotélica. La realidad en mucho más compleja que esto. La realidad es dinámica; es devenir, fluir, alternar y cambiar. Obviamente, nuestro lenguaje (y por ende nuestro discurso) desde esta óptica, carece de las herramientas necesarias para reflejar la realidad. Sin embargo la refleja y lo suficientemente bien como para que nos podamos entender, por lo menos en nuestras comunidades (¡aunque a veces no tan bien!). Entonces, ¿dónde está la ‘falla’ de nuestro lenguaje? En ninguna parte. Nuestro lenguaje no tiene fallas. Los que fallamos en todo caso, somos nosotros al apresurarnos en valorar de una manera simplista (‘científica’), la relación uno a uno de una combinatoria de términos y los hechos que suceden a nuestro rededor.

Los hechos o dicho de otra forma, las relaciones dinámicas mantenidas entre los distintos ‘actores’ reales (la cruda realidad) son tamizados por nuestros sentidos con el fin de aprehenderlos y luego reelaborados por nuestra psiquis en nuestros pensamientos. Este mecanismo tiene un doble fin; por un lado, nos ayuda a encontrarle ‘sentido’ al mundo que nos rodea y al hecho de nuestra existencia en ese mundo; y por otro lado, nos permite elaborar una manera de comunicarlo (hacer saber lo que sabemos) con el objeto de aquilatar nuestra experiencia en función de la experiencia de los demás, porque es la única forma que disponemos para ‘conocer’ ese mundo en donde vivimos y al cual tenemos que enfrentar en su afán de aquietar todo lo que se mueve y evoluciona.

En posesión de nuestro ‘esquema’ del mundo y llegada la hora de ‘expresarlo’, tenemos que ‘inventar’ una manera de llevar a cabo esta tarea. Esta ‘invención’ es nuestro lenguaje que, mediante hábiles convenciones, permite ‘reconstruir’ un mundo tal como se nos presenta y ubicarnos en consecuencia, para que el otro, con el cual dialogo, le encuentre significado a su propia reconstrucción del mundo en donde vive y así complementarnos y pertrecharnos en contra del equilibrio mortal.

Como podemos ver, hemos utilizado dos términos distintos para, según el uso común, expresar una misma cosa: sentido y significado. ¡Aquí está la cuestión! No son la misma cosa. Sentido es cómo comprendemos la realidad; la esencia de la realidad. Un aspecto netamente individual para el que no existe lenguaje en el mundo que pueda expresarlo cabalmente. Significado en cambio es la sublimación del sentido y como tal, la transformación de lo que surge de nuestros instintos o sentimientos primarios, en una actividad moral, intelectual y socialmente aceptada.

Visto nuestro lenguaje desde la superficialidad del significado, es razonable que tenga, en apariencia, poco que ver con la realidad que le dio origen; surgiendo así, el discurso de la ‘normalidad’.

Este discurso de la ‘normalidad’ debe ser trocado por el discurso de la ‘complejidad’; es decir, la consideración complementaria sentido/significado, si se quiere alguna vez, comprender nuestro más preciado logro evolutivo.

junio 22, 2008

¿Por qué no hablan los monos?

Desde que Darwin nos diera ‘letra’ para la metáfora, consideramos la vida como una larga cadena (la evolución) en cuyo último eslabón nos ubicamos; mientras que el primero, permanece aun sumido en las frías tinieblas de un profundo abismo. Esta pintoresca figura, que podría trocarse por la de un árbol si quisiéramos ser más técnicos, nos permite tener una visión del conjunto (disjunto) que llamamos ‘vida’.

Esta cadena a la que aludíamos, no se encuentra erguida sin ningún sustento sino que pende de la base de un trono, al cual nos hemos encaramado para, y oficiando de semidioses (o dioses ‘dedicación exclusiva’), contemplar todas las otras formas (‘inferiores’) de vida que nos acompañan en este viaje metafórico.

¿Qué fue lo que pasó? O mejor: ¿De qué dependió que solo uno de los ‘viajeros’ anticipara el final del viaje? Simplemente lo que pasó es que el ‘dios’ (el dueño) de esa cadena (de la evolución): HABLA.

Esto último que en apariencia le da ‘carne’ a la metáfora ¿es realmente la causa eficiente de tal supremacía? ¿No sería posible que nuestro lenguaje sea nada más que una expresión emergente de otra sutil y más básica diferencia? Esta última pregunta tiene varias respuestas positivas espontáneas que seguro ya se le han ocurrido a usted mientras la termina de leer: la genética, la anatomía del aparato fonador, la sociedad humana, la cultura forjada en tal sociedad, la inteligencia, etc., etc.

¿Y si le dijera que es posible que nada de lo dicho anteriormente haga a la verdadera diferencia?

Sin entrar en sesudas disquisiciones lingüísticas vamos a dejar claro, qué entendemos por lenguaje.

Según se lo enfoca en estas líneas el lenguaje es una herramienta; un organón utilitario que permite comunicarse. ¿Comunicarse para qué? ¡Comunicarse para sobrevivir! Por tanto aquí, poseer el manejo de un lenguaje y expresarse a través del habla, no son sinónimos.

Planteadas así las cosas, todo ser vivo posee un lenguaje; la vida es un lenguaje; un lenguaje universal que marchando al unísono con toda la realidad que lo acompaña, permite que una diversidad infinita, de la que el hombre es una pequeña ‘irregularidad’, se exprese.

Volviendo a la metáfora que nos permitiera Darwin, vemos que la hemos transformado en un cuento digno de Carroll en donde, la irrealidad de los personajes no hace a la trama, sino todo lo contrario. Quiero decir que suena más a ‘literatura del absurdo’ que a tratamiento científico, la cuestión del lenguaje, cuando se pretende explicar que esta ‘bendición’ que nos hace humanos, tiene sus orígenes en nuestros ancestros. Esto da pie para que aparezcan cosas como éstas: “Ciertos primates usan en su comunicación manos y pies de manera más flexible que la expresión facial y la vocalización, lo que respalda la teoría de que el lenguaje humano comenzó con gestos “ ( Proceedings of the National Academy of Sciences ).


El entender el lenguaje como un medio de expresión y de comunicación no quiere decir que debamos estancarnos en la consideración, aparte del habla, de los sonidos y gestos como predecesores de nuestro lenguaje. Ni tampoco quiere decir que debamos considerar solo estas posibilidades de expresión.

Hay ciertos aspectos que los lingüistas han establecido como patrimonio absoluto del lenguaje humano. Entre estos podemos mencionar: a) siempre comunica cosas nuevas; b) distingue entre contenido y forma; c) se emplea con una intención; d) lo que se comunica puede referirse tanto al pasado, al presente como al futuro y e) se transmite de generación en generación.

Con una argumentación lógica adecuada no es difícil demostrar, que un lenguaje universal como el que se propone aquí, cumple perfectamente con estas premisas y por tanto, no sirven para caracterizar adecuadamente nuestro lenguaje y mucho menos, para explicar de dónde viene.

El lenguaje humano sin dudas es un resultado evolutivo. Esta afirmación no obsta para que se busque una alternativa para su explicación y no se siga insistiendo en querer derivarlo de una ‘destreza humana’ enseñada (premio/castigo mediante) a un pobre bonobo que tiene más ganas de treparse a un árbol y quizás disfrutar de una buena siesta, que soportar variopintas ‘señales digitales’ que no le interesan porque no las comprende.

Intentaremos hacer una arqueología del lenguaje pero no pretendiendo averiguar cómo surgió el lenguaje articulado; es decir, no buscando un protolenguaje sino, haciendo uso de los principios de una ciencia social autónoma como es la Arqueología. Si seguimos el camino de tratar de establecer la existencia de una gramática universal y para ello nos valemos de los ‘hitos’ que parecen jalonarla (presuntos símbolos manejados por algunos animales, logros en el adiestramiento de animales (simios, loros), ‘sintaxis’ enseñada en el laboratorio a los bonobos, etc.), hacemos de esta arqueología un auxiliar histórico que pretende desenterrar con evidencia fabricada, aquellos períodos de la evolución del lenguaje que no están lo suficientemente iluminados por las fuentes escritas. La Arqueología es una disciplina que estudia las sociedades a través de sus restos materiales, sean estos intencionales o no (Wikipedia); pero aquí, en vez de enfocarnos solamente en los seres humanos a través de su cultura material o psicológica, orientaremos nuestro interés hacia todas las forma vivas y trataremos de arrojar alguna luz sobre nuestro lenguaje, dejando ver que es posible que él, como manifestación social, haya surgido de un lenguaje (no articulado) común a toda la vida.

El lingüista alemán August Schleicher, a finales del S. XIX, propuso la idea de que los idiomas tenían un patrón evolutivo similar a las especies de los seres vivos (inspirado en Darwin, obviamente). Esta idea (con otras connotaciones) nos ayudará a entender hacia dónde apuntamos.

Como toda elucubración que aquí se haga está basada en los seres vivos, comenzaremos por dividirlos (caprichosamente) en tres grandes grupos (o especies, si se me permite la osadía): A. Microorganismos y Plantas (compuestos por una o más células pero sin Sistema Nervioso Central (SNC)); B. Animales (pluricelulares con SNC) y C. el Hombre.

Dijimos que la vida es un lenguaje; es más, vamos a afirmar lo inverso: el lenguaje es vida. Lenguaje es una sintaxis funcionarizada; entendiendo sintaxis como una estructura relacional entre elementos. La sintaxis del lenguaje surge de la realidad. Esta realidad la podemos enmarcar en tres ejes de complejidad creciente: a) Estructural; b) Dinámico y c) Funcional.

Se postula un compromiso entre los ejes de la realidad y la estructura protopsíquica/psíquica de los seres vivos, el cual da sustento a la sintaxis del nivel de lenguaje que dispone cada una de las especies descritas anteriormente.

Así, en la especie A predomina un lenguaje táxico (de los taxismos de Lorenz) cuya sintaxis es una relación monádica; solo ‘perciben’ el cambio (tomando a la percepción como un primer nivel de representación). Es decir, solo se manejan sobre el eje estructural de la realidad, y por tanto su lenguaje es muy simple y tiene que ver con la acción: p.e. aproximación – huída. Dicho de otro modo: el lenguaje táxico es una respuesta a lo estructural de la realidad y esto es suficiente para sobrevivir. La especie A comunica acciones. Es conductual.

En la especie B (animales no humanos) predomina un lenguaje sígnico (de signo en el sentido lato), cuya sintaxis básica es diádica; perciben por un lado la acción (recuerdo filogenético del nivel o especie inferior) y por otro ésta acción que relaciona dos objetos. Los integrantes de esta especie están capacitados para aprender a manejar el aspecto dinámico de la realidad. Su lenguaje sirve para comunicar conductas innatas (origen del instinto – pulsión). En otras palabras, el lenguaje sígnico es una respuesta a lo dinámico de la realidad; o sea al discurrir del tiempo. La especie B comunica acciones e instintos. Es conductual e instintiva.

En el Hombre predomina un lenguaje simbólico (de símbolo en el sentido de signo interpretado), cuya sintaxis básica es triádica; percibe la acción (cambio) como tal (resabio del nivel A) por lo cual p.e. puede comunicar: amor/odio; le asignan un sentido dinámico (recuerdo del segundo nivel) asimilando la permanencia y otorgando identidad (lo que le posibilita la comunicación social) y relaciona, como fuente de ese cambio, a un sujeto (al cual puede identificar) con un objeto, que es considerado destinatario de tal cambio. El Hombre está capacitado para aprender y manejar el aspecto funcional de la realidad. El lenguaje simbólico es una respuesta a lo funcional y así comunica acciones, instintos y pensamientos. Es por tanto: conductual, instintivo y racional.

El manejo del aspecto funcional de la realidad es el factor clave del por qué, los animales no humanos, no pueden manejar un lenguaje humano o simbólico. Los animales no humanos son incapaces de percibir este aspecto real y por tanto no necesitan hacer uso de un lenguaje simbólico para comunicarse, ni para ‘comprender’ la realidad con fines de supervivencia.

Un chimpancé no habla como un humano no solo porque su órgano fonador no se desarrolló lo suficiente, sino porque su psiquis (más básica y rudimentaria) no tiene la capacidad de simbolizar al no percibir lo funcional. A lo sumo y con mucho trabajo, se puede lograr que ‘aprenda’ una destreza que se sostiene en la memoria, que por supuesto tiene pero, eso solo, no habilita para suponer que el lenguaje humano se originó en las especies inferiores y luego evolucionó hasta llegar al Hombre. El lenguaje humano es un acopio filogenético (la ontogenia recopila la filogenia) y su última etapa no deriva de una especie inferior sino que es un patrimonio exclusivo del Hombre. No es un producto del proceso lineal de la selección natural, sino de la autopoiesis (su auto-producción). Lo que sí aparece como evidente, luego de las aproximaciones hechas, es que nuestro lenguaje tendría rastros de las etapas anteriores y daría la impresión de estar ‘compuesto’ por ‘capas’: un núcleo táxico, una capa media (interna) o sígnica y una capa superficial (externa) simbólica; disposición esta, que le permitiría comunicar emociones, sentimientos, deseos, ideas, pensamientos y conceptos. La aparición de las distintas ‘capas’ está supeditada a la evolución psíquica que no representaría otra cosa que la adaptación al manejo de una complejidad creciente, que exige distintas alternativas para sobrevivir y que, necesariamente para ser comunicadas, deberían adquirir una estructura, una dinámica y una funcionalidad homóloga a la realidad circundante.

Este enfoque de nuestro lenguaje es estrictamente semiótico (entendiendo por semiosis al proceso de reconstrucción de un sistema; o lo que es lo mismo, un ‘aprendizaje’ de la complejidad del mundo circundante en que vive un determinado sujeto, dotándolo de sentido) y en tal dirección, cobran enorme relevancia las Dimensiones y niveles de semiosis que nos legara Charles Morris en su seminal trabajo, publicado en 1938, “Fundamentos de la teoría de los signos” y en el que estableciera la existencia de relaciones diádicas entre los componentes semióticos. De esta manera quedaron establecidas y para siempre, las dimensiones sintáctica (estructural), pragmática (dinámica) y semántica (funcional) de la semiosis.

Tras todo lo dicho quizás deberíamos cambiar la pregunta que oficia de título de este escrito por la siguiente: ¿Para qué querrían hablar los monos?

junio 14, 2008

Numeración Binaria

Un hecho cotidiano como el que está ocurriendo en este instante,en el que usted está leyendo este artículo, presupone un fenómeno casi mágico y misterioso que permite una comunicación fluida con todo el mundo desde un lugar cómodo de nuestro hogar o lugar de trabajo. ¿Qué es lo que permite este ‘casi’ milagro?

Pocas cosas en la historia de la humanidad y de su cultura han tenido la relevancia que ha adquirido en estos tiempos, un código: la Numeración Binaria.

No existe ningún milagro sino el hecho de haber elegido una convención para representar determinados fenómenos. A no dudarlo que fue una elección prodigiosa.

¿Por qué se eligió? ¿Qué significa binario? ¿De dónde proviene? ¿Alguien lo inventó?

En las próximas líneas trataremos de dar respuesta a estos interrogantes y mostrar algunas particularidades que rodean al tema.

En primer lugar y para allanar el terreno, definiremos sucintamente algunos términos técnicos, para que no dificulten la aprehensión de la sutil belleza de este particular código.

Código: Algo que puede adquirir cualquier forma pero que, en general, se lo puede considerar como una relación entre dos conjuntos de símbolos establecida mediante una transformación de acuerdo a una determinada regla.

Toda información inteligible para el hombre consiste en un conjunto de símbolos (Cassirer llamó al hombre: el animal simbólico), de los cuales los dígitos del 0 al 9 y las letras del abecedario forman la parte más importante.

Símbolo: Es la representación perceptible de una determinada realidad, que asocia rasgos diversos ligados por una convención socialmente aceptada. Nuestro lenguaje, por ejemplo, es un símbolo.

Sistemas de numeración: son conjuntos de dígitos usados para representar cantidades. Decimal, binario, octal, hexadecimal, romano, etc. son ejemplos de estos sistemas. Los cuatro primeros se caracterizan por tener una base b (número de dígitos diferentes que los constituyen: diez, dos, ocho, dieciseis respectivamente) mientras que el sistema romano no la posee. Los sistemas de numeración que poseen una base cumplen con la denominada notación posicional, es decir, la posición de cada número le da un valor o peso. Así el primer dígito de derecha a izquierda tiene un valor igual a b veces el valor del dígito, y de esta manera el dígito tiene en la posición n un




donde A = dígito y * = producto

Por ejemplo:
digitos: 2 5 1 9
posición: 3 2 1 0
entonces, aplicando la fórmula da: 2000+500+10+9 = 2519

Código ponderado: es todo sistema de numeración que tenga una base, por existir una relación aritmética entre el código y la notación decimal.

Código binario: Es el sistema de numeración más simple ya que solo posee dos dígitos: 0 y 1.

Bit: Surge de la contracción de la expresión inglesa: binary information digit (dígito de información binaria).

Byte: Al conjunto de 8 bits. En la jerga informática a un conjunto de bytes, se lo denomina palabra y sirve para cuantificar por ejemplo, la capacidad de un computador a la hora de dar significado a un determinado código. Mientras más larga la palabra que pueda manejar, mayor capacidad de codificación, mayor velocidad de proceso y por tanto, mayor potencia.


Un poco de historia

Si bien se le asigna al matemático hindú Pingala el haber presentado por primera vez un sistema binario en el S. III a.C., ya desde los albores de la Filosofía Occidental como, desde mucho antes, en la Filosofía Oriental y en prácticamente todas las cosmogonías de los pueblos más antiguos de los que se tenga registro, se invoca el sistema binario para caracterizar distintos aspectos de la realidad. Este ‘binarismo’ no solo se hace evidente en el terreno cultural o religioso sino también en la vida diaria; detalle este último que sigue hoy y seguirá por siempre siendo evidente (día/noche, luz/oscuridad, frío/calor, etc.) y con las mismas características; es decir, los dos elementos constitutivos del par, guardan una relación particular: son opuestos, excluyentes y complementarios. En otras palabras, uno es el reverso del otro; si uno está el otro no y finalmente, tenidos en cuenta ambos, forman una unidad.

Otra es la historia cuando lo binario es considerado como sistema de numeración y es abordado desde el punto de vista aritmético.

Thomas Hariot (1600), matemático inglés, fue el primero en registrar el uso de un sistema binario.

Francis Bacon (1623) publica en su De Augmentis Scientarum el primer código binario conocido para las letras del alfabeto.

Juan Caramuel y Lobkowitz (1670) obispo de Roma, fue el primero en publicar ejemplos específicos de representación de números de base 2. La desaparición de esta publicación hizo que Leibniz fuera aclamado como el descubridor de los sistemas binarios 33 años más tarde.

Gottfried Leibniz (1697) escribe una carta al Duque de Brunswick sobre el sistema binario. Inconsciente de la existencia del trabajo publicado por Lobkowitz y del trabajo no publicado de Hariot, descubre el sistema binario por sí mismo y fue mencionado este hecho en su correspondencia privada durante aproximadamente una década. En la carta al Duque le sugiere que se acuñe un medallón para conmemorar tal descubrimiento (inclusive le envía el diseño pormenorizado), algo que por supuesto no es concedido.


Leibniz (1703) en su artículo “Explication de l’arithmetique binaire” aparecido en el volumen de 1703 de Memoires de l’Académie royale des sciences (p. 85-89) hace una descripción formal de esta nueva aritmética y pone de manifiesto el hecho de haber servido para descifrar el código oculto en los hexagramas chinos del I Ching. Como dato curioso debemos decir que en un comentario editorial escrito por Fontenelle, en el volumen del año 1703 de Histoire de l’Académie royale des sciences, Leibniz es aclamado como el descubridor de la nueva aritmética y el mismo comentario, identifica a Lagny, que había presentado un par de trabajos en el mismo volumen de las Memoires, como el descubridor simultáneo del sistema binario.



En 1946 con la construcción del primer computador electrónico digital (ENIAC) en Filadelfia, que si bien no usaba un sistema verdaderamente binario, quienes tuvieron a cargo su diseño, sentaron las bases para que en diseños posteriores, evolución teórica y práctica mediante, se comenzara a utilizar el sistema binario para representar números dentro de los computadores. Esto ocurrió en la década de 1950.

Lagny (1703) vió en el sistema binario una herramienta de cálculo que le ayudaba a resolver problemas de navegación. Leibniz (1703) en cambio, soñaba la nueva aritmética como la llave para lograr avances teóricos. Con el correr del tiempo, los hechos apoyaron la visión de Lagny pero las nuevas investigaciones están reivindicando a Leibniz.