abril 19, 2015

Una vez más la apariencia oculta la trascendencia

Así dejó su oficina en Princeton, Albert Einstein, el día de su muerte (18/04/1955). Varios Journals abiertos, alguna que otra correspondencia sin abrir, un par de libros esperando a ser consultados, su pipa, una fotografía de algún lugar, probablemente, de la misma ciudad y una nota a medio hacer, son los mudos testigos de ese día, en que a los 76 años y víctima de una insuficiencia cardíaca, nos dejara quien aportó con su imaginación y creatividad una nueva perspectiva desde la que observar nuestro universo.

Una nota en BBC Mundo de hoy nos cuenta el periplo, que hace 60 años, inició el cerebro de Einstein, que según variadas historias que yo recuerdo desde que era adolescente, se tejen alrededor de esta supuesta misión recuperadora de los secretos que guardaba Einstein en su cerebro.

Este planteo es tan ingenuo, como si pretendiéramos descubrir lo que Einstein estaba pensando en el mismo momento en que se levantó por última vez de su sillón, o sacar una conclusión en función de leer todas las páginas en donde estaban abiertas las revistas, o tratando de completar el siguiente punto en la nota que quedó inconclusa.

Los estudios anatómicos que se realizaron sobre el cerebro de Einstein, tanto macro como microscópicos, no arrojaron ningún elemento, como era de esperar, que nos orientara en cómo es el cerebro de un genio.

Su peso es el normal, el supuesto desarrollo diferencial de sus lóbulos no puede contrastarse con casos similares, por lo tanto, carece de valor, y las especulaciones se desmoronan, dado que no hay ninguna evidencia que demuestre una relación estrecha entre pensar en cuestiones complejas y la estructura cerebral evidente.

La única forma de averiguar si hay alguna diferencia entre el cerebro de Einstein y el de cualquiera de nosotros, sería si pudiésemos escudriñar, no sus circunvoluciones, ni sus células gliales, o sus mismas neuronas, sino la estructura psíquica. Si bien la psiquis asienta en el cerebro, no es el cerebro; es una necesidad vital que tiene como función 'sostener' el reconocimiento del límite (frontera) entre lo interior y lo exterior, y relacionar tal conocimiento con el entorno. El ser capaz de tal reconocimiento y de establecer esas relaciones, la faculta para ser además, la residencia permanente (pero virtual, puesto que desaparece con la muerte) de los aspectos subjetivos fundamentales, ya sean estos volitivos o cognitivos.

Las particularidades psíquicas del cerebro de Einstein se fueron con él y para siempre; y una vez más desde la apariencia anatómica se pretende, sin éxito, poner en evidencia lo único trascendente del ser humano: su pensamiento.