octubre 12, 2013

Historia de la Lógica Transcursiva (Introducción)

Esta historia tiene día y hora de nacimiento: Jueves 8/11/2001-10:30 hs.

Si bien hay una 'historia oficial' (siempre la hay en cualquier orden de la vida, por razones varias) que saldrá publicada en mi próximo libro: Tratado de Lógica Transcursiva, que ya he comenzado a escribir; hay una historia mucho más real (siempre la hay, aunque generalmente ocultada por varias razones) y más humana que he decidido dar a conocer, por este medio, a partir de mañana a lo largo de 365 capítulos.

Efectivamente, durante un año a partir de hoy voy a contar, casi textualmente, lo que ocurrió en mi vida académica y no académica durante los últimos 12 años; acontecimientos que dieron origen a una Tesis Doctoral y dos libros, además del extraordinario e inusitado fenómeno de que mi nombre asociado a este desarrollo ya haya viajado en solo dos años, gracias a Internet, por todo el mundo, y haya recibido comentarios (en general elogiosos) de profesionales de los que nunca pretendí conocer más allá que sus publicaciones en donde me nutrí, pero que ahora he tenido el inmenso placer de poder departir con ellos sobre estos temas.

Lo del relato literal me será posible, no porque tenga una memoria prodigiosa que me permita recordar los detalles de lo ocurrido por más de una década, de hecho a veces no recuerdo lo que hice en los últimos 10 minutos (así de distraído soy), sino porque llevé un registro minucioso, día a día (así de obsesivo soy) de todo lo que hacía, en 15 cuadernos (figura) que completan alrededor de 2200 páginas manuscritas y garabateadas con esquemas que fueron surgiendo espontáneamente, y que iban expresando, más allá de mis variados estados de ánimo a lo largo de todo este tiempo, la emergencia de algo que con el tiempo se transformó en casi una doctrina, que exigía el derecho de ingresar a la ciencia tradicional.


Lo curioso de esta historia real que hoy comienzo a narrar es que, en sus comienzos, no tuvo como objetivo lograr lo que se logró, sino que se dio motivada por razones de vida, que no detallaré (porque me es más saludable evitar dirigir la mirada hacia un pasado cargado de oprobios), pero que fueron gravitantes a la hora de 'encausar' mi mirada hacia un sector del conocimiento humano que ha desvelado a un sinnúmero de mentes brillantes durante más de 2500 años.

Todo comenzó aquel Jueves a media mañana, café de por medio, y con la ansiedad de aprender a 'perder' el tiempo, pues desde hacía dos meses, los Martes y Jueves y los demás días hasta las 10:30 (a los 52 años), los tenía libres, forzosa y tontamente libres; algo que no podía compartir con mi familia, por aquello de evitarle disgustos innecesarios. Reunido con un colega, que por razones más naturales, también estaba aprendiendo las sencillas reglas del ocio, comencé a tratar de dar sentido a aquella situación que se me antojaba ridícula y preñada de desesperanza. Psicoanalista de profesión, mi colega me propuso empezar a leer sobre el tema de su especialidad, supongo que tratando de 'analizar' las causas de mi aparente y transitorio fracaso; algo que en el fondo, debo agradecerle pues logró interesarme en un tema fascinante: la obra de Sigmund Freud, del que, hasta ese momento, solo tenía muy escasas referencias.

Bueno, lo que viene lo cuento mañana en el primer capítulo de esta historia real.

Por ahora, solo unos pocos datos biográficos. Nací en el estado provincial más importante del oeste argentino, Mendoza, en Enero de 1949. Cursé mis estudios primarios y secundarios en diversos colegios del Gran Mendoza, dada la tendencia nómade de mi padre. Con 18 años ingresé a Medicina en la Universidad Nacional de Cuyo, de gran prestigio nacional e internacional, por entonces. En 1974, a los 25 años, me recibí como médico general y comencé a hacer las prácticas en un hospital general, en la especialidad de Cardiología. En aquel tiempo no existían las posibilidades actuales para formarse en una especialidad, por tanto, luego de tres años de práctica, se me reconoció la idoneidad suficiente como para actuar por cuenta propia. A los pocos días de comenzar la historia que les voy a relatar, recibí el título de Médico Especialista en Cardiología Clínica, como producto de un postgrado de tres años que recién pude concretar pasados los 50 años de edad, y 25 de profesión.

En esa ventajosa situación profesional me encontraba, mientras agonizaba ya el 2001, aunque con algunos inconvenientes de salud y laborales, que menoscabaron la satisfacción de haber concretado (a destiempo) un sueño largamente acariciado. Los problemas de salud fueron pasajeros, y aunque aún persisten, están controlados; pero los laborales, enquistándose se hicieron crónicos. Concretamente, a los 52 años me despidieron de mi trabajo, la fuente principal de ingreso familiar, por razones que no vale la pena recordar, porque aún me hacen daño. Quedé solo con trabajos menores (muy mal pagos): hacía electrocardiogramas a domicilio (algo que todavía conservo) y mantenía un sistema administrativo computarizado que yo mismo había creado para el servicio de Hemodinamia del hospital desde donde me habían echado, dados mis avanzados conocimientos en Computación; profesión agregada que ejercía en los tiempos libres que me dejaba la medicina, desde hacía 15 años. Completaba el cuadro laboral, un magro y descuidado consultorio particular, que ante esas circunstancias, me vi en la obligación de reflotar. Cambié mis horarios de consulta a tres veces por semana a partir de las 10:30 hs; claro que, de casa, salía todos los días a las 7 hs. como de costumbre, como si nada pasara; no podía embarcar a mi familia en la incertidumbre por la que estaba pasando, producto de la animosidad aviesa de algunos seres despreciables, y de mi generosa ingenuidad. Es decir que, Lunes, Miércoles y Viernes, me enclaustraba desde las 7 a las 9:30 en algún café del centro a leer para que pasara el tiempo y luego hasta las 12:30 en el consultorio; mientras que los Martes y Jueves, hacía el mismo periplo matinal, pero lo completaba perdiendo el tiempo con mi colega hasta que se hiciera hora de la supuesta salida del hospital, al que ya no concurría, y al que nunca más volví; habiéndose terminado para mí la vida hospitalaria que tanto quería y a la que dediqué muchas horas robadas al descanso y a la familia.

Hasta aquí el panorama que dio origen a esta historia. En cuanto a los antecedentes, solo uno que dejó el sabor amargo de la inexperiencia y de la confusión que entonces me empujaban a cumplir con una meta que me había propuesto: hacer una Tesis Doctoral antes de los 40 años. A los 36 presenté un proyecto, del que no vale la pena ni acordarse, que no fue nada más que eso; un proyecto de nada, el que por supuesto fue ruidosamente rechazado; situación que influyó lo suficiente como para que por casi 20 años, no me ocupara del tema.