octubre 16, 2013

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 4)

Cuaderno I (páginas 19 a 26)

Martes 11 de Agosto de 1982, guardapolvo en mano y a las 7 de la mañana, me presento en el despacho del Director del Hospital de la Obra Social Provincial, porque fue aceptada mi solicitud para ingresar como Cardiólogo en esa institución. Pasadas dos horas, finalmente se me da la bienvenida y me acompañan al servicio para presentarme a quien será mi jefe, a los colegas que tendré como compañeros de tarea y al personal auxiliar. ¡A mis 33 años, hoy es el día más feliz de mi vida profesional, después de que me recibí, porque volvía a tener un ingreso estable y una protección segura para mi familia, además de la posibilidad de seguir aprendiendo con un buen nivel!

Hoy cumplo ocho meses trabajando en el Servicio de Cardiología, y cuando ingreso, esa mañana, a la sala de médicos que compartimos con Clínica Médica, servicio este que es una unidad docente de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Cuyo (donde yo me recibí en 1974), encuentro sobre el mesón una circular que procedía del Departamento de Postgrado de la Facultad. Porque no puedo con mi curiosidad, comienzo a leerla. Allí y a primera vista, nació el segundo amor de mi vida, la posibilidad de realizar una Tesis Doctoral. Se ofrece en ese escrito un curso preparatorio en Filosofía, que es una de las exigencias necesarias para quienes pretendan hacer un doctorado en nuestra Universidad.

Es la hora 8 en punto de una agradable mañana de Abril; me encuentro sentado en una butaca del Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras, esperando a un Profesor que viene desde Buenos Aires, para dictar el curso de aproximación a la Filosofía. Habían pocos lugares ocupados todavía, aparte del mío, sin embargo advierto que se sienta a mi lado, en la butaca de la izquierda, un joven visiblemente menor que yo, al que no conocía. Intercambiamos algunas palabras respecto a la poca puntualidad del conferencista e hicimos alguno que otro chiste anodino al respecto.

Primer descanso luego de una soporífera y sesgada introducción a la Filosofía. Estoy departiendo, café de por medio, como mi ocasional a látere, que resulta ser un colega que trabaja en Clínica Médica y que había ingresado a la Obra Social, el mismo día que yo. Yo no lo ubicaba, pero él a mí, sí, por esa razón se sentó a mi lado ni bien llegó. [Este encuentro, tal vez fortuito, tal vez no, cambiaría radicalmente y en igual medida, tanto mi vida profesional como personal]

Por fin han pasado ya los dos meses de un curso de Filosofía religiosa, diría yo, y hoy estoy esperando que me corresponda defender el trabajo final para aprobar el curso, que trata sobre un posible proyecto de investigación para optar al título de doctor. El Profesor porteño pronuncia mi nombre desde la puerta abierta del cubículo que le habían asignado para que diera el resultado de su evaluación sobre los 'proyectos'. Ni bien ingreso, me tropiezo con la silla en donde fui invitado a sentarme, muy próxima a un pequeño escritorio sobre el que se encontraba mi 'proyecto', el que reconocí por la carpeta de folios con lomo de rutilante color amarillo patito (no tenía otra disponible), que había elegido para colocar el trabajo. A través de su tapa transparente se dejaba ver, en forma invertida, un 'OK' escrito en tinta azul con trazos violentos y rígidos. - ¿Por qué eligió este difícil tema para hacer el trabajo final? - Me pregunta el Profesor. El trabajo se titula: El lenguaje como sistema [¡sin dudas, premonitorio!]. He tratado de defenderlo como he podido, y parece que no lo hice tan mal, porque luego de 15 minutos eternos, me dice, - Bueno, está bien, debemos convenir que Ud. es un poco fantasioso en sus apreciaciones, pero su trabajo tiene una lógica y una coherencia que me gustan, por tanto se lo doy por aprobado; que tenga mucha suerte en su investigación - Saludándolo cordialmente, me retiré.

Afuera me está esperando mi amigo, sí el joven colega que conocí hace dos meses, pero con el que, innumerables coincidencias de por medio, ha nacido una amistad muy intensa y espontánea. Nos retiramos del lugar a tomar un café y a fumar un cigarrillo para festejar.

He tocando el portero del segundo B, del consultorio de mi 'estimado colega', varias veces y por lo visto, no hay nadie allí. Comienzo mi búsqueda de un café en donde leer y escribir un rato, o un par de horas, según tenga ganas. Finalmente, luego de caminar bastante, me siento a la mesa de un bar algo lúgubre y perdido entre las calles secundarias del centro. Ni bien pido mi café, comienza a sonar una música callejera en forma estridente que hiere mis oídos. Llamo a la niña que me atendió y le solicito que por favor disminuya ese nivel de ruido (¡porque eso no era música!). De muy mala gana accedió.

Pasado el mal momento (me molesta mucho cuando la gente no respeta sus límites de convivencia), trato de concentrarme en el tema que me sigue ocupando, las RNA. He encontrado un modelo, el de Resonancia Adaptativa (ART) de Grossberg que utiliza un interesante mecanismo de aprendizaje competitivo.

Una red ART consta de dos capas entre las que se establece conexiones hacia adelante y hacia atrás. Las neuronas de la capa de salida tienen conexiones autorrecurrentes (con peso +1), y se encuentran completamente conectadas entre sí a través de vías laterales de inhibición (con peso negativo) que permiten establecer la competición entre ellas. Una representación topológica alternativa de esta red, mucho más acorde a lo que estoy buscando, sería el sistema compuesto por un subsistema de atención y un subsistema de orientación (figura)



La función del subsistema de atención es la de reconocimiento y clasificación. Aquí se localiza la memoria de largo plazo (LTM), constituida por los pesos de las conexiones entre las neuronas de entrada y de salida, y que confieren a la red la estabilidad necesaria para su funcionamiento. Como complemento existe una memoria de corto plazo (STM) localizada en la entrada (ne) y en la salida (ns) que le da a la red la capacidad de 'recordar' aspectos más inmediatos, mediante la retención temporal de los valores de entrada.

Otro componente importante de este tipo de red es el control de ganancia de la atención, que actúa sobre las neuronas de entrada para estabilizar el funcionamiento global de la red, aumentando la sensibilidad o grado de atención de estas neuronas.

El sistema de orientación se usa para detectar si la información de entrada pertenece o no, a una determinada categoría conocida para la red, para lo cual se calcula el % de semejanza entre dicha información y el representante (prototipo) de cada categoría almacenada en la LTM, que deberá ser mayor al denominado parámetro de tolerancia (p). Si no es así, este subsistema resetea (pone a cero) la neurona 'vencedora' de la capa de salida y prueba con otra categoría. Si ninguna es suficientemente parecida se crea una nueva clase, de la que será un prototipo, la información de entrada.

Por tanto, el subsistema de atención realiza la tarea de reconocimiento, buscando la categoría a la que pertenece la entrada, mientras que el subsistema de orientación actúa sobre el primero, permitiéndole responder a las entradas no pertenecientes a ninguna categoría, creando para ellas, nuevas clases. [interesante, ¿no?; sobre todo porque veremos según avance la historia, que este es, más o menos, el modelo que adoptaron las Ciencias Cognitivas como representante del procesamiento que lleva a cabo el cerebro para elaborar el conocimiento. Vemos claramente que es un invento ingenioso, pero nada más]

¡Nos conectamos mañana!