julio 02, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 263)

Cuaderno XI (páginas 1579 a 1584)

(En el capítulo de hoy veremos la primera parte de un trabajo sobre (Des)cortesía que tuve que escribir para aprobar un curso sobre "(Des)cortesía Contrastiva" que se dictó en nuestra Facultad, como parte del entrenamiento previo a presentar la Tesis Doctoral. El curso se desarrolló entre el 10 y el 13/9/2008. El trabajo fue remitido en Noviembre del 2008 y aprobado; en él, obviamente, se incluyen los ya avanzados logros de mi investigación)

(DES)CORTESÍA LINGÜÍSTICA COMO ESTRATEGIA EVOLUTIVA
Dante Salatino


INTRODUCCIÓN
El propósito del trabajo es plantear una visión algo distinta respecto del estudio del lenguaje en uso. Para tal fin se analiza un aspecto eminentemente pragmático como lo es la (des)cortesía y a través de su análisis se pretende poner en evidencia la importante relación que guarda el lenguaje con el aspecto conductual. Se sugiere y se intenta fundamentar que, tal como lo es la conducta, el lenguaje también es un logro evolutivo que se revela en todas sus manifestaciones; entre ellas, la (des)cortesía.

Sin considerar las implicancias que la biología tiene en el origen del lenguaje humano, el uso cotidiano en cualquier lugar de la tierra, hace evidente su profundo arraigo social y cultural. Tal extensión torna dificultoso cualquier intento de análisis de aspectos particulares que, por estar fuertemente atados al contexto cultural, se diluyen en la trama social a pesar de ser la emergencia de un fenómeno universal. Esta discrepancia quizás pueda abordarse analíticamente si se reconoce al lenguaje natural en uso, como una manifestación superficial.

¿Qué debemos entender por superficial?

Tomemos como comparación algún fenómeno físico, que como la cultura, tenga una distribución regional sin límites precisos y cuyo comportamiento no sea predecible; por ejemplo: el clima. En él, ubiquemos algo, que como el lenguaje, sirva como elemento comunicativo intra e intercultural; por ejemplo: el océano. Finalmente, especifiquemos algún elemento que como la sociedad, sirva como sustrato principal de su acción y condicionamiento; por ejemplo: la tierra continental.

Aceptando por un momento la licencia metafórica, y tal vez analizando muy someramente los condicionantes climáticos, podemos vislumbrar porqué caracterizamos al lenguaje en uso, como un fenómeno superficial de la cultura.

El clima es un sistema complejo que difícilmente sea posible de determinar con solo dos variables, como lo hemos planteado. En aras de la simplicidad, consideraremos solamente dos de los factores relevantes y evidentes, aún para el lego, que influyen notoriamente en el clima.

El agua interconecta todos los lugares del mundo, por ende las corrientes oceánicas desplazan el agua por todo nuestro planeta. Dado que el océano absorbe calor y lo desprende, más despacio que la tierra, puede calentar o enfriar el ambiente, gracias a la circulación de brisas marinas. El calentamiento diferencial de la superficie terrestre y de las masas oceánicas con las correspondientes variaciones de presión provocan vientos. En el continente estos vientos condicionan la aparición de precipitaciones (con variaciones importantes de temperatura y humedad), y en el océano, entre otras cosas, forman olas que ponen en marcha corrientes superficiales (de arrastre) que viajan grandes distancias, desde las regiones más cálidas hasta las más frías del globo y viceversa.

Con la modesta descripción anterior hemos tratado de dejar constancia de la mayoría de las percepciones que tenemos de los fenómenos climáticos, dependiendo del lugar en dónde estemos, con una explicación muy burda de los fundamentos físicos de estos fenómenos pero que es suficiente como para entender medianamente, el importantísimo papel que juega el océano. Estamos en la misma situación respecto al importantísimo papel que juega el lenguaje en la cultura. Hemos llegado a establecer una grosera similitud y en ambos casos, observando solo los aspectos ‘evidentes’ de cada elemento.

Nos equivocaríamos, y mucho, si concluyéramos que por el solo hecho de observar la superficie del océano, con sus irregularidades y sus desplazamientos, podríamos ‘entender’ el clima de otras regiones e inclusive el de nuestro lugar. Si esto fuera todo respecto del clima, las regiones ecuatoriales estallarían en llamas y las regiones cercanas a los polos se congelarían. Nada de esto ocurre (todavía) por tanto debe haber algo más. Efectivamente, la masa de agua superficial que se moviliza representa solo el 10% del total del agua oceánica. El 90% restante también se desplaza pero lo hace en las profundidades (fenómeno no observable a simple vista). Esta actividad profunda es imprescindible para mantener el equilibrio que permite la vida sobre la tierra. Con todo esto tratamos de decir que en el lenguaje, lo mismo que en el océano, debe haber una importante ‘actividad profunda’ que explique sus características. Esta actividad subyacente por no ser evidente faculta que el análisis de lo ‘visible’ de cuenta de su importancia como medio comunicativo y de su incidencia socio-cultural; pero a la vez, también genere grandes abismos cuando se pretende explicar cómo es que un fenómeno de índole universal, difiere a veces tanto aún en regiones relativamente próximas.

LAS RAÍCES DE UN LENGUAJE
Casi nadie dudaría en afirmar que el lenguaje representa la realidad, pero además, que lo hace de una manera un tanto particular, mediante una mezcla no muy bien determinada de arbitrariedad y subjetividad. El aspecto arbitrario da la pauta de la existencia de normas; y éstas, de su íntima relación socio-cultural.

Si quisiéramos progresar algo en nuestra indagación, quizás deberíamos centrar nuestra atención en observar más de cerca la idea que tenemos sobre la realidad.

La aparente infinitud de lo real hace ciclópeo cualquier intento de caracterización. Luego, para enfocar este importante aspecto, adoptaremos una metodología similar (defectuosa y limitada) a la que utilizáramos al describir el clima.

Señalaremos en primer lugar algunos ‘actores básicos’ de la realidad y las condiciones mínimas que justifiquen su existencia.

La realidad evidente nos muestra, al menos, a SUJETOS y a OBJETOS. Los primeros representan lo que tiene vida en nuestro universo, y los segundos la materia supuestamente inerte. Las condiciones mínimas que delatan su existencia nos obligan a considerar algunas pocas cosas. Entre ellas: la AUTONOMÍA y por ende la caracterización de límites y del entorno; la ubicación en el universo observado de estos ‘actores’ y el lugar que ocupa entre ellos, el observador.

Llamaremos NICHO ONTOLÓGICO, por un lado a la posición del observador o ‘punto de vista’, desde donde son hechas las observaciones; y por otra, al lugar en donde se alojan los objetos. Estos NICHOS ELEMENTALES permiten que SUJETO(S) y OBJETO(O) mantengan una relación directa. Interpretaremos como un NICHO COMPUESTO aquel que represente una relación indirecta (mediada) entre SUJETO y OBJETO. A este nicho lo denominaremos CAMBIO o TRANSFORMACIÓN (V) y denotará el aspecto organizador de este sistema de relaciones. Hasta aquí ‘lo que se ve’, lo aparente, lo superficial de este magro universo que estamos ‘construyendo’.

Hemos podido apreciar que algunas cosas que nos muestra nuestro mundo, no siempre son tal cual aparecen. Este detalle vamos a plasmarlo en la estructura de lo que estamos pergeñando. Para ello vamos a suponer que la relación directa que habíamos establecido entre SUJETO y OBJETO no es tal; aparece como tal pero en realidad, también es una relación indirecta; o sea, un CAMBIO pero, en este caso, OCULTO (∇) o no evidente. A esta transformación oculta (o profunda si se prefiere) le haremos asumir el aspecto desorganizador o desestabilizador del sistema. De esta manera se han configurado dos ‘tríadas’: SVO (superficial – evidente) y O∇S (profunda – oculta) que están integradas lógicamente (Salatino, 2008, pp. 89-94) y forman una unidad o Patrón Autónomo Universal (PAU) como se muestra en la Figura 1.


Figura 1: PAU

Este patrón ontológico-relacional pretende caracterizar una determinada ‘región’ de la realidad en cuanto a los vínculos existentes entre sus ‘actores básicos’. A esta suerte de concordancias tomadas en conjunto lo denominaremos: HECHO REAL o REM¹, el que puede tener distintas características según la ‘región’ considerada.

Por un asunto combinatorio son posibles seis patrones universales: SVO, SOV, VSO, VOS, OSV, OVS. Estas variaciones responden solo a una cuestión relacional (de estricto orden, en cuanto a la posición ontológica ocupada por el actor) pero siguen siendo universales pues son absolutamente homólogas (o sea: sus elementos constitutivos tienen un mismo origen y función).

Esta visión (aunque simplificada) es acorde en parte, con el Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein (1922) en donde el mundo deja de ser un ‘conjunto de objetos’ con sus distintas propiedades y atributos, para pasar a ser un ‘conjunto de hechos’. Esta visión de Wittgenstein, que fue propuesta para explicar la relación entre lenguaje y realidad, dejaba entrever que a través del lenguaje podemos concebir no solo cómo es el mundo, sino también cómo no lo es; es más, cómo podría ser.

Más allá de todas las críticas de las que haya sido objeto esta visión de la realidad (a mi juicio, inmerecidas y en su mayoría surgidas por una interpretación errónea), rescatamos este concepto de lenguaje en un sentido lato. Un lenguaje que, como expresión de la trama real en un espacio lógico determinado, constituye una genuina sintaxis; una expresión a la que Wittgenstein compara con una proyección geométrica (TLP, 2.1).

Una figura geométrica puede ser proyectada de distintas formas, cada una de ellas en un lenguaje diferente, pero las propiedades de proyección de la figura original permanecen inmutables. Esta inmutabilidad de la forma (que en definitiva expresa su lógica) es en sí, un LENGUAJE UNIVERSAL (LU). Un lenguaje que no solo es aplicable a un determinado universo, sino a cualquier universo posible.

EL SUJETO - OBJETO
Planteada esta especie de marco socio-cultural real (aunque de una extrema simpleza) y suponiendo que estas caracterizaciones únicas están distribuidas de una manera no homogénea en todo el universo, pasaremos a considerar al sujeto-objeto como un actor real necesario.

Los nichos ontológicos S y O pueden ser ‘ocupados’, indistintamente, por cualquier ser vivo o por cualquier objeto. Estos considerandos dan la base para definir, groseramente, otro de los sistemas estimados como integrantes de la realidad: el bio-externo. Sin tener en cuenta la diversidad de objetos que pueden estar presentes en la realidad, y como un S puede, según se insinuó, oficiar de tal, tomaremos como ‘unidad’ de este sistema real arbitrario: el GEN; sin entrar en detalles que excederían el propósito de este trabajo, diremos que responde al mismo LU que el anterior.

Llevando la arbitrariedad al extremo, vamos a considerar solo tres niveles de seres vivos:
1) Unicelulares o multicelulares sin Sistema Nervioso Central (SNC) (animales sencillos y plantas)
2) Multicelulares con SNC (animales)
3) Animales con capacidades de interpretación o de dar sentido al entorno (hombre)

EL INTERIOR
Todos los seres vivos son autónomos y esta autonomía se pone en evidencia al ser observados como diferentes a su entorno. Poca vida puede tener una estructura que 'no se sepa’ diferente a lo que lo rodea. El establecer el ‘límite’ entre lo ‘interno’ y lo ‘externo’ es una prerrogativa del ser vivo. Al sistema real que es capaz de ‘sostener’ este ‘conocimiento’ lo llamaremos: psico-interno.

La unidad que utilizaremos para estructurar este sistema es el FREN².

¹Proviene del griego ρημα (rema) que entre otras cosas significa: asunto, suceso, hecho, etc.
² Proviene del griego ϕρην (phren) que entre otras cosas significa: mente, entendimiento, razón, pensamiento, memoria, atención, conciencia, sentido, etc.

[continuará ... ]

¡Nos vemos mañana!