julio 27, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 288)

Cuaderno XII (páginas 1731 a 1736)

(En este capítulo vamos a analizar una propuesta original, quizás, la más original que tenga mi Tesis Doctoral: los colores ocultos, que es el medio utilizado para distinguir, genéticamente, dos lenguas determinadas)

COLORES OCULTOS

Desde el primer capítulo hemos propuesto una metáfora para explicar nuestra visión de la supuesta estructuración de la realidad (de los sistemas reales): los colores. Esta metáfora no tiene nada que la distinga de tantas otras utilizadas en este trabajo, ni tampoco del gran número del que dispone la ciencia en prácticamente todas sus especialidades, para hacer comprender mejor la aplicación de sus principios.

A pesar de la similitud aparente que refleja la metáfora en cuestión (como todas las otras aquí empleadas) con las de uso habitual, hay una pauta metodológica que sí la distingue (y las distingue).

Este detalle metodológico se refiere al enfoque transdisciplinario que, como se describió en el capítulo respectivo, hace a la aplicación, en la metáfora elegida, de todas las leyes que rigen la especialidad científica desde donde se la extrajo. Dicho de otra forma, si para explicar la estructura real se utilizó la teoría del color de la luz, se debe poder aplicar todas las leyes físicas a que responden los colores que componen la luz, según lo dicta la ciencia respectiva.

La aclaración anterior no es ociosa, antes bien, refuerza la confianza que se pueda depositar en un método, que de otra forma, no pasaría de ser una mera especulación.

Por otro lado esta distinción, tan importante, entre tratamiento transdisciplinario de la metáfora y el habitual (el interdisciplinario, en donde las metáforas utilizadas están ‘vacías’ de contenido), da la oportunidad para hacer un planteo que de otra forma podría aparecer como improcedente. Nos referimos específicamente a proponer (y demostrar) que la realidad, efectivamente, puede ser abordada estructuralmente basándonos en la teoría de los colores y que la explicación de este hecho, lejos de ser temeraria, viene de la mano de la física de la luz, y desde allí es posible derivarla a todos los otros ámbitos reales: biológico, psíquico y social, empleando un enfoque genético en todos ellos ya que esta metáfora biológica también, como todas las utilizadas en este estudio, son abordadas transdisciplinarmente.

Como se puede apreciar, estamos planteando que todo está dispuesto como si estuviera ‘hecho’ con colores pero obviamente, no nos estamos refiriendo a los colores que percibimos como caracterizadores de cuanto podamos escrutar con nuestra mirada, sino a aquellos que, siguiendo las mismas leyes que estos, no nos son evidentes; es decir, que estando ocultos sirven como metáfora estructural de todo cuanto esté contenido en la realidad. De estos últimos colores es de lo que vamos a hablar y lo vamos a hacer desde un caso práctico que refleje (con el menor nivel de duda posible) en dónde está la diferencia entre dos lenguas distintas. Para poder llegar a esta demostración necesariamente tendremos que introducirnos, con algún detalle, en los antecedentes germinales de las distintas lenguas.

¿Dónde se originan los colores ocultos?

Cuando planteamos, en un punto anterior, la forma en que se llevaba a cabo el proceso de morfogénesis en el lenguaje universal {genética del lenguaje universal}, en la variedad de reproducción meiótica (sexuada), vimos la participación de dos gametas (en el 50% cada una) en la generación de una nueva lengua materna universal (LMU) La participación igualitaria por parte de los ‘padres’ solo se corrobora en el núcleo del nuevo elemento, que es donde quedan ‘almacenadas’ las características hereditarias, tanto ‘paternas’ como ‘maternas’.

Fuera del núcleo, es decir, en el citoplasma del nuevo vástago, las cosas no son tan parejas. En este sector de la célula social, en donde el mayor aporte corresponde al REM que oficia de ‘madre’. En otras palabras, al unirse dos células sociales compatibles y complementarias, quien representa al padre aporta, fuera del 50% del núcleo, uno de los ‘polos celulares’: el NEGRO (primer color oculto), o sea, cede la ‘ausencia total de colores’, por lo que lo caracterizaremos con un 0. La madre en cambio, aporta (fuera de su contribución nuclear), el otro polo celular (el complementario): el BLANCO (segundo color oculto), es decir, la conjunción de todos los colores (por lo que estará representado por un 1); pero además, las indicaciones para generar una escala continua entre el polo paterno (NEGRO) y el polo aportado por ella (BLANCO). Esto es lo mismo que decir, que aporta la ‘receta’ para construir una ‘escala de grises’. Este último aporte certifica la ‘unión sexual’ y así desde un elemento único ( un PUNTO NEGRO adimensional (0D) se pasa a una LÍNEA que se extiende desde el polo NEGRO (0) hasta el polo BLANCO (1) a través de una escala continua de grises que da origen a la primera dimensión (1D = qué) de esta realidad celular. Este proceso geométrico-funcional se muestra en la figura siguiente.


Geometría funcional del desarrollo de un REM

A partir del proceso inicial conjunto descrito, el desarrollo celular prosigue por su cuenta y se constata en la evolución que muestra cada polo celular por separado.

El polo materno se diferencia en sus componentes básicos: ROJO, VERDE y AZUL (ya que el BLANCO es la síntesis aditiva de estas tres fuentes primarias de color), mientras que el polo paterno sigue sin cambios. De esta manera se origina, desde lo geométrico-funcional, la segunda dimensión (2D = cuándo en la figura). Esto quiere decir que se forma un PLANO en cuyos vértices se disponen las cuatro combinaciones posibles entre los dos colores primigenios: NEGRO y BLANCO (ver figura). Estas combinaciones son: 00 (0) = NEGRO; 01 (1) = AZUL; 10 (2) = VERDE; y 11 (3) = BLANCO {Las equivalencias entre las cifras binarias, decimales y los colores se basan en dos principios distintos pero absolutamente válidos ambos. La correspondencia binario-color surge de la codificación a través del sistema RGB (R = Red (rojo); G = Green (verde); B = Blue (azul)) en donde, un 1 en la posición de la letra respectiva, representa el color determinado por esta. Los lugares de las letras que no tienen representación cromática se rellenan con un 0. La cifra decimal que acompaña surge de la conversión del código binario respectivo. Si recordamos lo visto anteriormente, los dígitos binarios representan sendas potencias de 2, aquí, como tenemos tres lugares, tendrán relevancia: 2², 2¹ y 2⁰ (en ese orden), y cuyos guarismos, resultados de las operaciones exponenciales son: 4, 2 y 1, respectivamente. Por tanto, 00 (colocados en el lugar de las dos últimas letras) se convierte en 0; 01 se convierte en 1; 10 se convierte en 2 y por último, 11 se convierte en 3 (suma de los resultados de las potencias respectivas). El hecho de considerar dos letras y no las tres no varía el resultado de la conversión ya que, la primera letra, que aquí no fue usada, se asume con un valor 0}. En la diagonal de este PLANO que une los extremos opuestos (AZUL – VERDE) se preserva la información sobre la escala de grises y esto se hace evidente en el color BLANCO que tiene el polo opuesto a 00 (es decir 11). Esto último requiere una aclaración pues, parece haber una incongruencia entre el color que se evidencia, el color que tendría que estar y el código que se registra. Efectivamente el color que tendría que aparecer en este polo es el ROJO, cuyo código binario es 100 (decimal 4). El código binario – decimal que figura en el gráfico es 11 (3) que corresponde al color CIANO (que surge de la mezcla del VERDE y el AZUL), y el color que se muestra es BLANCO, cuyos códigos binario-decimal son: 111 (7). Toda esta confusión tiene una explicación desde la teoría del color. Al estar usando en el esquema solo dos letras (dos colores) en vez de tres como tendría que ser, no hay manera de representar el ROJO, ¡qué sin embargo está! El código 11 (3) que ciertamente pertenece al color CIANO ya que está diciendo de la presencia simultánea de GB (VERDE y AZUL) en realidad es 011, o sea, que carece de ROJO, o dicho de otro modo, el color CIANO es el opuesto (complementario) del ROJO.

La suma de los colores complementarios da como resultado el color BLANCO {ROJO (100(4)) + CIANO (011(3)) = BLANCO (111(7)); AZUL (001(1)) + AMARILLO (110(6)) = BLANCO (111(7)); VERDE (010(2)) + MAGENTA (101(5)) = BLANCO (111(7))} (es lo que sucede con la luz que percibimos habitualmente que, según Newton (1671/2) demostró, está formada por colores (longitudes de onda) distintos sumados: los del arco iris). El polo materno ‘emite’ el ROJO pero al encontrarse en el lugar de emisión con un ‘elemento’ CIANO (por eso se preserva el código correspondiente), el resultado obtenido (visible) es el BLANCO pues, al CIANO, lo único que le falta para ser BLANCO es el ROJO. Acabamos de dar el mejor ejemplo de lo que tratábamos de decir cuando se hablaba de colores ocultos.

En un paso más hacia la ‘adultez’ celular se constata una evolución importante del polo paterno y una mínima del materno. Así, el polo paterno, que no puede diferenciarse en sus componentes pues no tiene ninguno, se limita a absorber y reflejar alternativamente, los colores que emite el polo materno.

Este proceso se pone en funcionamiento mediante la combinación (de a pares) de los colores maternos reflejados, con lo que el color obtenido es complementario (opuesto) al color absorbido (al que falta en una situación particular). La figura anterior muestra un detalle de este mecanismo y de cómo se produce la aparición de los colores complementarios (secundarios): AMARILLO, CIANO y MAGENTA que muestran el comportamiento sustractivo del polo paterno ya que, si bien la suma de estos ‘pares’ muestran los colores maternos reflejados, su diferencia (suma algebraica) nos muestra los colores absorbidos, que sumados, dan el NEGRO (000(0)).

Como también muestra la figura anterior, surge (desde lo geométrico-funcional) la tercera dimensión (3D = cómo) al disponerse cada color en un vértice de un CUBO; disposición que ahora sí, permite asignarle a cada color los códigos respectivos completos.

La distribución espacial cúbica constata, en el REM, la emergencia de dos niveles bien detallados. Por un lado, el superficial o evidente, representado por los colores ‘emitidos’ (primarios) por el polo materno y que sumados dan el BLANCO. Por otro, el nivel profundo u oculto que representa los colores ‘absorbidos-reflejados’ (secundarios o complementarios) por el polo paterno.

En la diagonal principal de este cubo (la que une el NEGRO con el BLANCO) ha quedado ‘guardada’ la información aportada por la ‘madre’ sobre la escala de grises, y que en realidad no significa otra cosa, que la guía de la secuencia de ubicación de los distintos colores (primarios y secundarios) ordenados por una escala continua y creciente de ‘longitudes de onda’ {La longitud de onda es el elemento que le da identidad a un color. La luz está conformada por ondas electromagnéticas dispuestas en un espectro de frecuencias, en el cual, determinados valores, representan un color determinado como componente de la luz}, ajustándose así a la metáfora de la escala de grises.

La imagen final obtenida es una célula social ‘adulta’ (REM) que ya nos es conocida, y no es otra que la que pone en evidencia la unidad operativa universal (PAU), cuya dinámica lógica básica, ya fue ampliamente discutida.

La figura siguiente trata de resumir, conceptualmente, la evolución de los colores ocultos y la estructuración ‘cromática’ de un REM, la cual se superpone absolutamente a la disposición que sugiriéramos del universo semiótico en el capítulo 1, que como allí dijéramos, constituye el semio-sistema en donde nace, se desarrolla, se reproduce y muere, la subjetividad.


¿Qué relación tienen los colores ocultos y la genética sugerida para las lenguas hoy conocidas?

Si adherimos completamente a la metáfora genética para explicar el origen de las lenguas, debemos estar pensando en un conjunto de instrucciones preestablecidas que digan cómo debe nacer y desarrollarse una lengua determinada; una especie de ‘manual del usuario’. La habilidad para interpretar dicho manual es independiente del manual mismo, y por tanto, es imprescindible aprender el lenguaje en que está escrito para poder seguir sus orientaciones. Este lenguaje que se debería aprender es, ni más ni menos que, la LMU. Aprender este lenguaje involucra al que aprende y además a su entorno. Esta relación será la responsable del surgimiento del ‘sentido’ de lo que se aprende, haciendo así que su ‘intérprete’ se independice respecto de las instrucciones, o sea, del lenguaje mismo.

Otro derivado de aceptar la metáfora genética es admitir la existencia de la fecundación, cuya consecuencia directa es el intercambio genético (social) entre los participantes.

El haber hecho manifiesto que a nuestros Sistemas Reales los liga el mismo elemento lógico básico (PAU), evidentemente permite plantear que están, ellos mismos, estructurados mediante un único mecanismo universal: el genético.

La constitución genética del sistema Socio-Cultural se sustenta, ya lo vimos, en el ADN social y, el discurrir entre este ADN y una lengua específica ‘adulta’ se transforma de esta manera, en una cuestión de interpretación.

Para aclarar la afirmación anterior vamos a suponer la existencia de una célula biológica que tiene la asombrosa capacidad de ‘traducir’ mensajes desde su lenguaje genético a nuestra lengua materna.

Supongamos también, que en la cara externa de su membrana celular (accesible para nosotros a través de un microscopio) hay una zona que funciona como si fuera una pantalla del monitor de una computadora, es decir, que tiene la posibilidad de ‘codificar’ un mensaje a través de ‘encender’ o ‘apagar’ varios puntos luminosos. Este medio de comunicación tiene la única limitación de poder trabajar solo con dos colores: blanco y negro. El mensaje que la célula hará evidente en esta pantalla se parecerá mucho a un texto escrito con tinta negra en un papel blanco. El mensaje que nos enviará será: ESTOY VIVA. Lo anterior es todo lo concerniente a la interfase que hay entre la célula y nosotros.

En el interior de esa célula las cosas son muy distintas; allí hay posibilidades de manejar todos los colores del espectro excepto, el blanco y el negro. Siguiendo con las suposiciones, digamos que para poder armar un mensaje en español la célula tiene que organizarse de alguna forma. Esta organización responde a un esquema de colores (único material disponible para estos menesteres).

Hay en su núcleo una grilla de limitado tamaño, que muestra una profusión de cuadraditos de distintos colores distribuidos, aparentemente, en forma aleatoria. Unos elementos celulares muy particulares son los encargados de seguir un ‘manual de instrucciones’ que les dice a cada uno lo que hay que hacer para comunicarse con otros elementos celulares, pero que están fuera del núcleo. Para ser más precisos, sobre la superficie externa de la membrana celular, sobre la supuesta pantalla, y ‘decirles’ que se ‘vistan’ de negro o de blanco, según la ocasión. El manual de instrucciones aludido tiene solo dos hojas. La hoja Nº 1 tiene las instrucciones para escribir la primera palabra en español (ESTOY) y la Nº 2 para escribir la segunda (VIVA), de tal manera que, una vez leídas y seguidas al pie de la letra las instrucciones, podrá leerse, en la pantalla externa, el mensaje que se mostrará en dos partes.

Cada manual de instrucciones tiene su tapa de un color determinado. Este color le dice a su portador, en qué cuadradito de color (en la grilla) debe ubicarse. Ante una orden general, todos los elementos celulares ya ubicados en sus respectivos cuadraditos, tienen que leer la primera hoja de su manual y allí encontrarán solo un cuadrado blanco o negro y en consecuencia será lo que deberán comunicar al elemento superficial para que nos muestre a nosotros. Así, aparece ante nuestros asombrados ojos, la palabra ESTOY. Una nueva orden general (intracelular) dice: leer la segunda página y nuevamente, solo se encuentra allí un cuadrado blanco o negro que será lo comunicado a la superficie según corresponda. Aparece ahora sobre la pantalla la palabra VIVA. Es muy fácil para cualquiera de nosotros componer mentalmente el mensaje completo y entender lo que se nos quiso decir, aunque no sepamos absolutamente nada de la existencia del patrón de colores que sirvió de guía para emitir tan particular mensaje. Nuestro desconocimiento respecto de dicho patrón se basa en que no lo podemos ver. Dentro de la célula, en cambio, sucede todo lo contrario, ninguno de los elementos que intervinieron para producir este asombroso hecho, ‘sabe’ lo que ayudo a producir y mucho menos conoce el mensaje en cuestión.

Como conclusión entonces podemos decir que, conociendo algo de la intimidad de esta célula tan particular, el patrón de colores ocultos sirvió de ‘marco de referencia’ para hacer evidente un determinado aspecto.

En la célula biológica real los aspectos evidentes son promovidos por los genes. Estos genes se hacen evidentes en su acción, siempre y cuando estén activos y su actividad o no, en última instancia depende, de un patrón de colores ocultos que a modo de ‘llaves’ para una determinada ‘cerradura’, ‘abren’ o ‘cierran’ la actividad de un gen dado. La metáfora de los colores es muy apropiada en genética biológica pues permite entender que un patrón gradual de activaciones (una escala de grises), por ejemplo, disponga el lugar correcto en el que se deberá desarrollar una parte específica del cuerpo en un organismo adulto que partió de una simple célula formada por la conjunción de dos gametas.

En las distintas lenguas, siguiendo minuciosamente la propuesta inicial, podemos decir que la estructuración de las expresiones en cada una de ellas obedece a un patrón de colores ocultos que posibilita el disponer cada elemento expresivo en su lugar adecuado; esto, sin tener relación con quien interprete tal expresión, constituye el ‘lenguaje’ en que está ‘escrita’ dicha lengua (reflejo fiel de su lengua materna universal), pero que nada tiene que ver con el lenguaje que comunica en la superficie, dejándose de esta manera establecido que la LMU es algo totalmente distinto de la lengua materna natural.

[continuará ... ]

¡Nos encontramos mañana!