abril 20, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 190)

Cuaderno IX (páginas 1141 a 1146)

Apuntes de "Ontología I. Fundamentos" de Nicolai Hartmann (1882 - 1950)

p#18  "El problema del conocimiento no se trata del análisis de palabras o conceptos, sino de fenómenos."

p#19  "Con la aparición del sujeto (S) cognoscente en el mundo pasa el ente a la relación del 'estar enfrente' (objectum = 'arrojado enfrente'), y pasa a ella, en la medida que el S está intrínsecamente en situación de 'objetarlo'. La 'objeción' es justo el conocimiento." {o sea, la IDEA}

"Conocimiento lo hay solo de aquello que alguna vez 'es', y que 'es', independientemente de que se lo conozca o no."

Aquí hay una rigurosa correlatividad de S y objeto (O). Pero esta relación de conocimiento, no se agotar en ella. Esta relatividad es solo la relación del S con aquello de lo que ha hecho su O. No se altera nada en el O por el hecho de su objeción en un S, solo el S se altera algo con la objeción.

(*) Aquí tenemos que acomodar algunas cosas: por ejemplo, lo referente al cambio. Este elemento ontológico, para nosotros, está tomado como el que definía otro elemento o lugar ontológico: en N. Hartmann, al descubrir el fenómeno de conocimiento, (que según nosotros es también la clave de la definición de lo real, o por lo menos, lo más relevante) dice que el O de conocimiento no se modifica (no cambia) y que lo único que cambia (en algo) es el S. Hay en esto una aparente contradicción: para nosotros el S, es la fuente de cambio, siendo el O su destino; y para Hartmann, en cambio, es el O la fuente y el S el destino, al conocer el O. Efectivamente, la contradicción es aparente; ambos estamos diciendo lo mismo aunque, visto desde lugares ontológicos distintos. Si uno lo ve desde el O, es el S, aquel de los dos actores del fenómeno del conocimiento que se modifica en el acto de conocer. Este cambio se opera, según nosotros lo vemos, a nivel de la estructura psíquica, estructura esta que distingue lo viviente de lo inerte.

Visto desde el S, queda él mismo definido, al tener la posibilidad de generar una actitud cognoscente, vale decir, ser él mismo, la fuente de un cambio intencional, cuyo destino es el O de conocimiento. Como bien dice Hartmann, esta 'objeción' es el conocimiento. Una piedra colocada en el lecho de un río, también produce un cambio en el curso del agua, pero, este cambio es radicalmente distinto del que caracteriza a un S, ya que, primero, no es intencional, y segundo, no modifica en sí a ninguno de los actores [en forma activa, se entiende], por tanto, según lo hemos especificado, ambos actores en este caso, son objetos, y ese cambio es pasivo. Lo activo, como lo que encuadra la 'sujeción'. [si es que es aplicable este término] De lo anterior podemos inferir que lo que relaciona o media entre S y O es el cambio, y por lo tanto, constituye per se, un elemento o lugar ontológico. (¿el devenir?)

p#20  "Conocimiento es la conversión del ente en O - o la objeción del ente en un S."

Nuestra realidad puede ser caracterizada. Esta caracterización se restringe a un solo problema ontológico, mostrar la relación de unidad entre dos maneras de ser: la ideal y la real, y entre dos momentos del ser: lo particular y lo general.

☞ PARA LA INTRODUCCIÓN: La investigación del lenguaje se ha limitado, la más de las veces, a celebrar sus triunfos en el estrecho espacio de la especulación; espacio en donde se alzan grandes 'monumentos sistemáticos', los cuales, corren serio peligro de desplomarse ante el más leve embate del examen crítico contra sus fundamentos. Baste como ejemplo, los modelos cognitivos los que, no solo no resistirían un minucioso análisis crítico, sino que, ni siquiera muestran elementos que puedan equipararse a hechos empíricos, son mera especulación. [luego aprendería a ir disminuyendo esta flagrante agresividad]

El lenguaje, aún tomado en su sentido lato, implica el ser y sus conexiones (interrelaciones). Los modelos cognitivos antes aludidos, que asumen como base única de estructuración y funcionamiento el conocimiento, y, al margen de considerar como conocimiento solo el análisis de palabras y conceptos (algo que no deja de ser un prejuicio correlativista); se debe estar alerta sobre que las interrelaciones del ser no se cancelen en el conocimiento, sino que lleguen y abarquen todos los dominios cognoscibles e incognoscibles.

El lenguaje no es un capricho ni una impertinencia del hombre, no es su obra; no puede ser alterado ni desterrado de la realidad. Sus bases íntimas pueden ser malentendidas, ignoradas, o preferir pasarlas siempre por el costado, eludiéndolas; pero no se puede evitar que estén allí, frente a nosotros una y otra vez.

El lenguaje involucra hechos fundamentales de nuestra vida y del mundo en donde ella discurre; o sea, involucra realidad. Es la realidad, es la vida. La Lingüística no puede ni debe desconocer este cerrado marco que constituyen los problemas de fondo de la investigación del lenguaje y, creo que ha llegado el momento de ser conscientes de una situación tal; consciencia esta que deberá orientar la dirección de la investigación lingüística. Esta dirección no puede ser otra que buscar el 'método' adecuado para investigar el lenguaje.

Este método no debe ser una copia de los ya habidos. No debe buscar principios partiendo de principios, ni tampoco, intentar reflexionar sobre el lenguaje desde una posición independiente con respecto a él. No se debe procurar un sistema conceptual o instrumental de referencia preconcebido. Todo esto solo deja como recurso la observación, pero una observación no superficial, sino comprometida, ya que el observador está incluido en ella misma, por lo tanto, dicha observación también debe ser observada.

Técnicamente, diríamos, que el método tendría dos elementos sustanciales: 1) una observación de segundo orden, y 2) un proceso de abducción, o sea, uno que no parta desde una hipótesis, sino que vaya hacia ella. La aprehensión del lenguaje debe ir desde lo secundario a lo primario. Se debe partir de los fenómenos y no desde una hipótesis; desde los efectos, en búsqueda de una causa.

La miríada de datos, de hechos tangibles, de fenómenos dados ante nuestro sentir y nuestro entender, es lo que nos debe conducir hacia el verdadero conocimiento del lenguaje; y no, porque el lenguaje sea mero conocimiento, sino porque el lenguaje es nuestra forma de ser, nuestra vida, nuestra realidad; siendo vida y siendo realidad. Comprender así al lenguaje nos ayudará a comprendernos mejor a nosotros mismos y a nuestra realidad.

Comprender la realidad está más acá de si el mundo que se nos plantea tuvo un principio; si ese principio es inteligente o no; si tiene sentido o se dirige hacia un fin. Nada de esto cambiará la realidad, tal cual es. Aquella que nos es ofrecida por la experiencia y que ninguna hipótesis, por brillante que sea, puede cambiar a otra forma. Por tanto, tenemos que habérnosla con lo duro de lo real, lo concreto, y con la 'imagen' que nos hacemos de ella, lo cual, como trataremos de mostrar, en unidad con lo anterior, que constituye también lo real; nuestra realidad.

Para el pensamiento popular, la realidad es lo evidente, constituyendo la materialidad de las cosas, todo el peso de su ser. El suceder, el proceso, la vida, parecen menos reales. Mucho más etérea y sin entidad, se presenta la interioridad psíquica, o lo social.

Empíricamente es conocido, que un organismo animal es una formación indiscutiblemente superior a una piedra, pero esto no habilita para aseverar que lo orgánico sea más real que lo inanimado, ya que, tiene la misma caducidad, destructibilidad, individualidad, existencia; y es más, el exterior del organismo ostenta incluso, los mismos rasgos de cosa sensible y tangible que la cosa inanimada.

En la manera de ser, no hay absolutamente ninguna diferencia. Lo mismo es válido para las formaciones psíquicas: de la consciencia y el acto, de las personas y de los caracteres, las palabras y las obras, los individuos y las colectividades, el derecho, las costumbres, el saber, el proceso de la historia. Es cierto que aquí desaparece la especialidad, la materialidad, la aprehensibilidad sensible. Pero el nacer y el perecer es el mismo; la temporalidad, la duración, el ocurrir solo una vez, la individualidad, son los mismos. También son los mismos el permanecer a un orden, la dependencia y la relativa autonomía. Tan solo son formaciones de distinta índole, y distintas son las totalidades en que están insertas.

No hay dudas que la resolución de un ser humano de llevar a cabo un acto y la caída de una piedra son distintos, pero, el carácter del suceso es, en general, el mismo. El 'que' se tome una resolución presenta un ser del mismo sentido, a saber, el de la realidad, que el 'que' caiga una piedra.

Lo peculiar del mundo real es justamente esto, que entidades tan heterogéneas como las cosas materiales, lo viviente, {lo psíquico, lo social} existan juntas, se superpongan, se influyan mutuamente, se condicionen, soporten, estorben, y en parte también, se combatan. Pues todas ellas están situadas, se siguen unas a otras o son simultáneas. La unidad de la realidad es lo esencial.

[estas magníficas palabras fueron tomadas, con algunas variantes, como base para la introducción del primer capítulo de mi Tesis Doctoral: "Sobre la realidad"]

[continuará ... ]

¡Nos vemos mañana!