abril 23, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 193)

Cuaderno IX (páginas 1159 a 1164)

(Continuamos con la propuesta de estructuración de mi trabajo desde la óptica del TLF de LW)

Hay una correspondencia relacional entre el símbolo estático [el del lenguaje convencional] y el ser de las cosas, y entre el símbolo dinámico (el pensamiento) y la esencia de las cosas.

Un 'elemento simbólico' (símbolo) designa una unidad compleja {PAU}; su vertiente dinámica (la función) lo hace de su aspecto continuo y está representada por el pensamiento y es expresada por los tiempos de verbo. [algo sobre lo que ya aclaramos en el capítulo anterior: dejará de tener vigencia, una vez que se consiga definir adecuadamente el tiempo interno o psíquico, del cual depende realmente] Su vertiente estática (la estructura), en cambio, designa su aspecto discreto y está representada por el lenguaje [convencional] y es expresada por la sintaxis. Esta estructura, aunque semejante a la estructura real y a la representación psíquica identificada por la IDEA, no dice nada de la verdadera estructura psíquica (y allí radica el error de Lacan), sino que expresa de una manera funcional, lo que una cosa es, según se nos aparece; y esto se hace evidente, en su aplicación. La pragmática muestra lo que el símbolo esconde.

Solo el aspecto dinámico del símbolo tiene sentido, porque representa cabalmente un prototipo lógico; en el contexto del aspecto estático, un nombre (el contenido convencional del símbolo) tiene significado. Su uso muestra la relación esencial entre los sistemas reales que le dan origen. Esto lo hace de la única forma posible: a través de la expresión. Esta última es lo único que es constante, pues 'muestra' la situación relacional que estructura toda la realidad; todo lo demás es variable.

Consideramos al símbolo como una función de la estructura que lo contiene (la expresión).

El signo es la estructurante (el qué), mientras que el símbolo es lo estructurado (el cómo). Dice LW (TLF, 3.32, p#27) "El signo es la parte del símbolo perceptible por los sentidos." En nuestra concepción, más bien, invertiríamos dicho aforismo: "El símbolo expresa la relación esencial que nuestros sentidos tienen con la realidad"; expresa, en fin, aquello que del signo {PAU} es perceptible, a saber: el fenómeno y el ser de las cosas; o sea, tal cual se nos aparecen. Todos los símbolos tienen en común este prototipo sígnico. Esto constituye el lenguaje genérico que tiene un sustento en la Lógica Transcursiva, y que es el único que está exento de ambigüedad.

El signo no tiene sentido, ni significado; solo, es y existe.

El símbolo, como función, tiene como argumento al signo; en otras palabras, el pensamiento es función de la IDEA, y es quien porta el sentido.

Cuando mediante el lenguaje convencional se expresa el pensamiento, según se supone, vemos que aparece una estructura (la sintaxis); es decir, la función no es aparente, aunque está; de lo contrario constituiría un sin sentido. Esta función está representada por los tiempos de verbo. [léase, de alguna manera, tiempo interno] Un símbolo dinámico (interno - la mitad continua) representa una función estructurada (la que expresa el proceso mismo de simbolización); como contrapartida, un símbolo estático (su mitad externa y discreta) representa una estructura funcionalizada. (figura)

La función, en el lenguaje convencional, al pasar a ser su propio argumento, deja de expresar la esencia de la cosa representada, en el pensamiento. Por tanto, la estructura, al pasar a ser su función, deja de expresar la estructura psíquica (por lo que el concepto lacaniano de que el lenguaje convencional puede expresar, de alguna manera, cómo está estructurado el inconsciente, es absolutamente erróneo).

Esta inversión paradójica hace que sea imposible captar la 'lógica' que estructura el lenguaje, y por ende, al pensamiento desde donde emana. Por esto, el lenguaje ordinario, no puede decirnos nada de sí mismo, y mucho menos, de lo que lo originó. El ojo no puede verse a sí mismo. Puede describir lo que 've', pero, no puede 'verse' viendo.

Una función no puede ser su propio argumento. Esta aparente 'falla lógica' es subsanada arbitrariamente por medio del significado. Es lo mismo que pasa con la Religión o la Filosofía, asignamos, convencionalmente (ad placitum), argumentos a una función, que no es tal. Usamos una función continua (tiempos de verbo) [aquí se acaba de aclarar parte de la confusión inicial. Los tiempos de verbo 'pretenden' reflejar el tiempo interno, pero no lo logran] como argumento de una estructura. Por eso, el lenguaje convencional es ambiguo (y la Religión y la Filosofía, también).

Lo anterior explica la polisemia. Este es el mismo fenómeno que se da al describir, matemáticamente, un acontecimiento continuo (real); no hay otra opción que 'linealizarlo'; esto es, describir mediante infinitésimos pasos, pero en definitiva, es discretizarlo. [violarlo, ultrajarlo] Esto mismo hace el lenguaje cotidiano con el pensamiento. El lenguaje común es un 'discretizador' de la realidad. Esto, visto desde la óptica de la lógica aristotélica, que como hemos señalado, no es adecuada para explicar las innumerables 'paradojas' que surgen, a cada paso, en el camino de la investigación del lenguaje.

Por consiguiente, si querermos acercarnos un poco más, a qué es el lenguaje, debemos cambiar radicalmente, el método de estudio; y esto no significa otra cosa que, fundamentalmente, cambiar la lógica que sustenta su estructuración y desenvolvimiento. Volvemos a insistir: el problema básico en el estudio del lenguaje es que se desconoce, que no se comprende su lógica. Hay que buscar la manera de 'extraer' lo que oculta el 'símbolo'.

La disposición de los espacios ontológicos, dadas sus relaciones en el PAU, determinan un lugar geométrico, que es un lugar óntico. La existencia de este lugar está dada por la existencia de los espacios constitutivos. Esta misma 'geometría' está diseminada estructuralmente en todos los sistemas reales; o sea, en toda la realidad. Así, por ejemplo, en el sistema psico-interno, esta disposición determina la existencia de un 'espacio psíquico', en donde opera la lógica que anima todo lo real y por su puesto, al lenguaje mismo.

El lenguaje convencional enmascara al pensamiento; no lo hace evidente (como pretende Lacan [y todos los cognitivistas]). El significado no dice nada del sentido, ni del ser de la esencia. Para comprender el lenguaje hay que cambiar el punto de vista lógico. [desde el cual se lo aborda] El secreto está, en parte, en lo estructural. Hay una homología entre la realidad representada y el representante; lo cual equipara, relacionalmente, en el origen y en el orden, pero también, en la función.

El aparente aspecto 'desmadejado' del lenguaje convencional, impide que nos demos cuenta que su lógica es un ensamble entre lo continuo y lo discreto, en donde, esto último es lo que se muestra directamente; el otro aspecto queda oculto a los 'ojos de la lógica tradicional'. De allí entonces, que lo que se afirma con tanta vehemencia como verdadera respuesta a un problema de vida (real), no sea más que un sin sentido, pues, en la realidad ni siquiera existe tal problema. Se insiste en que el significado no es el sentido. El hecho de equipararlos es plantear un problema irreal, que ya tiene la respuesta establecida de antemano. Es lo que ocurre con las categorías kantianas, que, al basarse en juicios, se colocan dentro de ellas lo que se espera, luego, encontrar. Ya, Bertrand Russell mostró que la forma aparente de los planteos lógicos (clásicos) no necesariamente deben representar su disposición real.

El símbolo es la figura de la realidad; es un modelo que queda 'estampado a fuego' en nuestra psiquis.

La similitud, o mejor, la homología entre los distintos sistemas reales, es para nada evidente, y, he aquí la causa de la monumental malinterpretación de la teoría del lenguaje de Ludwig Wittgenstein (LW), quien, al no saber cómo explicar su maravilloso descubrimiento, se vio obligado a desdecirse (aunque no del todo). Le colocó un 'disfraz' a su teoría, y así la 'vistió' de la aparente coherencia que le exigían sus colegas en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, quienes, haciendo gala de una soberbia estrechez de criterio, no alcanzaban a percibir el 'genio' que tenían entre ellos. Con esto, LW, no hizo más que mostrar cuál era el principio básico de la malinterpretación del lenguaje. Aunque nadie lo advirtió, dejó 'grabado' su nombre en 'la base' de aquel descubrimiento, enmascarado con una 'capa' superficial de sin sentido, sobre la cual figuraría otro nombre. El tiempo se encargaría de hacer caer aquella 'máscara' y dejaría al descubierto el verdadero artífice de tan prolija aproximación, al verdadero problema del lenguaje. [esto será motivo de un trabajo que luego publicaré, haciéndole caso a mi querido amigo Alfredo]

Resumiendo entonces, lo homólogo, la moneda de cambio, el nexo; en la realidad toda, es netamente estructural, y esa homología es su verdadera estructura lógica. Esto es lo que liga los aspectos psico-bio-socio-culturales.

Si aceptamos lo anteriormente propuesto, podemos luego, ver claro por qué comprendemos el signo real (PAU - hecho), sin necesidad que nadie nos lo explique. Simplemente, es porque nuestra psiquis tiene la misma estructura (en el sentido antes mencionado), que ese signo y obviamente, el lenguaje, para poder comunicar ese aspecto, por nosotros comprendido, debe tener también, la misma estructura. Esto último asegura la comprensión por un tercero, de la descripción de los signos reales que yo hago, al comunicarme mediante el lenguaje habitual, que a propósito, tiene la misma estructura que la psiquis del que trata de interpretar.

Queda claro que este es el maravilloso mecanismo que hace posible comprender el sentido de las cosas, sin mediar explicación alguna. Este sentido queda 'plasmado' en el pensamiento (la vertiente continua o interna del ensamble simbólico). La otra mitad de este proceso se explicita en el símbolo lingüístico verbal, la vertiente discreta o externa del ensamble simbólico, que al llegar a otro individuo a través del significado que se le da a las cosas, genera en su psiquis, la comprensión mediante una 'explicación' del sentido de este ensamble, que queda registrado en su pensamiento.

Así, el símbolo (en sentido lato), muestra su sentido (el sentido de la realidad que representa) generando estructura psíquica (es un proceso epigénico).

Se debe aclarar que no sigue la misma secuencia la comprensión des estado de las cosas, que yo hago, que aquella que surge en alguien que interpreta mi lenguaje, el que trata de describir ese mismo estado de cosas.

Cuando yo comprendo las cosas reales, lo hago directamente, sin mediar interpretación de mi parte, ya que queda plasmada la estructura real, en mi estructura psíquica (que es mi IDEA), y luego de allí, surgirá mi pensamiento que será comunicado mediante el lenguaje ordinario. (esto es lo que llamamos: función estructurada - un pensamiento en función de una IDEA). En cambio, en quien me interpreta, se sigue el camino inverso, la comprensión surge al registrar el sentido de que interpreta en un pensamiento (es lo que llamamos: estructura funcionalizada). Esta estructura tiene distinta connotación que la que surge de nuestra experiencia directa. Esta última es inconsciente, la primera no. Una cosa es comprender un hecho por haberlo vivido, lo cual queda indeleblemente 'grabado' en la psiquis, como parte de su estructura básica; y una muy otra es comprender un hecho porque nos lo han contado, en donde, aunque también se genera estructura, no tiene la jerarquía de 'andamiaje' psíquico profundo, sino mucho más superficial, lo cual solo puede utilizarse mediante una elaboración consciente. No moviliza nuestras 'entrañas psíquicas', solo las adorna.

Lo anterior explica el éxito que tienen las buenas técnicas teatrales, que de distintas maneras, logran, no solo 'adornar' la estructura psíquica de quien presencia una obra de teatro, sino que hacen entrar en 'vibración' en 'sintonía', en resonancia, nuestra estructura básica (nuestras ideas), y así, sin lograr estructura psíquica primaria (algo imposible), movilizan nuestras 'entrañas' de tal manera, que nos hacen creer que lo que estamos viendo y oyendo es, efectivamente, 'vivido' por nosotros; que es nuestra propia experiencia, y no solo una mera comunicación de un pensamiento de un tercero, que estamos tratando de interpretar.

¡Nos vemos mañana!