septiembre 03, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 326)

Cuaderno XIV (páginas 1961 a 1966)

(En este capítulo abordaremos un tema fascinante, y que sirviera como modelo para desarrollar la propuesta que hice en mi Tesis sobre la genética del lenguaje natural humano. Me refiero a uno de los tantos trabajos científicos de Goethe, quien además de poeta, novelista, dramaturgo, un gran dibujante y poseedor de un nivel intelectual superior (se lo considera al suyo, como el coeficiente intelectual más elevado que haya existido, alrededor de 240) , incursionó en la ciencia en campos tan diversos como la geología, la química, la medicina, la óptica (aportando una teoría de los colores distinta de la de Newton) y la biología, en donde hizo importantes aportes en morfología, sobre todo en morfología vegetal, obra que analizaremos hoy.




En "La metamorfosis de las plantas" (Versuch die Metamorphose der Pflanzen zu erklären), publicada en 1790, Goethe presenta todas las estructuras vegetales como variaciones de la hoja, entendida como una estructura ideal. Goethe comienza con los cotiledones, a los que considera hojas imperfectas. Estos últimos, bajo la influencia generativa y cada vez más refinada de la savia, se metamorfosean en los sépalos, los pétalos, los estambres y los pistilos. De este modo, todos los órganos vegetales se conciben como apéndices idénticos, variedades de un apéndice vegetal abstracto, que difieren entre sí por su forma y grado de expansión.)







LAS IDEAS DE GOETHE

Propone la metamorfosis natural como la causa de transformación de una parte de una planta en otra, a través de la modificación de un único órgano. Esta metamorfosis se da de tres maneras:
- Regular o progresiva
- Irregular o regresiva
- Accidental

Toma como ejemplo una planta anual tipo, cuyas partes son (de arriba - abajo): pistilos [órganos florales femeninos], estambres [órganos florales masculinos], corola, cáliz, hoja de tallo, cotiledones y raíz.

Describe los cotiledones como hojas embrionarias que están en la semilla germinada, y que generalmente, son dos que luego se transforman en las primeras hojas del tallo que se insertan en el primer nudo del tallo, y generalmente, están apareadas (una frente a la otra), mientras que las otras hojas del tallo, serán alternas. Estas primeras hojas son distintas al resto: están menos desarrolladas; sus bordes son más lisos y prácticamente, no tienen vasos.

Hojas del tallo de nudo en nudo: generalmente, una o más de las hojas siguientes están encerradas ya en la semilla, entre los cotiledones, y se las llama: plúmulas. Difieren de los cotiledones por ser más planas (delgadas), delicadas y formadas como hojas verdaderas. Son de color verde, descansan sobre un nudo visible lo que las relaciona, sin dudas, a las hojas del tallo. Lo único de lo que carecen es de un borde dentado.

Luego su desarrollo es inexorable, nudo a nudo, la nervadura central se alarga y las laterales crecen hasta alcanzar el borde. Las variaciones en estas nervaduras son las causantes de la gran variedad de hojas que hay. Así, parecen hojas serradas, con profundas hendiduras y aún compuestas de varias hojas más pequeñas (con una perfecta disposición de ramas); la nervadura central avanza y se origina una hoja en forma de abanico que luego se divide profusamente y se desarrolla de ella una rama. Esta hoja-tallo convive con la hoja propiamente dicha, al alojarse muy próxima a ella, que forma una estructura separada.

Dice de la variación entre las hojas, dad por factores físicos: altura, agua, etc. En muchas plantas observó que un nudo surge de otro. Llegadas las hojas a su máximo desarrollo, comienza la floración.

Formación del cáliz: el tallo se alarga y afina hacia el nudo de la última hoja bien formada, y reúne varias hojas alrededor de su eje, por su extremo. Las hojas del cáliz son las mismas que antes eran hojas del tallo, nada más que ahora están todas reunidas alrededor de un cinto común, y frecuentemente, muestran una forma muy diferente. Algo similar ocurre cuando en la etapa de cotiledón se encuentran varias hojas y aparentemente, varios nudos distribuidos todos alrededor de un punto. {vemos la semejanza de los sucesivos procesos} En muchas flores se ven hojas del tallo inalteradas, dispuestas a modo de cáliz justo debajo de la flor.

Formación de la corola: esta se forma de varias maneras: o bien las hojas verdes modificadas del cáliz cambian de color (en distintas partes), o bien por crecimiento de hojas en la periferia que luego se contraen y cambian de aspecto. Su relación con las hojas del tallo se evidencia de más de una forma: variaciones de color antes de la floración o cambio total de color cuando la floración está cerca Muchas veces la naturaleza se saltea el cáliz y surge directamente la corola, cuando no, las hojas del tallo se transforman directamente en pétalos (por ejemplo, los tulipanes).

Y así sigue con los otros elementos de las plantas hasta llegar a la flor y el fruto, demostrando que es muy probable que todo derive de la hoja, como elemento común y único, por una metamorfosis que observan, en más o en menos, todas las plantas. Esto lo explica por sucesivas expansiones y contracciones de esa hoja original. {¡Genial!}

Basado en lo anterior, propongo una explicación de cómo surgen las contexturas léxicas.

CONTEXTURAS LÉXICAS

Las contexturas léxicas, tomadas como clases de palabras [Aquí la expresión ‘clase de palabra’ no debe ser tomada en su acepción morfosintáctica, sino en su connotación transcursiva, es decir, como un continente que se relaciona con otros para especificar su función profunda, elemento que en su emergencia superficial, le da una forma o apariencia determinada. El término palabra no debe ser tomado en el sentido fonológico, ni formal o morfológico, ni funcional, ni semántico, sino psíquico], y usadas como un marco de referencia de la adquisición del lenguaje, presentan dos limitaciones importantes: 1) no todos los lenguajes conocidos muestran todas las contexturas léxicas, ni las usan en el mismo orden y 2) no coinciden, en todas las lenguas, con las mismas categorías semánticas convencionales.

Las consideraciones anteriores dan pie para sospechar que no solo no existen estructuras, sino tampoco funciones universales. Si las características aparentes no son constantes, nada impide que busquemos lo constante en lo que subyace bajo ese manto cambiante.

Dadas las connotaciones biológicas que le hemos dado al lenguaje natural, éste, tal como cualquier ser vivo, está sometido a dos aspectos que determinan su apariencia, esto es, si a dos lenguas diferentes se las somete a los mismos cambios, evidenciarán estados diferentes y lo hacen en total consonancia con su propia naturaleza. Esta mutabilidad de la forma, más no de la función, explicaría porqué las distintas lenguas ‘responden’ minuciosamente a causas particulares, de una determinada manera y no de otra. La cuestión es desentrañar las leyes que rigen la mutabilidad de la forma a través del establecimiento de una función, para explicar a su vez, la adaptación evolutiva y su ‘intención’ de sobrevivir, como lo haríamos en el sujeto que posibilita el lenguaje natural.

El germen de estas presuntas leyes puede estar en aceptar que lo complejo evoluciona a partir de algo simple. Esto quiere decir, ni más ni menos, que el lenguaje natural surgió de una lengua arquetípica, es decir, de un lenguaje universal (LU). No habría forma de poder afirmar rotundamente que tal o cual manifestación constituye una lengua, si no procedieran de un mismo modelo. Si bien se puede argumentar que tanto el LU, como las Lenguas Maternas Universales a que da origen son ‘constructos’ teóricos, nadie puede negar que las distintas lenguas conocidas tienen características concretas, que no son fijas, sino que pueden estar dadas en relación con una serie enorme de variaciones sobre un modelo inicial.

Todo esto sugiere que es como si la realidad subjetiva se basara en esta lengua arquetípica para elaborar cada una de las +6900 lenguas que conocemos hoy.

Los cambios individuales que exhiben las distintas lenguas, son según nuestra propuesta, las diversas expresiones de una lengua arquetípica que tiene en su interior la capacidad ingénita de asumir múltiples formas y asignarles a estas, distintas funciones; aspectos que se adaptarán al contexto para poder evolucionar, una vez creadas.

Algunos detalles de la lengua arquetípica, como ya hemos visto, permiten evidenciar que tiene autonomía, como cualquier ser vivo; que crea variadas manifestaciones a partir de sí misma y estas dependen de una interrelación compleja entre sus elementos constitutivos, es decir, conforman un verdadero sistema, abierto y cerrado a la vez, el que se ve afectado por un continuo devenir o transcurrir. El surgimiento de las distintas lenguas es posible, en la medida que cada forma/función que las caracteriza está constituida de acuerdo a una forma/función básica. Esto último es como decir que cada aspecto gobernado por una lengua específica, se construye de acuerdo con el mismo tipo formativo, o sea, como si ‘toda la lengua’ estuviera contenida en cada una de sus partes, y que bajo condiciones adecuadas, cada aspecto evidenciado puede ser creado a partir de cualquiera de ellas.

En este trabajo se postula que el sustantivo [Aquí sustantivo tómese, no como la categoría léxica que conocemos, sino como una contextura, o sea, el continente de una determinada función dada por la relación que mantiene con las otras contexturas] es el verdadero universal de toda lengua existente; de hecho, como estructura léxica, es la única que en la superficie no falta prácticamente nunca. Según veremos luego, sobre esta piedra fundamental y guiada por el modelo que representa la lengua primigenia, se diseñará la arquitectura de cada lengua conocida y se establecerán las bases para comprender el fenómeno de la adquisición del lenguaje natural, el cual sería posible gracias a que cada lengua se comportaría como un conjunto armónico compuesto de otras lenguas. Según se concibe aquí, una lengua es solo un sustantivo como simiente totipotencial [Del latín: totus (todo) y potens (poder o habilidad). Término que se utiliza en biología para referirse a células que tienen la capacidad de originar cualquier otro tipo de células, tejidos, órganos e inclusive, embriones].

Lo anterior permite afirmar que cada lengua evoluciona de contextura en contextura; cada una de estas contexturas léxicas [Aquí el apelativo léxicas es procedente pues, en la superficie del código de la lengua convencional, terminará siendo expresada por una o más palabras] es idéntica a las demás, aunque diferente en su apariencia (forma) y cumple una función determinada según el ‘lugar’ que ocupa en esta interrelación, lo que le da una identidad particular. ¿Qué produce esa diferencia aparente de las contexturas léxicas, que de acuerdo con un principio interno, son idénticas? ¿Cómo es posible que las leyes que rigen el proceso evolutivo de una lengua de acuerdo a un principio único, puedan crear una vez un sustantivo y otra un verbo?

En principio, la respuesta a las preguntas anteriores, no está en lo que se pueda evidenciar mediante el análisis de la forma aparente de estas manifestaciones, tal como se ha venido haciendo a través del tiempo, con fines tipológicos, sino y como ya lo adelantáramos, la respuesta está en lo que subyace.

Para reafirmar nuestra propuesta, tomaremos como referencia dos modelos, uno surgido desde la biología y presentado por Coen y Meyerowitz en 1991, llamado modelo ABC, el que se basa en las notables predicciones hechas por Johann Wolfgang von Goethe 200 años antes, y el otro desde la lingüística, creado por Hengeveld en 1992, orientado a la tipología.

Goethe, el inmortal genio del mundo literario, en 1790, dejó plasmada en su pequeña y deliciosa obra: "La metamorfosis de las plantas" la hipótesis de que los órganos de las flores tenían como origen común la hoja, entendida esta como estructura universal.

“Incluso en las formaciones regulares y constantes, la naturaleza tiene muchas maneras de revelar la riqueza oculta en una hoja”. (Goethe, 2009, p. 67 – Traducción propia)
Goethe ya venía elaborando desde hacía algunos años, la idea de una forma universal encerrada en la hoja; idea que además hacía extensiva a todo lo vivo, como lo deja ver en esta carta escrita a Herder durante su viaje a Italia y que encabezaba:
Nápoles, 17 de mayo de 1787
Debo confesarte, además, que ya sigo muy cerca al secreto de la génesis y organización de las plantas, y que es lo más sencillo que imaginar se puede. Bajo este cielo pueden hacerse las más bellas observaciones. El punto principal en el que se esconde el meollo, ya lo encontré por modo enteramente claro e indubitable, y todo lo demás lo veo ya también en conjunto quedándome solo por puntualizar algunos detalles. La planta primitiva ha de ser la criatura más extraordinaria del mundo, y la Naturaleza misma me la habrá de envidiar. Con este modelo y su clave correspondiente podrán idearse luego plantas y más plantas hasta lo infinito, que no tendrán más remedio que ser consecuentes entre sí, es decir, que aunque no existiesen podrían, cuando menos, existir, no siendo meras sombras que, por el contrario, han de poseer verdad y necesidad íntimas. Idéntica ley podrá aplicarse también a todo cuanto vive.
Pero digamos aquí brevemente, para facilitar la ulterior comprensión, que se me había pasado por alto, que en aquel órgano de la planta que solían presentarme habitualmente como hoja, se esconde el verdadero Proteo, que puede ocultarse y revelarse bajo todas las formas. Hacia delante y hacia atrás, siempre es la planta pura hoja, tan íntimamente unida al futuro germen, que no cabe imaginar a la una sin el otro. Percibir tal concepto, llevarlo consigo, descubrirlo en la Naturaleza, es una tarea que nos coloca en una situación dolorosamente dulce.” (Goethe, 2005, p. 240)

Coen y Meyerowitz basados en el principio anterior, elaboraron un modelo explicativo, simple y elegante de la formación de los órganos de las flores. (1991, pp. 31-37).

Tres genes llamados A, B y C (de allí el nombre del modelo) serán los responsables de la formación de los sépalos [pieza floral que forma el cáliz de la flor(sp), cuando se expresa el gen A; de los pétalos (pt), por la expresión simultánea de los genes A y B; de los estambres [órganos florales masculinos(et), por la expresión conjunta de los genes B y C, y de los carpelos [órganos florales femeninos(cp), por la expresión del gen C. (figura)


MODELO ABC Y LOS COLORES OCULTOS
Referencias: sp = sépalo - pt = pétalo - et = estambre - cp = carpelo

En realidad los genes A, B y C no son verdaderos genes, sino funciones que cumplen un grupo de genes que pueden variar, dentro de límites estrechos, de una flor a otra.

En 1999 Enrico Coen presenta el modelo, asignándole a cada gen un color arbitrario, nosotros en la figura anterior hemos optado por asignarle los colores primarios de la luz (azul, rojo y verde), luego según el detalle dado precedentemente, los distintos órganos asumirán un color que, en algunos casos, será el resultado de la combinación (de a pares) de estos tres colores básicos. Es decir: el sp será azul, el pt será magenta, el et será amarillo y el cp será verde. De esta manera, como se puede apreciar en la figura, por medio de los colores se puede identificar la composición genética de los distintos órganos en la flor normal, pero también y aquí reside la utilidad de la metáfora de los colores, en las flores que muestran anomalías provocadas por mutaciones genéticas. En este modelo, una mutación está representada con la ausencia de un determinado gen (Coen, 2000, p. 54).

Una flor mutante A (figura) (esquema sin el gen A) tendrá una estructura genética: c, bc, bc, c (colores: verde, amarillo, amarillo, verde) y mostrará los órganos: carpelo, estambre, estambre y carpelo, o sea, carecerá de sépalos y de pétalos, solo tendrá órganos reproductores. Una flor mutante B (figura) (esquema sin el gen B) tendrá una estructura genética: a, a, c, c (colores: azul, azul, verde, verde) y en la superficie mostrará los órganos: sépalo, sépalo, carpelo y carpelo, es decir, le faltarán los pétalos y los órganos masculinos. Finalmente, una flor mutante C (esquema sin el gen C, en la figura) tendrá como estructura genética: a, ab, ab, a (colores: azul, magenta, magenta, azul) y mostrará como órganos: sépalos, pétalos, pétalos y sépalos, esto es, carecerá de órganos sexuales, por tanto será una flor estéril. Este último caso representa a las llamadas ‘flores dobles’, las más bonitas, las que lejos de ser una ‘superflor’, constituye una anomalía genética grave que sacrificó los órganos sexuales por pétalos, trocando la descendencia (profunda) por la belleza (superficial).

La descripción precedente sobre los efectos de los colores ocultos, se ha hecho en el sentido negativo, es decir, mostrando qué sucede cuando alguno de ellos es removido y representa el modo inverso en que se aprende sobre el lenguaje del ADN a través de las mutaciones, en donde se observa qué pasa cuando un gen particular está defectuoso. Mediante un análisis positivo, desde los colores ocultos, podemos decir que existe en la planta un conjunto específico de genes, que le llamaremos genes de la identidad de órganos, dedicados a producir el conjunto de colores a, b y c. El significado positivo de estos genes está en que aseguran que se producirá determinado color. Las mutaciones en donde uno de estos genes es defectuoso, resultará en la pérdida de un color y por tanto, cambiará la identidad del órgano a ser desarrollado.

En importante destacar que ni los genes, ni los colores, representan las instrucciones de cómo construir un determinado órgano. Ellos simplemente nos dicen sobre la ‘región’ en dónde se debe emplazar un órgano específico.

Este modelo que acabamos de describir, también se aplicó al resto de los seres vivos, como ya lo vimos anteriormente en el caso de la Drosophila Melanogaster, cumpliéndose así completamente, las predicciones que hiciera Goethe.

¡Nos vemos mañana!