mayo 05, 2014

Historia de la Lógica Transcursiva (Capítulo 205)

Cuaderno IX (páginas 1231 a 1236)

(Hoy comenzamos la presentación del  trabajo "Realidad, lenguaje natural y una lógica alternativa", que fue publicado en los 'Anales de Lingüística', la publicación del Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Cuyo. Este trabajo fue importante, pues su publicación sirvió para darme una serie de 'créditos' con los que debía cumplir en la carrera de Doctorado. Tomamos como referencia básica el libro de Urban: "Lenguaje y realidad" - Fondo de Cultura Económica, México, 1952)

REALIDAD, LENGUAJE NATURAL Y UNA LÓGICA ALTERNATIVA
Dante Roberto Salatino
Instituto de Lingüística – Facultad Filosofía y Letras – U.N.Cuyo
mailto:dantesalatino@gmail.com

RESUMEN
En este trabajo se analiza la relación entre lo que asumimos como realidad y el lenguaje natural. Este análisis se hace desde la perspectiva de un nuevo enfoque lógico (en el sentido que Peirce le da al término) que trata de comprender porqué los múltiples y diversos estudios realizados sobre el lenguaje a lo largo de tanto tiempo, no aciertan a decirnos cómo es que podemos entendernos entre semejantes, cuando tratamos de comunicar hechos reales que nos involucran e involucran a nuestro interlocutor asignando a nuestras palabras por convención, un significado común. Se propone la existencia de un lenguaje universal que podría integrar los aspectos psico-bio-socio-culturales de la realidad tratando de explicar así, cómo el fenómeno semiótico que es nuestro lenguaje natural, se integra (como manifestación real) en la representación de la realidad.

Palabras clave: Realidad, Lenguaje Natural, Lógica.

INTRODUCCIÓN

En el sentir popular la realidad (R) está estrechamente ligada a lo material; a aquello que es por peso propio. Menos apego a lo real tienen la vida, el transcurrir o un proceso dado; y definitivamente etéreos aparecen, la actividad psíquica y el fenómeno socio-cultural.

Lo vivo y lo inerte no se diferencian por su grado de R. Es un saber empírico, el que algo vivo es una formación inmensamente superior a algo inerte pero ello no coadyuva para que se le asigne más R a uno que a otro. Ambos comparten la individualidad, la existencia (ambos son perecederos y destructibles) y los mismos rasgos exteriores de cosa sensible y tangible. Ambos son de la misma manera.

Algo similar es válido para las formaciones psíquicas: de la conciencia y los actos, de las personas y los caracteres, las palabras y las obras; los individuos y las comunidades; el proceso histórico, la cultura y el saber. Obvio es que aquí, la apariencia no es la misma; no se dispone ‘en mano’ de un arreglo espacial o de una concreción aprehensible por los sentidos; de una materialidad aparente. Sin embargo su comportamiento temporal es el mismo: todas ellas surgen y terminan (tienen una determinada duración), son irreversibles (suceden solo una vez) y son individuales. Además todas comparten el pertenecer a un orden, mostrando a la vez que además de la dependencia, también las caracteriza una relativa autonomía. Tan solo son entidades de distinta índole y distintos son los sistemas en los que están insertas.

No hay ninguna duda que la decisión humana de llevar a cabo un acto intencional y la evaporación del agua son fenómenos distintos. Pero el carácter de estos fenómenos es el mismo. La estructura general de una toma de decisión y de la evaporación es la misma, y no es otra que la de la R.

Lo particular de la R es justamente esto: que entidades tan aparentemente disímiles como lo inerte, lo vivo, lo psíquico, lo social y lo cultural, coexistan y se influyan mutuamente. Se condicionen, se toleren, se incomoden, se combatan y hasta se exterminen. Todo esto es posible tal vez porque todas tengan una estructura común; una misma organización y todas, simultáneamente, hacen de la R una ‘unidad’ poseedora de una verdadera sintaxis.

Una definición (o teoría) de la R entonces, no puede limitarse a proveer una ‘visión convincente’ de algunos aspectos del mundo; debe tener también, alguna fuerza explicativa. Si bien la ciencia dicta que una teoría debe proporcionar predicciones que se puedan probar y en un lenguaje adecuado, ello no obsta para que permita el disenso, porque quizás sea éste el único salvoconducto para el arribo de nuevas ideas y ampliar así, la visión del panorama que se pretende abarcar. En ningún caso por supuesto esta ‘ampliación’ sugerida, tendrá que atentar contra el dominio de la teoría en cuestión, el cual siempre debe permanecer absolutamente claro en toda su extensión.

Planteamos un marco referencial, un dominio concreto diciendo que la R impregna las cosas y la vida. Que sería como una finísima trama que ‘soporta’ y da sustancia a todo lo que existe y a todo lo que hacemos y decimos pero, no a modo del lienzo de un cuadro que está como telón de fondo de nuestra existencia sino, como una organización activa y dinámica de variaciones miles y tornadizos encuentros. Hablando en abstracto, no sería la R una variable dependiente o independiente o un elemento finito que pueda ser manipulado en un laboratorio bajo pretenciosas y arbitrarias ‘condiciones basales’. La R sería un todo, continuo y sistémico. Dijimos también que sería una organización y esta es una de las características básicas que harían de la R un verdadero sistema¹.

Si hablamos de sistema, hablamos de estructura y si hablamos de estructura, hablamos (según Piaget²) de un todo provisto de transformaciones que se autorregulan. Dicho de otra forma: un todo cuyos elementos al interactuar (transformarse) hacen posible su existencia o acción (autorregulación, reorganización, cambio, expresión).

Por lo tanto lo que se está proponiendo es que la R sería un sistema y como tal, tendría una estructura y sus manifestaciones (cualesquiera que sean) representarían un evento reorganizativo y evolutivo.

LA ESTRUCTURA DE LO REAL

Veamos más de cerca una estructura posible (probable) de la R.

Partimos diciendo que la R sería la de la vida cotidiana³ con sus avatares y sus delicias y no un cosmos aristotélico del cual, el lenguaje natural (LN), debiera dar cuenta en forma directa. La R aristotélica sí estaba representada por el LN pues su clasificación (categorización del mundo) se basó fundamentalmente en la gramática y la sintaxis de su lengua vernácula elaboradas por los sofistas. Este punto de vista basado en la apariencia simplificada del mundo (que aún hoy tiene enorme vigencia) motivó que la lógica clásica (aristotélica) rigiera los destinos del LN y por ende, de la visión que se tenía de la R. Y es así como goza hoy del consenso mayoritario en el mundo lingüístico, la premisa que establece que el LN representa la R. Nos permitimos disentir.

La lógica aristotélica según se ve, sería insuficiente para representar la complejidad de lo real. Esta aseveración que de ninguna manera es una originalidad, pretende dejar sentado sobre terreno firme, el principio radical de asimetría que ostentan R y LN el cual, basado en una lógica binaria simplemente, no podría abarcar ni describir cabalmente tal R.

Estas perspectivas opuestas toman fuerza en nuestra cultura cuando hace su ingreso el conocimiento griego al mundo latino y más precisamente en la edad media época en que los nominalistas puntualizaban las falencias del LN para caracterizar lo real y los realistas defendían lo contrario. No se pretende hacer aquí un abordaje filosófico profundo del tema, sino poner de manifiesto solo que, evidentemente no es un problema resuelto ni mucho menos.

En el S. XIX surgen tendencias filosóficas que continúan de alguna manera (aunque bajo distintos enfoques) con esta visión de no correspondencia entre el LN y la R. Entre ellas la de Nietzsche o la de Bergson; o a principios del S. XX, la de los positivistas lógicos. De las teorías modernas más representativas sobre el punto de vista nominalista (mejor neonominalista) están: a) Atomismo lógico (Russell); b) Intuicionismo alógico (Bergson) y c) Filosofía del acontecer (Whitehead). Cada una de ellas ataca el LN desde distintos flancos pero tienen un factor común: postulan que el LN no está moldeado sobre la R. Estos notorios pensadores, cada uno a su manera y dependiendo del aspecto de su interés, declaran directamente que el LN es “inservible” para representar la R por lo menos tal cual lo necesita la filosofía y sobre todo la metafísica. Esta postura llega hasta el extremo de sugerir que el LN debería ser totalmente reformulado (Whitehead). No es pertinente aquí ahondar más en este punto; baste con decir que según nuestra propuesta no es el LN el ‘incapaz’ de representar la R, somos nosotros los que al no comprenderla tal como se supone que es, entonces no entenderíamos nuestro propio modo de expresarla por adherir livianamente a una estructura simple que a los fines prácticos, sin embargo, demostró ser de gran utilidad.

No se puede pretender que una reducción que solo considera algunos aspectos de aparente relevancia real (a través de unas pocas categorías gramaticales), pueda sencillamente representar la compleja R. Esto no parece razonable, como tampoco lo parece ser, la postura que pretende forzar a cualquier costo la R para que ‘encaje’ en esas categorías gramaticales, que como veremos tienen una explicación posible pero, según entendemos, no es la que se le quiso o se le quiere dar.

Al ser la R denotada por el discurso de un intelecto que busca su propia intelección en el mismo discurso, se genera un fabuloso abismo entre el sujeto y la R que se pretende representar con el LN; perdiéndose así, el contacto con la R.

Retomando el tema diremos que la clave puede estar en tratar de caracterizar la R en su estructura y funcionamiento para concluir luego, cómo es posible que tengamos el LN que tenemos.

El origen de la mayoritaria concepción actual sobre la R hay que buscarlo en el modus cogitandi latino que se erigió como paradigma del modo de organizar esta R. La intención de este modelo era hacer la R más comprensible al pensamiento.

El modelo latino es absolutamente abstracto; un planteo cultural de un ideal que trata de ser alcanzado pero que jamás se concreta definitivamente. Como símbolo que lo caracteriza, podemos asignarle la línea; es decir, un límite neto que fija entidades perfectamente diferenciadas entre las cosas de la R. Este límite es operable en el espacio pero también, y de un modo fundamental, en el tiempo. El tiempo para el latino, es irreversible. La historia es una secuencia lineal.

Esto que acabamos de mencionar puede parecer inconexo con la forma de ver la R pero, lo que en sí significa, es que se está creyendo en la linealidad de una relación causal y no es casual, que este principio es el que regirá absolutamente la lógica interna de la sintaxis latina. Esta linealidad irreversible del tiempo se constituye en un sistema compacto de subordinaciones lógicas diacrónicas.

La sintaxis latina a través de su hipotaxis puede expresar una dependencia lógica que diga que un segundo hecho es consecuencia de un primer hecho (si p entonces q).

La Escolástica es la que más influye con su método de dar preferencia a las cuestiones formales respecto de las de contenido (la lógica formal , está al servicio de la lógica de las sustancias concretas); formalidad que toma según su conveniencia, de Aristóteles y que nos llevó a ver la R como una organización de sustancias a las que le son propios accidentes que las califican, las sitúan en el tiempo y en el espacio o le dan movimiento y que está estampada en la estructura de nuestras lenguas indo-europeas (sujeto – cópula – predicado).

Este apego a la lógica aristotélica nos muestra un mundo en el que toda cosa es idéntica a sí misma (principio de identidad). En donde es imposible que una cosa sea dos cosas: ella misma y su contrario (principio de no contradicción). Que en este mundo todo tiene que ser o no ser y que entre estas dos cosas contrarias, no existe una tercera posibilidad (principio del tercero excluido). Por último, que nada puede ser porque sí; todo tiene una razón de ser y por tanto, lo que la razón no entiende no existe (principio de la razón suficiente). Una visión estrictamente binaria del mundo.

Si decimos por ejemplo, que lo que predomina en el mundo es el desorden y caracterizamos su presencia con un ‘1’, estamos autorizados por la lógica clásica a aseverar que también existe el orden (algo por demás obvio) ya que toda cosa que existe tiene su opuesto. Dado que lo opuesto es la negación o el reemplazo y anulación, podemos caracterizar al orden con un ‘0’; o sea, como la ausencia de desorden.

Estos dos aspectos del mundo o de la R están condenados por la lógica clásica a existir en soledad; no es posible que coexistan en el mismo momento y en la misma sustancia. Existe así una R polarizada en dos extremos excluyentes.

Ahora, es posible ver la R de otra manera. Imaginemos por un instante que consideramos no la sustancia en sí (la cosa), sino el lugar o espacio que se supone, la contiene (nicho o espacio ontológico); en donde, por el momento, aceptamos sin reservas que su contenido (la sustancia en sí), responde incondicionalmente a los designios de la lógica clásica, pero el lugar o continente (contextura), no necesariamente tiene que hacerlo.

Siguiendo con la misma línea de pensamiento, puedo suponer sin caer en una grave falta que, si niego no el contenido sino el continente, no lo anulo sino que paso a considerar el otro continente. Hay un desplazamiento y no una anulación, a pesar de ser cada uno de ellos, continente de polos opuestos. Asignémosle la nomenclatura propuesta más arriba para los contenidos a ambos continentes y obtendremos la Figura 1.


Figura 1

Al ser la negación un desplazamiento, negaciones sucesivas se constituyen en un ciclo o bucle del pasar de un continente a otro y luego vuelta al primero. Esto da la posibilidad por ejemplo, de ‘ir’ hacia el orden a través del desorden.

Aceptando esta dinámica, podemos representarla en una matriz de oposiciones en donde, ‘ir’ hacia la tendencia al desorden equivale a ‘01’ e ‘ir’ hacia la tendencia al orden a ‘10’, de acuerdo lo muestran la Tabla 1 y la Figura 2.


Tabla 1



Figura 2

Esta caracterización cumple con un doble precepto: ambos extremos son opuestos (uno es la negación del otro) y además son complementarios de ordenamiento (uno ‘arrastra’ la característica del otro y viceversa. Esto hace que cada tendencia se ‘traslade’ a la otra pero sin desaparecer ninguna de ellas).


Tabla 2

Si convertimos estas caracterizaciones ‘binarias’ en ‘decimales’ de acuerdo a la Tabla 2, obtendremos la Tabla 3.


Tabla 3

¹ “Unidad global organizada de interrelaciones entre elementos, acciones o individuos” (Morin, 1977: 124).
²  “Una estructura es un sistema de transformaciones […] que se conserva o se enriquece por el mismo juego de sus transformaciones […] sin que […] reclamen unos elementos exteriores. En una palabra, una estructura comprende así los tres caracteres de totalidad, de transformaciones y de autorregulación”. (Piaget, 1985: 6)
³  “Entre las múltiples realidades existe una que se presenta como la realidad por excelencia. Es la realidad de la vida cotidiana. Su ubicación privilegiada le da derecho a que se la llame suprema realidad. La tensión de la conciencia llega a su apogeo en la vida cotidiana, es decir, ésta se impone sobre la conciencia de manera masiva, urgente e intensa en el más alto grado”. (Luckmann, 1968: 39)
⁴  Esto no quiere decir que Aristóteles haya utilizado totalmente el método gramatical para crear las categorías sino, que a través del significado o sentido de las palabras y de la función gramatical de las mismas, trató de caracterizar los aspectos de la realidad desde un punto de vista conceptual. A esto lo llamó lógica. Aunque es muy sugestivo que se derive su nombre de logos = palabra.
⁵  Cuando la latinidad medieval ‘construyó’ un Aristóteles latinus que no corresponde totalmente al estagirita.
⁶  Filosofías neonominalistas del lenguaje (Urban, 1952: 614)

[continuará ... ]

¡Nos vemos mañana!